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Noticia repetida | Columna de Luis Moreno Flores

Historias para perros callejeros

Ricardo es un historiador feroz. Todos los días dedica las mañanas a realizar pesquisas en documentos indescifrables del Archivo Histórico. Disfruto cuando relata un hecho ordinario que recuperó de algún diario o periódico antiguo. Me hace pensar que esos acontecimientos pudieron ocurrir en ese o en cualquier tiempo.

Días atrás, mientras desayunábamos, contó que en una ocasión, por el año 1600, llegó un mestizo al Palacio Municipal en busca del alcalde. Al no encontrarlo, bajó a la cárcel que se ubicaba en el sótano de la Alcaldía y ahí el encargado se burló de su intención de querer entrevistarse con el presidente municipal. El mestizo intentó herirlo con un cuchillo, pero fue detenido y echado del palacio.

Ya afuera, en la plaza, comenzó a gritar que él era un enviado de la Virgen de Guadalupe con un mensaje para el alcalde. Las personas decidieron ignorarlo. Un mendigo se le acercó para pedirle una moneda. El mestizo blandió su cuchillo sobre el abdomen del indigente. Los intestinos marinaron la calle. Quienes vieron el ataque, contaron que antes de realizarlo el hombre dijo <<hagan silencio que va a pasar el altísimo>>. Justo entonces un monje franciscano cruzó a su lado.

Al no tener demasiadas referencias médicas, las autoridades de la época juzgaron que el hombre era violento. Lo enjuiciaron así y terminó sus días en la cárcel que antes había visitado en busca del alcalde.

La historia de Ricardo de inmediato me remitió a otra, vinculada con los padecimientos mentales y la religión. John Rock Schild, fue el nombre con el que se identificó inicialmente Juan Rene Silva, quien en mayo de este año saltó al púlpito de la Catedral Metropolitana y clavó un cuchillo en la garganta del padre José Miguel Machorro, que falleció hace algunos días.

Durante el primer interrogatorio, Silva dijo ser francés, luego estadounidense, mencionó que pertenece al clan celta y justificó su acción bajo el argumento de que tenía un mensaje importante primero para el papa Francisco y después para el presidente Enrique Peña Nieto. Las similitudes son innegables, pese a los más de 400 años de distancia.

Aunque me encantaría encontrarle un sentido místico a estas historias, la realidad es que se trata de dos personas mal tratadas de sus padecimientos mentales y que finalmente tuvieron repercusiones terribles para un par de inocentes.

Seguro en 400 años habrá alguien que recuerde como un hecho lejanísimo lo ocurrido con John Rock Schild, pero le encontrará relación con algo que acaba de ocurrir. Tal vez se burle del diagnóstico clínico. Y seguro llegará a la misma conclusión que yo ahora: la vida es una incesante espiral.

@LuisMorenoF_ 

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