#4 TiemposColumna de Dalia García

Mis vecinos de enfrente | Columna de Dalia García

Divertimentos

La vida de los gallos y las gallinas jamás me habría parecido interesante, de no ser porque vivo frente a un terreno que alberga a doce de estos animales.

Comencé a observarlos porque no tenía otra cosa que ver. Al medio día abro la puerta del balcón; de modo que, a la hora de la comida, conforman el único panorama disponible: mientras mastico, veo a esos animales ir de un lado a otro del terreno; un espacio grande en el que no existe lugar secreto para ellos, que lo recorren todo.

Una vez escuché un cuento infantil protagonizado por una gallina que era trabajadora: “qué raro”, pensé, “¿por qué una gallina, y no otro animal, da lecciones de trabajo y disciplina?” Ahora lo entiendo. Parece que todos los días realizan tareas específicas; dan la impresión de ser personajes sumamente ocupados: caminan con gracia, enérgicamente; pican la tierra en busca de lombrices; suben a la barda del terreno, bajan; se adentran en el montón de ramas arrumbadas; suben al techo del corral; buscan huecos entre la montaña de piedras, entran y salen; rascan la tierra con sus patas; los gallos corretean a las gallinas, las pisan; y así las 12 horas que permanecen afuera del gallinero.

El gallinero no existe desde siempre, me dijo doña Lupita, sino que lo improvisaron desde que un cacomixtle las descubrió y en una noche se comió a una gallina junto con sus pollitos. Desde entonces duermen ahí, a salvo del animal que sigue llegando todas las noches a comerse los huevos que dejaron las gallinas; lo sabemos porque algunas mañanas aparecen los cascarones rotos en alguna parte de la calle, en el terreno mismo o en la azotea de mi casa.

Hace unas semanas, a mi esposo y a mí se nos ocurrió comprar una linterna para cualquier ocasión en que nos quedemos sin luz. Apenas llegamos a casa, a las nueve y piquito de la noche, abrimos el balcón para probar el aparato; lo encendimos y ahí estaba el animal, en la barda del terreno, justo en donde la linterna alumbró. No era el cacomixtle con su cola anillada, sino un tlacuache. Caminó por un tramo de la barda y bajó al terreno, pero no tardó en irse, quizá previniendo cualquier situación de peligro ante la luz que lo seguía. Por eso doña Lupita nunca encontraba huevos. Le sugerí que buscara nidos todos los días antes de meter a las gallinas, y hasta me ofrecí a ayudarle. Así fue como su hija Iris y yo encontramos un huevo al día siguiente; mi emoción fue tal, que me lo obsequió para el próximo desayuno. A partir de ese día, recogían uno o dos huevos diarios del mismo lugar; y yo se los compré, pero al parecer la gallina cambió de lugar, porque al cabo de una semana no encontraron más.

El segundo día que ayudé a buscar nidos, una de las gallinas estaba echada. Me dijo Iris que cuando van a tener pollitos, permanecen así durante cuarenta días. La gallina estaba ahí, sin querer pararse, pero tuvo que ser obligada para evitar que el animal se la comiera esa misma noche. Fue conmovedor ver cómo se empeñaba en quedarse cuidando el huevo, enojada ante las provocaciones. Cuando finalmente lo logramos, la gallina salió cacaraqueando, esponjada de coraje. El huevo estaba calientito.

Últimamente les ha dado por subirse con más frecuencia a la barda del terreno. Suben gallos y gallinas y comienzan a desfilar por toda la orilla, cosa que me preocupa porque la semana antepasada una de ellas voló hacia afuera del terreno. Abajo ya la esperaba el Solovino; apenas la vio caer, empezó a corretearla. Yo me di cuenta porque escuché a la gallina cacaraquear desesperadamente; me asomé por el balcón y la vi huyendo del perro. Lo único que pude hacer desde arriba fue gritar como loca: “¡Solovino, déjala, Solovino, perro!”, pero al ver que había logrado pescarla con el hocico, mi esperanza de ayudarla desapareció; sin embargo, extrañamente, la gallina logró zafarse de su cazador y corrió nuevamente en dirección al terreno, entonces bajé apresurada y con palmadas y gritos intenté ahuyentar al Solovino, pero el muy irreverente tardó en hacerme caso. Por fortuna la gallina resultó ilesa, solo quedó un poco desplumada. Solovino no pudo dañarla porque, me enteré en ese momento, está chimuelo.

A las siete de la tarde termina el agitado día de las gallinas y los gallos; doña Lupita, o alguno de sus hijos, entran al terreno para anunciar el final de la jornada. Los animalitos se apresuran a la habitación para descansar y despertar al día siguiente con el canto de los gallos que, desde muy temprano, anuncia un nuevo día lleno de actividades.

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