Mejor dormir

Ni tú ni nadie | Columna de Carlos López Medrano

Mejor dormir

El álbum Deseo carnal (1984) fue el gran salto adelante en la carrera de Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut. El golpe de autoridad con el que ganaron el estatus que ya nunca los abandonaría. En apenas un sexenio pasaron de ser unos punks sin nociones musicales a ser una cuadrilla sofisticada, llena de recursos y con una amplia paleta de sonidos bajo el nombre de Alaska y Dinarama. Dejaron la carnada de la ocurrencia estrafalaria para centrarse en la composición de himnos inmortales, piezas de relojería que se quedarían para siempre instaladas en el medio cultural en español.

Al hablar de Deseo Carnal, nos referimos a un trabajo de alta manufactura; una entidad afilada que en su momento compitió de frente con lo mejor que se hacía en EE.UU. y el Reino Unido. Aquellos jóvenes rarunos salieron sin complejos y a base de ambición se instalaron en el olimpo que antes presenciaban desde casa por televisión. El disco fue una de las patadas definitivas de la Movida Madrileña. Fue el adiós a marginalidad, la llegada del éxito masivo con el que ya habían coqueteado, un fenómeno que invadía todos los rincones de Hispanoamérica.

Entre todos los temas que contiene la obra, que más bien parece una recopilación de grandes éxitos, destaca en especial “Ni tú ni nadie”, que a la postre se convertiría en  una de las dos o tres canciones más famosas del tridente (y la música popular española en general). También es una muestra del gran equipo que hacían.

Para que un grupo sea relevante le basta con tener un genio entre sus filas. Con ello se puede hacer una carrera nutrida y espectacular. Pero Alaska y Dinarama no solo tenía un genio, sino tres figuras de primera línea en acción. Nacho CanutCarlos Berlanga y la propia Alaska, cada uno de ellos irrepetibles con sus filias y fobias. Tres muchachos que se conocieron a finales de los años setenta gracias al amor compartido por los cómics, el horror, la superficialidad y el punk al que se dedicaron con su primera encarnación junto a otros sujetos igual de peculiares —Kaka de Luxe—, un proyecto con el que no se les auguraba mayor trascendencia. En 1978 nadie habría apostado por ellos. En aquel entonces a duras penas sabían tocar sus instrumentos: pero no importaba, aquello pasaba a segundo plano, lo valioso era la actitud, la imagen, el contar historias extravagantes y tener una innegable capacidad para enganchar a través de pinceladas que trascendían a los tecnicismos. Tenían personalidad y tenían estilo, particularidades con las que bastaba para hacerse de un lugar. Eran el banquete esperado por una sociedad en pleno proceso de liberación.

“Ni tú ni nadie” emociona hasta el tuétano porque refleja la esencia de cada uno de los integrantes de la banda. Una combinación explosiva que logró saltar hasta el cielo en esa obra maestra llamada Deseo carnal. Por un lado, Nacho Canut con su evidente vena punky que desde el bajo complementa los guitarrazos iniciales de Luis Miguelez que son en sí mismos un toque de magia, una especie de campanazo que abre de lleno la puerta a un nuevo sitio. El fondo ramonero es un gran aporte, el sostén que se vuelve clave para catapultar el plato principal que viene después: la revelación del mundo interior de Carlos Berlanga envuelto en versos y melodías memorables difíciles de clasificar en un género. Lo maravilloso es que eso se nos ofrece en voz Alaska, que es algo así como opuesto del compositor. Mientras Berlanga es un joven tímido, frustrado, tirado al drama y al fatalismo (con una capacidad asombrosa para crear relatos), la cantante es extrovertida, salvaje, sin reparo alguno para realizar el movimiento más atrevido posible, como esos suspiros orgásmicos que se suman a otros tantos detalles que hacen un festín auditivo.

La letra habla de una relación que se cae a pedazos. Pero Carlos Berlanga recurre a su especialidad: la defensa a muerte de los ideales. El derecho a morirse con la suya y mandar al diablo a lo demás. Ni la peor de las rupturas puede derrumbarte si tienes los pies bien plantados en el suelo. “Ni tú ni nadie puede cambiarme” es en sí misma una línea dorada, una filosofía de la individualidad, de resistencia, de superación. Y sobreviene la marca de la casa; el lamento, los reclamos, el despecho, la confusión, el regodeo ante la adversidad, las tristezas… y el amor propio como rastro de luminosidad.
Miro el reloj,
mucho más tarde que ayer,
te esperaría otra vez…
No lo haré, no lo haré.

Mil campanas suenan en mi corazón.
Qué difícil es pedir perdón.
Ni tú, ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Vete de aquí,
no me supiste entender.
Yo solo pienso en tu piel
no es necesario mentir.

Qué fácil es atormentarse después,
pero sobreviviré
sé que podré, sobreviviré…

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