#4 TiemposColumna Emmanuel GallegosDeportes

Mi primer autogol | Columna de Emmanuel Gallegos D.

Gambeta

 

Una de las cosas más importantes de tener la libertad de escribir, sin duda debería ser la posibilidad de plasmar o contar las historias que a uno le van pasando en la vida, sobre todo en el deporte que es uno de los temas que más me apasiona (aunque no sea un erudito del tema). La verdad es que no sé si muchas veces me parezca interesante lo que pudiera contar o no, pero sin duda es más fácil despotricar y tirar veneno sobre un tema o jugador, simple y llana opinión sin muchos miramientos a tratar un tema que podríamos llamar ya más “personal”.

Remontémonos a un lejano 1998/2000 (por alguna de esas fechas), yo tendría arribita de los 12 años, y más o menos la misma estatura de ahora (puedo sentir las burlas de mis amigos al leer esto, el tema de si siempre fui tan pequeño es un tópico bastante divertido, al parecer) y estudiaba la secundaria. Con poca o nula experiencia en el futbol infantil, la clásica cascarita con los amigos, muchas veces con un simple bote, la verdad es que en la primaria el futbol era algo que sabía que estaba, pero que no había probado contra otro equipo rival que pudiera considerar un “enemigo”.

Para ese tiempo (regresando a la secundaria), sin duda que entiendes un poco más el tema de la competencia, de la capacidad y habilidad que te permiten ser considerado para representar a tu salón en los torneos escolares, porque jugar en una liga de soccer o de futbol rápido eran para mí ya temas bastante mayores. Pues básicamente había otros más grandes (no más hábiles o mejores que yo) y fueron los que al principio se pusieron sobre mí y me negaron la posibilidad de ser parte de ese honor. Para el segundo año la cosa cambió, se dieron cuenta (o los hice darse cuenta) que no importaba el tamaño, sino lo que podías hacer con el balón. Fue así que logré pasar de jugar con mis amigos  de la “Vanguardia” a ser invitado a jugar en una liga juvenil en una cancha de futbol rápido.

Estaba contento de que me hubieran invitado, no tenía tenis especiales para poder jugar (mis padres lo veían como un lujo), mi short era uno de basketball de la selección de Estados Unidos (si mal no recuerdo del Dream Team, ojalá aún lo tuviera), de la playera que usé, no lo recuerdo muy bien, el punto es que les dije a mis padres y ellos tuvieron la voluntad y las ganas de ir a verme por primera y casi única vez (al menos los dos juntos, mi padre me vio en otra ocasión, pero juntos estoy seguro que no). Mi apariencia o aspecto distaba de muchos de los que jugaban conmigo (y que no conocía) y por supuesto de los otros chavillos que eran ya mis rivales. Tenía el aspecto del que invitan a jugar y que no saben qué va a hacer, short de basket y tenis escolares, eso no da la apariencia de ser un verdadero jugador de futbol (aunque eso a mí no me importaba… tanto).

Pasaba el tiempo (y el que era maestro creo que de civismo en la escuela) no me metía, yo me desesperaba y no podía ver la hora de salir y demostrar lo que era capaz. Total, me llamó y me dijo: vas de defensa lateral (o jugar atrás, aunque me gustaba y sabía jugar más adelante, tampoco es como que un escuincle sepa mucho de táctica y posiciones). Todo lo que pasó por los tres minutos (quizá dos o uno) que estuve en el campo no lo recuerdo, excepto por la jugada fatídica que marcó ese primer partido: jugada por la banda izquierda, diagonal de la muerte, el delantero no puede meterla, me veo corriendo hacia mi portería en un intento desastroso de defender y la empujo en propia puerta. Mis manos van hacia mi cabeza y no logro entender lo que pasó, mi primer gol como “semiprofesional” o amateur juvenil fue en mi portería. Luego luego me sacaron.

De ahí, mucho aprendí y me siento orgulloso y feliz de recordar todo lo que vino después. Siempre jugar con amigos y gente muy cercana a mí (pese a que la distancia, obligaciones y demás, nos hayan alejado) en todos los equipos que metimos en esa cancha de futbol rápido había compañerismo y amistad. Nunca fuimos los mejores, pero siempre jugamos con el corazón y con la alegría de dar la sorpresa y poder ser considerados los “caballos negros”, aunque nunca levantamos una copa, eso no era  lo más importante, sino simplemente jugar al futbol.

También lea: Vergara: el bueno, el malo y el feo | Columna de Emmanuel Gallegos D.

Nota Anterior

La Caravana en su peregrinar | Columna de Ricardo Sánchez García

Siguiente Nota

Interapas aumentaría 80 centavos diarios a la tarifa del agua potable