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“Musas en lo suyo” | Columna de Jorge Chessal Palau

Columna “Trío de cuerdas”

Por Jorge Chessal Palau.

Las musas esta semana tienen todo un festejo en grande. Acaban de rendirles un homenaje extraordinario e inesperado, pues es toda una obra de arte la Constitución de la Ciudad de México, que fue promulgada el pasado cinco de febrero.

Como documento constitucional, dista mucho de ser el mejor ejemplo de lo que debe ser. Dedica buena parte de su texto a expresiones de construcción estética digna de nuestras musas, pero lejanas de la técnica normativa que debe informar una norma fundamental. Por ejemplo, el artículo 2, numeral 2 señala: La Ciudad de México se enriquece con el tránsito, destino y retorno de la migración nacional e internacional.

Levanta la voz Polimnia, musa de los coros, para señalar que nuestro comentario es un poco rudo para con los constituyentes de la Ciudad de México, puesto que la idea de involucrar adjetivos, metáforas y poesía en las constituciones es un mal extendido en nuestro país. Nos trae a la memoria varios artículos de la Constitución General de la República, donde se utilizan adjetivos que, gracias a su presencia, extienden el contenido de los derechos, tanto, que puede hacerlos imposibles de cumplir.

El artículo 4 de la norma nacional suprema es de los mejores ejemplos: no solo hay derecho a la alimentación, debe ser, además, nutritiva, suficiente y de calidad; el acceso, disposición y saneamiento de agua para consumo personal y doméstico debe ser suficiente, salubre, aceptable y asequible; la vivienda, no basta, ya que debe tener como característica ser digna y decorosa. Y podríamos seguir, añade Euterpe, musa de la música, pero, aunque suenen bien esos términos que acompañan a los derechos, muchas veces no tienen un contenido que la ciudadanía por sí misma pueda captar, sino que están pensados por técnicos y para técnicos. Por ejemplo, el caso del artículo 28 de la Constitución nacional que refiere que, tratándose de la Comisión Federal de Competencia Económica y el Instituto federal de Telecomunicaciones, las leyes promoverán para estos órganos la transparencia gubernamental bajo principios de gobierno digital y datos abiertos. ¿Qué significa eso? Quién sabe. Melpómene, musa de la tragedia, nos pide que no divaguemos con la Constitución Federal, ya de por sí muy vapuleada en estos días de su cumpleaños y regresemos a la de la Ciudad de México.

Tomando como ejemplo los adjetivos del artículo 4 que hemos citado, podemos afirmar que abundan en la norma citadina las expresiones programáticas, es decir, aquellas que son buenos deseos y que deben, por obligación, traducirse en políticas públicas en favor de la ciudadanía. Sin embargo, tal y como lo anotamos ya, cuando una norma programática, que de suyo debe ser general, se particulariza tanto con modificadores de sentido en cuanto cualidades, claramente limita los actos de gobierno y ciñe a la autoridad a un cumplimiento preciso que, sabrá Dios, de dónde sacará dinero para acatar a carta cabal con lo mandado en la Constitución.

Queda claro que la palabra “programática” ha sido substituida por “aspiracional”, por lo que, una cosa es cierta: las buenas intenciones de los constituyentes de la Ciudad de México se estrellarán con una realidad dura y firme que se llama México, nuestro México. Buen texto literario, pésima Constitución.

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