#4 TiemposHistorias para perros callejeros

Orizatlán | Columna de Luis Moreno Flores

Historias para perros callejeros

A Enrique Vila-Matas y C

Como cada función, sintió la brisa que lo ponía a dudar antes de su acto. Lo toca a pesar de la carpa, a pesar del verano, del clima sin viento, del cielo de nubes estáticas. La desconcertante racha primero es temor, pero da lugar a la certeza. Trae consigo el olor narcoléptico que lo pone en trance y le permite saltar al tenso alambre. En situaciones como la suya, pensar es acercarse a morir.

El olor lo percibe en dos lugares: al estar parado frente al vacío atravesado por una línea metálica, y recostado en la cama de su remolque. En el espectáculo no sabe de dónde viene. Dentro de su habitación, ese suspiro es emanado por el libro que robó del librero de C. Esa vez, el circo se había anclado en un pueblo remoto de la Huasteca. El botín huele como todos los libros, a papel, pero también a madera y algo que no lograba descifrar. Cálido y frutal.

La primera vez que interrumpió el ciclo de su respiración, se quedó dormido hasta el día siguiente. No apagó las luces y en la mañana se encontró con el libro sobre el pecho. Desde entonces lo conservaba en su buró. Le ayudaba a evadirse.

Brincó de súbito sobre la cuerda y comenzó su caminata. Siempre, al llegar al otro lado, la interrumpe. Hace un mortal de espalda con medio giro y vuelve sobre sus pasos. Jamás se atreve a poner un pie en esa otra plataforma que lo esperaba al extremo contrario de donde comenzó. Teme que al sentirse seguro, aunque sea por un instante, perderá la concentración y los nervios necesarios para no fallar. Prefiere realizar el acto sin pausas.

Esa noche, luego de cruzar, se plantó ante el andamio de metal al final del camino. Ejecutó su lance. Mientras giraba, el olor se perdió. Había errado.

Evocó el primer consejo que su maestro le dio, «Si un día caes, es seguro que morirás. Mientras desciendes, procura decir una oración y arrepiéntete de lo malo, solo por si acaso existiera un Dios».

No encontró un mantra para pronunciar. Tampoco pudo expiar crímenes de los que no se arrepentía y al contrario del estado de gracia, sumó odio al pensar en unas líneas del libro de C:

«El oficio del funámbulo es duro. Su público es descortés. Cierra los ojos cuando el intérprete ejecuta su salto más peligroso. ¡Cerrar los ojos mientras alguien roza la muerte para deslumbrarte!».

Imaginar la indiferencia en las butacas frente el espectáculo único de ver morir a un hombre, a él, convirtió su enojo en blasfemia.

El acto completo del equilibrista se alcanza cuando destroza su cuerpo contra el suelo. El funambulismo es la expectación de ver a alguien evitar la muerte con la esperanza de que la encuentre.

En el momento de mayor coraje, cuando la colisión era inminente, sintió el impacto sobre la red de contención.

El olor de pronto volvió.

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