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Motivos para no votar por AMLO | Columna de Luis Moreno Flores

Historias para perros callejeros.

Mi abuelo siempre apoyó a Andrés Manuel López Obrador, pero nunca votó por él. Dos veces tuvo la oportunidad de elegirlo y prefirió a Felipe Calderón y Josefina Vázquez Mota.

Pese a su convicción panista frente a la urna, todos los días, que no fueran el primer domingo de julio de cada seis años, estaba seguro de que López Obrador era la única opción para revertir la situación de México y le emocionaba que replicara, a escala nacional, su gestión en la capital.

Durante las elecciones del 2012, creí que le daría su voto a AMLO, al final se decidió por Vázquez Mota. Fue sorpresivo, porque aunque no lo recuerdo como un tipo especialmente misógino (sus hijas tal vez tengan otra opinión) se formó en un contexto que lo obligaba a serlo: nació en 1923. Vale recordar que de forma general, en México, las mujeres pudieron votar hasta 1953, por lo que a mi abuelo seguro le parecía extraño pensar en una presidenta.

Jamás noté que estuviera interesado en asuntos públicos, sin embargo, su lealtad al panismo posiblemente lo acompañó toda la vida en elecciones municipales, estatales y federales.

Meses antes de su muerte, hicimos un viaje para visitar a unos parientes. Compartimos habitación y ahí me contó sus motivos. Una historia que tal vez nadie más conoce.

De niño, mi abuelo vivió en una pequeño pueblo de Zacatecas. Antes de los 16 años, cuando emigró a San Luis Potosí con la idea de ir a Estados Unidos, ya había trabajado como mozo en una tienda, mandadero, minero y apostador en los salones de billar.

Su conciencia política nació en algún momento indeterminado entre los ocho y doce años, cuando se iba a celebrar una elección a la alcaldía. Esa debió ser una de las primeras en las que participó el PAN, mientras que el PRI ya había concretado una dictadura de la que nadie midió sus alcances.

Según mi abuelo, el candidato del PAN era honorable. La comunidad creía que sería un buen presidente municipal. El priista provenía de las imposiciones sistemáticas.

La memoria infantil es tramposa y el pasado es difícil de invocar, pues hay pocos momentos que se registran con fidelidad. La escena que describió mi abuelo tenía la nitidez que solo un hecho terrible y definitivo posee:

Un niño (mi abuelo) sale de casa después de desayunar. En la puerta él y su madre se despiden, van a trabajar. Camina cerca del canal de riego del pueblo. Descubre que en el agua hay una silueta. Toma una vara que le sirve para remolcar el objeto flotante, lo hace girar. Encuentra el rostro de la muerte. El chico deja el sitio y corre para avisarle a todos en el pueblo.

Al llegar a donde vio el cuerpo, los mayores se tiran al agua para sacarlo. Es el candidato del PAN. Tiene una bala en la cabeza, le faltan los brazos y las piernas. Nadie se atreve a tomar el lugar del hombre asesinado. La elección está definida, el horror ha ganado.

Al terminar la anécdota, mi abuelo y yo guardamos silencio. Mientras mirábamos el techo, reflexioné en que esa recamara, desde niño, me causa miedo. Son las imágenes religiosas que cuelgan de sus paredes, hay algo omiso en ellas. Como si escondieran un placer secreto y prohibido detrás del dolor. La luz mortecina que venía de un farol en la calle, aunada a lo que acababa de escuchar, acentuaba el temor.

-¿Estas dormido? –Solo respondí con un no y así seguí, sin hablar, durante un rato, hasta que sin saberlo me perdí en el sueño.

Pensé que había un error en las decisiones de mi abuelo, porque confundía su rechazo al PRI con ser panista. Al amanecer, logré entender. Para mi abuelo no se trataba de votar a favor o en contra de alguien. Hasta la última elección en la que participó, intentó reivindicar a un hombre. Una lucha que perdió ochenta años antes y que nunca se cansó de dar.

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