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Odio | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

“La recepción de este negro por el Presidente va a obligarnos a matar a millares de negros en el Sur, a fin de colocarnos en el lugar que les corresponde”, así lo advertía el senador sureño Millman en el número diez, correspondiente a noviembre de 1901, de la publicación francesa La Petite Revue.

El odio de los supremacistas blancos se había desatado por la cena que, el 16 de octubre del mismo año, el Presidente Roosevelt había compartido en la Casa Blanca con Booker Washington, educador, empresario y asesor del mandatario en temas sureños. La reunión tendría un aspecto simplemente anecdótico si el invitado no hubiera sido un ex esclavo afroamericano cuyas acciones, dentro y fuera del gobierno, habían despertado el odio racial a lo largo de Estados Unidos.

Tras la guerra civil, Booker Washington cabildeaba para eliminar completamente la segregación racial en su país. En gira por Europa presentaba su historia de la siguiente manera: “He tenido el privilegio de empezar mi vida como la mayor parte de los hombres de mi raza, en una modesta choza de madera de un solo cuarto, perteneciente a una finca de Virginia. Después de la esclavitud, mientras trabajaba en una mina de carbón para sostener a mi madre y ganarme la vida, oí hablar del Instituto Hampton, la escuela que el general Armstrong había fundado en Virginia, en la cual podría con trabajo pagar una parte de la pensión. Sin recursos ni amigos; parte a pie y parte en coche cedidos por viajeros complacientes, pude llegar a Richmond sin un centavo. Trabajando durante el día en un barco y pasando la noche a la intemperie, pude reunir la suma para llegar a Hampton”.

“Allí sentí la influencia de la vida industrial, de la economía, de la iniciativa y me vi rodeado de una atmósfera de negocios, de influencias religiosas y de un espíritu de ayuda propios que me hizo despertar todas mis facultados, haciéndome comprender por primera vez cuán distinto era ser un hombre en lugar de ser una dependencia de la vida de otro. Durante mi permanencia en Hampton, formé el propósito de ir más tarde al corazón del Sur y de llevar a mis cofrades los mismos medios de desarrollo personal e iniciativa que yo había encontrado allí”.

Siguiendo sus propósitos, Booker Washington fundó su primera escuela en Turkegree, Alabama, en 1881, donde impulsó la educación para los afroamericanos en Estados Unidos. Pese a sus logros, el odio y el racismo en su contra nunca menguaron, por lo que a los supremacistas blancos les advertía:

“Es preciso decidir si queréis tener en vuestra casa, un pueblo de ocho a diez millones, una nación dentro de otra nación, que vendrá a ser una carga, una amenaza para vuestra civilización y la caducidad de nuestras instituciones o si queréis hacer de este pueblo un factor poderoso de vuestra vida comercial. La civilización del siglo XX no puede infiltrarse sobre una civilización primitiva por la simple exhibición de una gramática mental”.

Pasaron más de treinta años para que otro afroamericano fuera invitado a La Casa Blanca y más de cien para que un presidente de color se instalara en la silla de Lincoln. Y pese a todo ello, a un siglo de la historia de Booker Washington, los mismos demonios de la nación de Roosevelt están más caldeados que nunca. El odio por el Otro, el diferente, ya no sólo se enfoca a los afroamericanos, sino a cualquier estadounidense o migrante que se encuentre fuera del status quo, ya sea por su color de piel o por su idioma, religión o vestimenta. La única diferencia es que actualmente el odio no se trata de apaciguar en La Casa Blanca, sino que desde ahí se alimenta día a día.

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