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Nicolás, de cine, música y variantes… | Columna de Jorge Ramírez Pardo

Enredarte

La semana recién pasada, la Academia Mexicana de Ciencias y Artes premió a Nicolás Echeverría. Él es uno de los más sólidos cinematografistas mexicanos de siete lustros a la fecha, como realizador de cine documental y de ficción. Además es músico, pintor, fotógrafo y haber realizados estudios de arquitectura: circunstancias a su favor para visualizar el ritmo de sus películas. Desde muy temprano en su trayectoria ha sorprendido con genuinos portentos de reconstrucciones y nuevas lecturas de realidades mexicanas hasta antes de él insuficientes en cuanto a valoración y enfoque.

Su “Niño Fidencio, el taumaturgo de Espinazo” es un genuino acto creativo y de paciencia antropológica. ¿Cómo hizo ese largometraje documental con estructura narrativa y tiempos de ficción? ¿Cuánto tiempo le requirió y con qué recursos? Las cantidades son relativas. Lo hizo en 1981 cuando Margarita López Portillo desdeñaba a los realizadores mexicanos. Esto es, los apoyos oficiales eran para extranjeros y selectivos para unos cuantos mexicanos dóciles.

Lo cierto es, el abordaje de Niño Fidencio por Nicolás Echevarría, inauguró para México una manera de hacer documental fílmico, dando un peso específico y de protagonismo singular a los actores sociales. Fidencio Constantino, un curandero de pueblo con espíritu y edad mental de infante, había fallecido hacía cuarenta años, pero el fervor ardiente por su persona considerada milagrosa, con epicentro en el poblado Espinazo, Nuevo León, casi al margen del país y medianamente comunicado por ferrocarril, era un microcosmos religioso al margen de los cirios encendidos y la codicia taquillera de los purpurados católicos. Fidencio no es un candidato a santo para la catolicidad sincretizada en su obra, aunque rebase con mucho la popularidad de Juan Diego o los recientes santos cristeros, contemporáneos de sus días de mayor actividad curativa. Tal fue así como para despertar el interés de Plutarco Elías Calles quien lo visitó en busca de su propia salud. Era/es un fenómeno para fervientes de escasos recursos y poca vigilancia censurada.

Echeverría instaló su cámara a una distancia imposible, esto es, en medio de la ritualidad con dejos primitivos, denominada por él mismo “fenómeno de espiritismo colectivo”. Es hombre/cámara “pagamandas”, se sumerge en lodo y se sube al columpio del taumaturgo/niño.

La década anterior al rodaje de esta película,  la empresa estatal “National film board” de Canadá, había reanimado el ejercicio de cine documental insistiendo en realizaciones poco manipuladas por el realizador en el proceso de edición. Eso es, la cámara como testigo en tiempo real. Nicolás Echeverría logró eso y agregó una carga cinematográfica con suspensos, construcción y sorpresas de cine de ficción y relieves tales como para desencajonar ese género fílmico y bajarlo de la repisa prejuiciada de densidad y aburrimiento a donde el estereotipo lo había colocado.

Antes había destacado Nicolás con “María Sabina, mujer espíritu” (1979). Es posterior, en 1988 el desarrollo, en colaboración con Octavio Paz, de “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”, documental acerca de la vida de la monja mexicana, poeta y filósofa del siglo XVII.

Sin tiempo para detalles, recomiendo también el serial “La Guerra de los Cristeros” realizado con la guía del historiador Jean Meyer, y “Ecos de la Montaña” donde nos lleva de la mano a la cosmogonía huichol.

Resta mencionar “Cabeza de Vaca” (para su disección en otra entrega), su primer largometraje de acción, escrito en colaboración con Guillermo Sheridan, basado en “Naufragios”, libro de crónicas escrito por Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Con esta película obtuvo nominación al Ariel en la categoría de Mejor Ópera Prima, representó a México en el Festival de Berlín y en los Premios de la Academia de Hollywood; formó parte de New Films, New Directors del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) y ganó los primeros premios Makhila d’Or, en el Festival de Biarritz, Francia, y Mejor Película en la Muestra de Cine, en Guadalajara.

Jorge Sánchez Sosa

CORCHEAS DE CONTRA-ALTO

UNO.- Jorge Sánchez, director del Instituto Mexicano de Cinematografía, anunció “record histórico” en cuanto a filmes mexicanos realizados este año, 175. Cantidad no es calidad. Hay un alto porcentaje de las denominadas “operas primas” o primeros trabajos de directores debutantes. Carentes, buena parte de ellas, de maduración en el guion y, por ello, también en realización. La Época de Oro se aproximó a cantidades similares, con la diferencia consabida de ser películas realizadas en celuloide de 35 milímetros (ahora la mayoría es cine digital, con mucho menor costo y riesgo en cuanto a inversión), en el marco de una industria fílmica y decenas de millones de espectadores seguros en el mercado latinoamericano.

DOS.- El llamado Festival Internacional de Cine en la localidad, si no fue “quinto malo”, estuvo distante de ser un suceso de impacto. La organización tiene sólo parte de la responsabilidad. Se confirma la baja convocatoria del sector Cultura, excedido en programaciones variopintas, y omiso en el ejercicio de formación de público.

@PEnredarteslp 

BIO: enredarteslp@hotmail.com,  periodista y cinematografista por la UNAM, descreído pero muy guadalupano, puma de corazón y convicción. Al borde del subempleo crónico. Decano en el pueblo de la enseñanza de guion y realización fílmica.

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