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A mí no me gusta la pelota | Columna de Dainerys Machado

Estadio Latinoamericano, Habana, Cuba. Foto Jean Fruth.

Este texto apareció originalmente en letrasqueves.wordpress.com y La Gaceta de Cuba

Cuando desgrano los recuerdos de la infancia, a menudo veo a mi papá colocando sobre mis hombros un abrigo azul y rojo, que fue el único tesoro conseguido durante sus años como soldado en Angola. La de abrigarme era acción obligatoria antes de partir a ver algún juego en el Estadio Latinoamericano, donde “siempre sopla viento”, me decía.

Mi padre atlético y hermoso, salvaje y cariñoso a la vez, a quien jamás he visto practicando deporte alguno, no me invitaba a cualquier juego de pelota, sino a todos los juegos de pelota, todos los días, excepto en las finales, porque “se llena mucho el lugar”.

Él siempre quiso un hijo varón. Pero la vida me puso en sus brazos, pequeña y sin un cabello en la cabeza, para demostrarle que en realidad quería ser papá, sin importar el sexo de la persona en quien iba a poner su amor. De todos modos, me enseñó plomería y carpintería, a pintar techos y reparar bicicletas, a compartir poesías. Las idas y venidas al Latinoamericano las creí, por mucho tiempo, parte de esa cultura libre de prejuicios que él me inculcó con la venia de mi madre.

Por eso, el Estadio Latinoamericano de mi infancia es un lugar frío y desierto, donde entrábamos gratis, para ver siempre al mismo aficionado (o a uno muy parecido) gritando apasionadamente al manager, al árbitro o a cualquier pelotero, como si cada juego fuera el decisivo.

Esa imagen del Latino cambió en la adolescencia. Entonces se convirtió en lugar de encuentro de las amistades, grupo donde mi padre no tenía cabida. Claro que nosotros sí seleccionábamos a qué partido asistir, porque debía ser el más polémico, el que más se llenara, el que nos garantizara gritería con algún buen jonrón. Ya en las gradas, una sensación de culpa embargaba a veces mi eufórico estado de ánimo, cuando pensaba que había dejado sin compañía al hombre que me inició en la cultura de bolas y strikes.

Con el tiempo, las aburridas responsabilidades de la adultez espaciaron cada vez más las idas al Estadio. Hasta que uno de esos días en que la nostalgia exige conciliaciones con el pasado, fui a buscar a mi padre a su nueva casa.

“En el Latino juegan hoy Industriales y Pinar del Río. ¿A quién le vas?”, le comenté en algún punto de la conversación, con fingida ingenuidad. “A nadie”, respondió. Fui más directa: “Papi, deberíamos ir al Estadio, el partido va estar bueno”. “No hija, no, si a mí no me gusta la pelota”, dijo, sin parar el balance de su sillón tejido. Yo estaba sorprendida, él impasible. “Viejo, no me jodas, si me llevabas todos los días al Latino cuando era chiquita, ¿cómo me vas a decir ahora que no te gusta la pelota?”. “No mija —repitió— si aquello era pa’ salir de la casa, que estaba obstinado de la suegra. A mí nunca me ha gustado la pelota”.

*En Cuba, al beisbol se le llama “pelota”, así, sin más adjetivos ni explicaciones. Este trabajo es parte de uno más extenso titulado “Beisbol en desorden cronológico y sentimental”, aparecido originalmente en revista La Gaceta de Cuba, 3 (mayo-junio de 2015), Unión de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, pp. 8-9.

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