Desde mi clóset

Orgullo, desdén y activistas | Columna de Jeús Paúl Ibarra

Desde mi clóset

Ahora sé por qué hiciste todas esas cosas locas, toda esa basura… Siempre fue para mí, para nosotros. Eres un tipo absolutamente increíble. Me dejas sin aliento. Aunque no pueda estar allí contigo, siempre voy a ser tuyo. Para la eternidad. – I love Phillip Morris

Preámbulo

A finales de los setentas las vestidas, los jotos, las manfloras, los putos salieron a las calles en conjunto, decidieron abandonar la oscuridad del clóset para iniciar una guerra, que a la fecha nos ha costado muchas vidas. No pasó más de un lustro cuando tuvieron que acuartelarse, algo los estaba matando a ellos y no era el enemigo directo. Durante veinte largos años vivieron cargando a cuestas los féretros inoculados con VIH. Luego del acceso universal, que llegó con las primeras luces del nuevo milenio, la estrategia pudo modificarse. Lo gay se posicionó en la cima.

En San Luis Potosí por esa época también hubo disturbios joteriles. Redadas en el Eje Vial y la lucha de la Plata y compañía por hacerse de un espacio digno para trabajar. La lucha contra el sida también tomó importancia. Hubo incluso una época dorada de actividad nocturna elegebetera en la capital potosina. Luego llegó el desdén.

El “ambiente” se volvió nocturno, se encerró en guettos, en cuartos oscuros, en el Greko, Sheik y Dalí, en el Gremio, y así se quedó por muchos años.

Un orgullo sin discurso político

Tras la primera marcha se gestaron distintos movimientos, hubo un despertar. Así pasó la segunda marcha, luego la tercera. Se presentaron iniciativas conjuntas, pero ya había un rompimiento. Una lucha constante de quien luego de un letargo abismal intenta recuperar terreno a la mala.

La existencia de una misma lucha no implica la unidad discursiva. Esa es la principal desventaja de las disidencias, su pensamiento libre les permite cuestionar. Un autómata del sistema replicará el discurso oficial, ¿recuerdan los juegos del hambre? Había tributos que morían por su distrito con orgullo. Del otro lado, la situación se torna crítica, los discursos se diversifican. Sin embargo, cuando aparece un Sinsajo, una esperanza que se veía perdida, algo en el estómago se revuelve, alborota las células rebeldes y te invita a manifestarlo. En el trayecto hay quienes no piensan en la comuna, arrastran la individualidad del Tío Sam. Entonces llega el desdén institucional.

El sistema hegemónico tiene un fin claro, mantener el status quo. Los cambios no le interesan, busca mantener el control, y eso se logra aleccionando roles e identidades. En una mente emancipada pasa lo contrario, reconoces en la diferencia la necesidad de construir un discurso colectivo que incorpore algo del conjunto. En el caso de San Luis, eso no ocurrió en el movimiento LGBTTT.

La falta de un discurso político que contrarrestara la marabunta institucional terminó por diluir el intento más grande de dar realce al movimiento. Hoy en día resulta fundamental una reorganización de los liderazgos, la incorporación de todas las voces en la producción dialógica de prioridades.

La patente de la marcha

Luego de la tormenta, la calma nunca llegó. Algo no les ha quedado claro a los actuales organizadores del llamado PRIDE, y es que la marcha la hace la raza, el pueblo pues. ¿De qué sirve tener un escenario de miles de pesos cuando no alcanzan ni mil personas a caminar por Carranza? ¿Cuál es el sentido de ocuparse por un programa atractivo si no hay una estrategia de comunicación efectiva? ¿Tener embajadores solo como productos de la recaudación de fondos para lo anterior? ¿Y el trabajo de base? La revolución cubana no se hizo de un día para otro, ni sus adeptos llegaron porque el Che hacía buen show con la lira ¿o sí?

Dicen por ahí que si no conoces tu historia estás condenado a repetirla, qué palabras tan claras para este hecho en particular. La Marcha del Orgullo tiene un sentido histórico, y no es posible negarlo, al menos no si no tienes una propuesta revolucionaria que modifique el significado del mensaje y atraiga adeptos. En la Ciudad de México llevan treinta y nueve años, veinte de los cuales han sido en batallas desenfrenadas por activar procesos emancipadores, promover políticas públicas, apropiarse de espacios públicos, promover la cultura, ¿de verdad creemos que con una marcha es suficiente?

La marcha no tiene dueño, el comité es sólo un grupo de personas que por iniciativa propia decidieron organizar el evento cultural al fin de la marcha. LA MARCHA NO LA HACEN ELLOS. La marcha es el resultado de cada persona que ha decidido salir a la calle, un día, una vez al año a gritar que ahí está. Es ese momento en el que reconoces que esa soledad de la que tanto huyes, al fin, por un instante te deja ser libre. La marcha es ese momento de la vida de alguien que decidió salir del clóset, de esa mujer trans que tras la opresión se pone tacones y peluca para marchar hasta que los tobillos ya no le respondan. La marcha es el lugar común en el que la energía homofóbica no tiene cabida. La marcha es esa plataforma que lleva música que te gusta, te hace bailar, disfrutar de la vida. La marcha es todo, menos un comité que con fines diversos busca monopolizar un movimiento libre, diverso.

Este sábado sal a marchar, disfruta del momento. Sin embargo recuerda que hay mucho por hacer, y que el reto comienza al término de la marcha, cuando regresas a casa y te espera un padre homofóbico que no se cansa de decirte lo decepcionado que está por tu falta de hombría. El reto continúa cuando en la escuela tienes que soportar a diario que te insulten hasta el hartazgo, o cuando vas a la iglesia y el sacerdote con el Jesús en la boca te dice que tu pecado te llevará al infierno. El reto persiste cuando no hay manera de que el Congreso de tu estado modifique el Código Familiar.

Estamos en pie de lucha, recuérdenlo.

@paulibarra06

 

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