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#Novela | Zarismo Total 5a entrega: El espía de Champ

Zarismo Total
Por Jorge Kinich Ramírez

 

El misionero se colaba entre el gentío que apretadamente vigoraban soldados de distintos bandos en la taberna, se veían rebeldes austríacos bajar de las monturas, rusos ebrios y sonsacados por las prostitutas que discutían arduamente por cual de todas tenía los senos más prominentes, polacos infiltrados como agentes que observaban detalladamente el comportamiento general del lugar y que poco a poco fueron enfocando su vista al misionero que relucía su nueva y atípica vestimenta frente a los cosacos sucios y derramados en sangre seca y polvorienta.

Se acercó a la barra y pidió una bebida que embriagase su valor para huir, sintió un abrazo fraterno a un costado suyo, volteó irritado ante aquél acto, viendo a un hombre de gran barbado oscuro, con un sombrero de copa corta en mano y una expresión burlona y sarcástica.

—Yo a ti te conozco…Eres Jaceck Rela, un espía Zarista, ¿cierto?

El misionero cambiando su aspecto de presa, se paró frente a él y afrontando le dijo:

—De lo que se me juzgue en la corte , será en la corte.

El hombre soltó una carcajada haciendo que parte de las personas alrededor de ellos, los observara.

—¿Eres estúpido o qué? sabes que te llevan a tu muerte, ¿cierto…?

El misionero sintió un frío que recorrió su columna al tiempo que sentía la mirada clavada de los sirvientes de Renata.

El hombre alto le escupía en el rostro al misionero mientras formulaba sus afirmaciones.

—¡Idiota!, esa mujer con la que vienes es Laura de Champ, se dedica a mover a los condenados a puntos de control y ahí te torturan y te asesinan…

Jacek Rela, al ver que los dos sirvientes se acercaban rápidamente a través de las masas enervadas en alcohol barato, y tomaban sus mosquetes al tiempo de apuntarle, se agarró la cabeza con fuerza, cerró los ojos y haciendo una mueca de impacto en su rostro, escuchó dos disparos que cimbraron en silencio la sala.

El olor a pólvora era cercano pero no sentía haber perdido la conciencia, abrió los ojos y vio a tres metros suyo un hombre delgado con un bigote pequeño, ojos grises y enconchados en unas ojeras prominentes, cargando una pistola de cuello largo. Los dos sirvientes de la dama se encontraban en el suelo con la cabeza rapada por el disparo. El piso rojo en sangre y restos de seso coagulados en calor.

El hombre gritó, —¡nadie se mueva! Misionero, si quiere vivir, venga ahora conmigo… —Sigismund Muller iba entrando a la ciudad de Garz con un grupo de caballería de

200 hombres, y 560 soldados en la infantería de línea. Al parecer no había tropas apostadas en la ciudad, más que unos cuantos guardias que no opusieron resistencia a la ocupación rebelde.

—A dónde me llevan, y quien eres…

—Atacaremos Viena, tú vienes con nosotros, sabemos que eres inocente, mi nombre es Sigismund, lideró las fuerzas rebeldes de Viena, tomamos este asentamiento hoy a mediodía, mis hombres se están divirtiendo…lo de aquella batalla del fuerte de Brezani donde murió el cerdo polaco, fue un momento decisivo para nosotros, rompimos la línea de ataque al dejar que los rusos tomaran la ciudad, apoyándonos en su armamento…¡Tenemos a Laura, la agarramos tratando de huir, la maldita prestó resistencia!—

El misionero esclareció al escuchar las palabras de Muller.

—Dejenla, ella es inocente! —Gritó enervado el misionero adelantando su cuerpo

hacía Sigismund.

—¿Eres imbécil?… ¿Qué no entiendes que te llevaban a los campos negros?

—¿Dónde está, quiero verla?…

Mientras se dirigían a un puesto de control en un pequeño molino, el misionero se recordó saliendo del pequeño boquete del muro, corriendo con 4 hombres más que buscaban la libertad tanto como él, uniendoseles a última hora en la fuga que los idealistas inteligentes habían estado desarrollado sin que nadie se enterase.

Después de unos minutos de agotamiento, se quedó a un costado del camino con otro hombre. A distancia se escuchaban disparos, una carreta se acercó rápidamente hacia ellos al punto de hacerlos vencer por el cansancio. Se entregaron, uno de los hombres que llevaba las riendas del transporte, gritó el nombre del misionero. Jacek al no ver opciones deslizó su mano en señal de afirmación y el hombre de la carreta disparo 2 balas que reventaron en el pecho del otro fugitivo.

—¡Suba!, nos vamos…

Inseguro, se acercó a la carroza dejando huellas de sangre sobre la nieve, los hombres vigilaban que no escapara, pero tras el dolor en los pies y su cansancio, era imposible que lograra huir.

Al entrar a la oscura carroza por la noche, figuró una silueta femenina adosada elegantemente sobre uno de los asientos, calmada y seria, su rostro ovalado resaltaba madurez e inocencia, y sus grandes ojos cafés delineados por una serie de pestañas ennegrecían su párpado inferior y le observaban fijamente…

 

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