#4 TiemposLetras minúsculas

Nanonostalgia | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

Nostalgia es una palabra que no conoció la antigüedad: la acuñó en 1688 un médico de la universidad de Basilea llamado J. Hofner, para designar el mal que atacaba a muchos de los soldados suizos que se hallaban enrolados como mercenarios en gran parte de los ejércitos de Europa.

El término nostalgia está formado por dos palabras griegas: nóstos, vuelta, retorno, y álgos, dolor. Etimológicamente, es la tristeza de estar lejos, o bien la pesadumbre de no poder regresar. La nostalgia era la enfermedad de los soldados y la de todos aquellos que, como los mercaderes también, por hallarse lejos de su casa, tenían que arreglárselas para vivir (o ya al menos para sobrevivir) en tierras lejanas y desconocidas.

En inglés, nostalgia se dice homesickness: literalmente, enfermedad de la casa, o enfermedad de los que se han tenido que ausentar de ella, y mal du pays en francés. En un principio la nostalgia tenía que ver, pues, con una lejanía ante todo física, aunque después fue ensanchando su significado hasta abarcar también la lejanía en el tiempo. Se podría decir que la nostalgia es esa «tristeza de lo finito» de la que habló siempre Paul Ricoeur (1913-2005). Que las horas pasen, que los días vayan sucediéndose unos a otros, que muchas cosas queden atrás y sea imposible revivirlas; que todo, especialmente lo bello y lo hermoso, tenga que sucedernos, como dice la canción de Agustín Lara, «una vez nada más», es algo que no puede vivirse sino con tristeza: pues bien, esta tristeza por único e irrepetible es precisamente la nostalgia.

¿Qué es lo que sucede, por ejemplo, cuando escuchamos una canción que estuvo de moda hace 10 o 20 años, es decir, en el tiempo en que nos hallábamos en nuestra edad dorada? ¿Qué sentimientos se apoderan entonces de nosotros? La nostalgia, en su moderna acepción, es la conciencia del paso del tiempo: el sentimiento –triste- de que ni la historia universal ni mi propia historia podrán nunca repetirse. Recuerdo luego existo, luego he existido, luego ya no existiré (por lo menos en este hermoso mundo que tuesta el sol). La luz del crepúsculo de ayer ya no será vuelta a ver jamás, como tampoco los colores de esta tarde que se va rompiendo a trozos.

Sin embargo, gracias a la aceleración que las modernas tecnologías han impreso a casi todos los aspectos de la vida, la nostalgia ha sufrido, también ella, una gran transformación. Ésta se ha se ha agudizado de tal manera que algunos psicólogos ya prefieren hablar mejor de nanonostalgia. El prefijo nano indica la milmillonésima parte de una cosa; así, por ejemplo, un nanosegundo es la milmillonésima parte de un segundo, cifra que los matemáticos expresan así: 1×10-9. La nanonostalgia vendría a ser, pues, la enorme tristeza sentida por un acontecimiento que ha pasado hace cualquier instante y que ya es evocado en el recuerdo como si hubiera sucedido hace treinta o cuarenta años. Todo pasa tan de prisa por nuestra vida (personas, canciones, objetos) que una especie de tristeza crónica va apoderándose poco a poco de nosotros; hemos visto y vivido tanto en tan poco tiempo que va casi siendo normal que a los 20 o 30 años de edad nos sintamos ya cansados y viejos.

Los niños y los jóvenes se han vuelto más nostálgicos que nunca. Personas que todavía no han vivido o, en todo caso, vivido muy poco, cultivan actitudes que en épocas pasadas sólo eran concebibles en gente ya bien entrada en la madurez o incluso en la ancianidad.

Escribió recientemente el famoso sociólogo italiano Stefano Pistolini: «Los jóvenes están aprendiendo a convivir con la nostalgia. Un alto porcentaje de entre los interrogados en un reciente sondeo realizado por el New York Times y la CBS se declara particularmente apegada a la propia adolescencia y sostiene que sus propiedades más queridas son sus osos de peluche y sus colecciones de ‘monitos’, ostentando formas de nostalgia tan prematuras que no pueden ser sino patológicas».

En sí misma, la nostalgia no es buena ni mala. Lo malo es anclarse en ella, vivir la vida en pasado, anclarse en el ayer para suspender la navegación de hoy. El patológicamente nostálgico ya no vive, vivió. En su pensamiento, en sus deseos, se ha ido a vivir al país de sus sueños, a la blanca ciudad de sus días más bellos (como dijo en un poema el poeta turco Nazim Hikmet). Nada de lo que se mueve a su alrededor puede ya interesarlo; pocas son las cosas que le emocionan de veras. ¡Él ya vivió todo lo que tenía que vivir!

¿Cómo convencerlo que todavía queda mucho por hacer? ¿Cómo decirle que el futuro, si se lo propone, podría ser tan bello como su pasado, o incluso más? He aquí lo que escribió Robert Browning (1812-1889), el poeta inglés, en un poema titulado Rabí Ben Ezra:

¡Envejeced conmigo!

Aún falta lo mejor,

el final de la vida,

el motivo del principio.

Nuestras horas están en Su mano.

-¡Ay! –se lamentaba una vez un amigo mío-. ¡Después de los cuarenta años todo en la vida es bajada!

Yo sonreí al verlo tan angustiado. ¡Si así hubiese pensado Abraham, que empezó a vivir sólo hasta los setenta y cinco! ¡Si así se hubiese expresado Sara!

Como dice el poema de Browning, puesto que nuestra vida está en las manos de Dios, aún falta lo mejor. Aún no hemos visto ni vivido nada: lo mejor de nuestra vida está apenas por comenzar.

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