#4 TiemposDesde mi clóset

Mi lucha | Columna de Paúl Ibarra Collazo

Desde mi clóset


Durante muchos años estuve escondido dentro de un clóset oscuro. Ese armario estaba lleno de alimañas degradantes que se llevaban un poco de mi espíritu cada vez. Desde muy pequeño sabía que algo era distinto en mi. Era un chico atípico.

Mi madre por ahí de los 8 años me dijo un día:

-Jeús, el anciano (ministro de culto) me dijo que tuviera cuidado contigo, porque tienes “maneras” que no están bien. ¿No eres así verdad?

Evidentemente lo negué. ¡Qué iba yo a saber a los ocho años sobre eso! Sin embargo mi cabeza daba mil vueltas. Algo andaba mal conmigo. Llegada la secundaria, que con seguridad puedo decir que fue la peor época de mi vida, los cambios eran más notorios en mi personalidad. Era afeminado, débil, un incipiente cachorro Arcoíris que no terminaba de florecer.

Por muchos meses me escondí en la soledad de mi alcoba, refugiado en los rescoldos de una niñez que había terminado. En ocasiones pensé que ese no era mi lugar. Nunca lo intenté, pero por mi mente pasaron algunos pensamientos insanos. A veces la muerte es la única opción cuando el panorama se torna demoledor. Eso lo saben las fénix, por eso combustionan su cuerpo material cada temporada.

Hoy mientras escribo estas líneas, mi corazón se acelera y no paro de llorar, porque hay quienes caen en el intento de ser y estar en un sistema donde no tienen cabida.

Mi familia, la religión en la que crecí, mi entorno social; veían en mí una anomalía, la cual asumí y decidí continuar. Por varios años intenté relacionarme erótico-afectivamente con niñas, en la mayoría de los casos sin éxito. Yo esperaba la aprobación parental. Había fallado al decidir abandonar las creencias que en la cuna me inculcaron, por lo que mi ingratitud se multiplicaría con nuevas adversidades.

Tal vez por mi experiencia de vida es que hoy no guardo mucho apego por las cosas materiales, y es que nunca tuve nada. Solo estaba yo y mis pensamientos.

Fue hasta terminada la universidad, una vez que había cumplido con el cometido de la primera parte de mi vida, que el capullo decidió florecer. Aún recuerdo mi primera experiencia sexual con otro hombre, y cómo es que lloré por varias horas, como lo hago ahora, por saberme condenado. Salir del closet es como pedir asilo político, una vez que cruzas la frontera, no hay vuelta atrás. Como refugiado, aprendí a sobrevivir entre la vorágine de la subcultura gay. Clasista, racista y por supuesto homofóbica.

Decidí ser libre, lo que implicó además renunciar a muchos privilegios. La masculinidad trae consigo dádivas que hoy mismo me asquean. Mi espíritu femenino se apoderó de gran parte de mi ser, pero sigue en pie de lucha. De manera constante tengo batallas internas que me obligan a replantearme muchas cosas. Me surgen dudas, cuestionamientos y cambios de dirección.

Si eso es ser incongruente, lo soy. Desconfío en una persona que se aferre tanto a una idea, que no pueda soltarla y dejarle ir.

Cuando el Arcoìris iluminó mi vida, se constituyó además un aparato político que corporeicé. Tomar partido en la vida pública fue un objetivo que me planteé hace ya más de ocho años. Hoy he renacido varias veces. Busco generar un cambio desde distintos espacios. Y no es que ser homosexual sea mejor. Es cuestión de generar un ambiente favorable, libre de prejuicios.

Hoy sé que no estamos solas, que somos muchas, que estamos vivas, y vivas queremos seguir.

Intento que las personas que hoy me leen reflexionen sobre la forma en la que hemos actuado a lo largo de la historia. No se trata de imponer una sola forma de ver el mundo, eso es aburrido a la larga. Mi intención es delegar un mejor mundo para las personas que vienen empujando. Un mundo donde quepan muchos mundos. Libres, con igualdad de oportunidades, y con la firme convicción, cómo lo diría la Godi, de que un mundo mejor es posible.

También recomendamos: Las batallas que nos esperan | Columna de Paul Ibarra

Nota Anterior

Días festivos | Columna de Dalia García

Siguiente Nota

Riña en la San Antonio; un arma asegurada y ningún detenido