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No llores, Karius | Columna de Adrián Ibelles

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Es por todos sabido que no hay posición más difícil en el futbol que aquella sobre la que se erige la balanza entre villanía y heroísmo. Portar los guantes es saberse desnudo, expuesto. Cada decisión tibia o segundo de duda puede terminar en tragedia. Lo sabe todo aquel que se haya postrado bajo el larguero con un uniforme distinto al de sus compañeros: el traje del antihéroe.

Tal vez para encarar semejante odisea se concedieron poderes especiales a este heraldo del destino, pero a veces dos manos no son suficientes.

Loris Karius lloró y pidió disculpas. Se quitó los guantes y en soledad, dio la cara ante la desangelada multitud de fanáticos del equipo inglés que se quedaba sin su sexto título de Champions. Ha pasado un tiempo y él sigue implorando perdón.

El marcador decía 3 a 1. Loris veía dos de esos goles en su cabeza. Pensando en despejar al otro lado, en tirarla dividida, en soportar el tiro de Bale a dos tiempos, a dar un paso más atrás y empujar con las palmas hacia atrás. Soñaba con despertar de la pesadilla. Con ser él quien saliera con una clavícula rota y no con el orgullo destrozado.

Tal fue el peso se sus errores, que la gente olvidó que el verdadero monstruo usaba una camiseta blanca y sonreía como lo hacen los malosos. Aquel que le robó no un partido ni un título, si no el futuro mismo a un colega. Ramos levantó el trofeo del desprecio mundial, incluso decolorando por un instante la antipatía que pesa en Cristiano. Por un día, el mundo se puso de acuerdo en que Ramos no era digno de sus logros.

Luego llegó Karius y los reflectores cambiaron de dueño.

Se hablará por años de esta final. Y tal vez alguien mencione a Bale y sus poemas en la cancha, aunque lo dudo. Quedarán grabadas las funestas acciones que llevaron al Madrid a su 3a copa europea consecutiva, porque intencional o no, de ese infortunado jalones entre Ramos y Salah, uno de ellos salió en camilla mientras que el otro salió en brazos.

Yo nunca olvidaré los llantos de Salah y de Karius. Las sonrisas de Ramos, el afortunado que sí va a ir al mundial, y que será líder de una escuadra roja. La cara de los aficionados, su incredulidad y coraje, su pecho rojo con el corazón hecho pedazos.

 

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