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El olvido de ser las primeras | Columna de Dainerys Machado Vento

Estas letras que ves

Un olvido sistemático nos trae hasta este presente. Tendemos a creer que somos las primeras escritoras, autoras de tantos libros; las primeras en denunciar acoso; las primeras en renunciar al matrimonio; las primeras con capacidad para decidir si queremos ser madres o no. A veces creemos que somos las que con más valentía enfrentamos nuestra homosexualidad, bisexualidad, o cualquier forma de sexualidad.

Pero el peligro de creernos las primeras es que seguimos el juego al patriarcado que sistemáticamente nos borra de la historia que hemos construido. No estamos iniciando prácticamente nada. Y no me refiero ni siquiera al hecho de que la cosmonauta soviética Valentina Tereshkova haya sido la primera mujer en viajar al espacio, en junio de 1963. No. Hablo de otros siglos más largos de olvido, en los que fuimos maestras, doctoras, abiertas lesbianas, madres solteras.

En 1850, la escritora argentina Juana Paula Manso comenzó un proceso de divorcio, que la puso en el centro de innumerables críticas. Manso tuvo que irse a Brasil por un tiempo. Donde quiera que estuvo, se mantuvo fiel a su oficio de pedagoga y desarrolló una amplia carrera como escritora. En sus textos se refleja su lucha sistemática por el derecho femenino a estudiar y emanciparse; así como su crítica a la Iglesia como mecanismo de control político contra las mujeres. No fue la única. Entre las décadas de 1840 y 1860 cerca de una decena de periódicos fueron fundados por mujeres en Argentina. Muchos abordaron similares temas.

A tres años y cientos de kilómetros del escandaloso divorcio de Manso, la cubana Encarnación de Aróstegui se convirtió en una de las primeras retratistas del continente. Su estudio, ubicado en la Calle O’Reilly, en La Habana, fue de los primeros en experimentar nuevas técnicas para imprimir el daguerrotipo y uno de los que más éxito comercial tuvo en su momento. Ella no fue la primera porque muchos hombres le antecedieran, ella —como la Tereshkova— fue la primera porque el daguerrotipo era una técnica nueva.

En 1810, la Corregidora de Querétaro, Doña Josefa Ortiz de Domínguez, logró advertir al cura Miguel de Hidalgo que debía adelantar el levantamiento de la Revolución, porque había sido descubierto y sería traicionado. Esto ocurría, en el mismo país que siglo y medio antes arropó a Sor Juana Inés de la Cruz, una poeta capaz de escandalizar a la corte con la perfección de sus versos; una mujer que logró escabullirse de la prisión social que representaba el matrimonio al emplear a su conveniencia las mismas instituciones sociales destinadas a controlarla: el convento.

Estos son seres excepcionales, nos enseña la historia. Pero la verdad es que ellas no fueron la excepción. La historia de lucha de las mujeres por su igualdad de derechos nos excede a nosotras y excede estos ejemplos. Intentar recordarlas a todas, o al menos tener conciencia de que existieron, debe ser nuestra meta. Porque el valor y las libertades que presumimos hoy nacen de todas estas historias y de muchas otras, imposibles de mencionar aquí. El patriarcado juega a borrarnos sistemáticamente. Al creernos las primeras tenemos que desgastarnos en luchar una y otra vez por espacios que en realidad ya habíamos conquistado. Recordémonos, pues, unas a las otras. Somos, también, todas ellas.

 

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