#4 TiemposColumna de Ricardo Sánchez García

Náufrago en la Muchedumbre | Columna de Ricardo Sánchez García

Sin partitura

Wilson no es sólo un balón de hule con el que vemos a Tom Hanks, en su barbudo personaje platicando. Es ante todo una estrategia para mantener un diálogo con alguien y así soportar la terrible soledad a la que fue condenado por más de cuatro año a consecuencia de un accidente aéreo que lo llevó a sobrevivir en una isla, según el filme Náufrago. Aunque es una situación extrema y por ratos cómica, con este argumento, tomado de la novela de Daniel Defoe, podremos reflexionar sobre uno de los temas existenciales del ser humano: la soledad.

Según algunos filósofos la soledad es una condición humana. El acto mismo de nacer es  una experiencia tan íntima y personal que no podremos compartirla con alguien. Lo mismo sucede con el acto de morir. Condenados a la soledad, como a otras experiencias ineludibles, vale la pena reflexionar cómo hacer positiva dicha condición y así, dentro de lo improductiva que podría ser, darle un sentido en nuestra vida.

Montaigne, filósofo iniciador del género literario ensayos, afirmaba que  la soledad verdadera consistía en que el alma se recoja y se asile en sí misma, “la soledad puede gozarse en medio de las ciudades y los palacios pero se disfruta con mayor comodidad en el aislamiento”.  Valoraba y recomendaba el ascetismo.

De Estilpón, filósofo griego, se dice que perdió su fortuna, sus hijos, esposa y todos sus familiares en un incendio de la ciudad, logrando salvarse y huir de la quemazón. Cuando le cuestionaban sobre sus pérdidas, él concluía que  no necesitaba nada, ni siquiera amigos, pues “es de sabios estar por encima de todas las necesidades”.

Este invitaba a desprendernos de todas las cosas y personas para estar preparados ante cualquier pérdida y así, con una tranquilidad mental aceptar los más duros golpes de la vida, “todos mis bienes están conmigo” decía.

Tener un alma que pueda replegarse y sea capaz de acompañarse a sí misma implica, según Montaigne, no ligarse ni siquiera a la mujer, a los hijos o a los bienes materiales, de tal suerte que en su posesión no radique la dicha propia. Para ello, el filósofo recomienda guardar una trastienda, en nuestra alma donde podamos establecer nuestra verdadera libertad, nuestro principal retiro y soledad. Con ello se refiere a ese espacio íntimo que nos pertenece solo a nosotros.

Por su parte, Miguel de Unamuno, quien también desarrolló el género, nos explica que “la soledad derrite esa espesa capa de pudor que nos aísla a los unos de los otros”; solo en la soledad nos encontramos y al hacerlo encontramos a todos nuestros hermanos. Para este importante novelista español, no hay más diálogo verdadero que el que entablas contigo mismo, y esto solo se logra estando a solas. Es en la soledad donde podremos conocer nuestro interior y así tener un acercamiento con el prójimo.

Unamuno nos prevenía de la soledad por el miedo a mostrar el alma. Somos seres solitarios y al sabernos vulnerables, conocemos nuestras imperfecciones y por ello no permitimos el ingreso a nuestra intimidad. Pero si supiéramos que los demás cometen los mismos errores, podríamos mostrarnos como somos, sin temor a que nadie nos haga daño.

Porque no es lo mismo estar solo, que sentirse solo. Hay soledad negativa y soledad positiva. La soledad puede ser una construcción mental o un sentimiento profundo. La soledad negativa es transitar por el mundo de la muchedumbre y no saber convivir con las personas. Sentirse solo nos lleva a la búsqueda del ruido, las luces o provocar escenarios, desparpajados en público pero con gritos de auxilio, retraídos, ocultos en la mueca que simula una sonrisa. La soledad negativa son desplazamientos en búsqueda de otras soledades, personas que por el mismo sentimiento no percibirán mi presencia. Estar ensimismados es el origen este sentimiento.

La soledad positiva, por su parte, es aquél constructo mental y del alma que permite vivir en el ruido de la multitud y lograr espacios para la reflexión personal, aun sin eludir las estridentes luces de la ciudad. Es la soledad de los productores, artistas, creativos e incluso científicos que saben la importancia del silencio para encontrar ideas plasmables en sus obras. Quien sabe estar solo reconoce la trascendencia de mantener una comunicación con las personas anteponiendo las necesidades del interlocutor.

“Mi amor a la muchedumbre es lo que me lleva a huir de ella, porque al huirla, la voy buscando” decía Unamuno. Al igual que él, considero que los misántropos buscan la sociedad y el trato de la gente para nutrir su odio o su desdén hacia ellas, por eso no toda persona que camina solitaria lo es.

Voltear al espejo y no ver a nadie es la peor soledad que se podría sufrir, según el pensamiento Borgiano. Nuestra vida, para que sea valiosa, deberá ser un diálogo al interior y desde ahí con las personas que nos rodean. De otra forma solo seremos náufragos en la muchedumbre, intentando sobrevivir rústicamente.

Así lo dijo un día mi padre: Soledad, si tú estás aquí conmigo y yo estoy aquí contigo, ¿dónde está mi soledad?.

@DDHHSamuelRuiz 

También recomendamos: Que el odio no los separe | Columna de Ricardo Sánchez García

Nota Anterior

Así amanece el precio del dólar hoy 16 de enero en SLP

Siguiente Nota

Donación condicionada | Columna de Ricardo García López