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Nos vemos en Qatar | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de Plumas

En mis tiempos de bachillerato me rompieron el corazón, como a todos, creo. El chico en cuestión me acompañaba al camión, nos veíamos en el receso, íbamos a jugar videojuegos a su casa y hasta hacíamos hamburguesas juntos. Cuando pensé que seríamos una linda pareja, de esas que declaraban su amor en lonas colgadas de puentes, se fue con otra. Sin decirme nada vi su relación en Facebook con una compañera de clase. En palabras de Cristina Aguilera me dio falsas esperanzas. Así como la selección mexicana, primero le ganó a Alemania y me imaginé cosas chingonas. Me llenó mis sueños de verlos campeones con ese 2-1 frente a Corea. Después con la derrota frente a Suecia las aspiraciones mundialistas disminuyeron, pero los justifiqué como se justifican a las personas que queremos, pensé que se habían confiado por la victoria frente a los teutones, todos tenemos malos días, me repetía, quizá la gripe los hizo jugar mal, así que coloqué un 2- 1 favor México en la quiniela. Sin importar que los herederos de Pelé fueran favoritos para ganar el encuentro y el torneo, me levanté temprano para tener el mejor lugar en el auditorio del trabajo, porté con orgullo mi playera (que aún no termino de pagar) para ver materializado el milagro de llegar más allá de la segunda ronda.

Durante 25 minutos las posibilidades de estar en un quinto partido crecieron más que nunca, creí que alguien que nació en el año del asesinato de Colosio al fin vería un partido de cuartos de final. Pensé que no habría penales que nos dejaran afuera, ni un verdugo como Maxi Rodríguez que nos aniquilara, pero no, esos sueños se desvanecieron con el avance del juego. Las monumentales atajadas de Memo Ochoa nos demostraron que algunos muros no detienen sueños: los construyen. Pero un equipo que deja todo en manos de un jugador no puede ganar una copa del mundo, no ahora. Nuestros jugadores carecen de mucha técnica, nuestros jugadores podrán hacer muchos comerciales, pero no pueden generar jugadas claras de gol. Nuestros jugadores como los políticos hablan mucho, pero demuestran poco. Duele aceptarlo, duele escribirlo, pero no había posibilidades de ganarle a Brasil mucho menos a Bélgica. El milagro de Alemania fue sólo una ilusión y una manera de perder en la quiniela.

Me dejé engañar por las palabras del Chicharito, me creí que el gol del Chucky Lozanos nos llevaría al quinto partido. La selección como el chico de la prepa solo jugó con mis sentimientos de verlos alzar la copa. Espero que como yo se venguen en cuatro años y medio, quizá no le puedan tirar las rosas en el piso cuando estén en los octavos de final en Doha, pero sí salir victoriosos. Ya vendrá Qatar 2022 para volver a caer en este juego del amor que se llama pasión futbolística. Mientras tanto, no nos queda más que disfrutar con un par de cervezas matutinas lo que queda de esta copa del mundo.

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