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México 2018: nos subimos al tren, y allá vamos | Columna de Dalia García

Divertimentos

Finalmente sucedió: se consumó la elección de nuestro próximo presidente y se acabaron las campañas políticas con su dosis extra de violencia, su sangre derramada, sus circos pro ignorancia y sus asquerosos comerciales de televisión.

Hay emoción por los resultados de la elección presidencial. Hasta antes del 1º de julio, se dudaba que se fuera a respetar la decisión de la mayoría. Sin embargo el resultado fue impactante; estábamos seguros de quién ganaría por legitimidad, pero no estábamos preparados para verlo de la forma en que sucedió: pacífica. La derrota de los oponentes, y la realidad revelada de sus respectivos partidos, fueron hechos históricos e inimaginables.

No hay más regocijo por un AMLO ganador que por un régimen aplastante derrotado. El futuro presidente no será el redentor de nuestro país, pero sí un importante agente de cambio y la carta compromiso por la que se dio el voto de confianza. Aunque también había incredulidad reflejada en comentarios como “No lo van a dejar llegar”, “Le pasará lo mismo que a Colosio”, “El Mundial funcionará como cortina de humo para el fraude”, “A ver con qué nos salen ahora”; por eso el resultado desató tanta emoción e ímpetu; incluso la reacción de muchos mexicanos llegó a las lágrimas, lo que puede describirse también como una catarsis, una liberación político-emocional. Jorge Volpi lo dijo muy bien:

Este primero de julio de 2018 fue derrotado el México de las élites y el México de la desigualdad. El México neoliberal y el México de la guerra contra el narco. El México de la corrupción como modo de vida y el de las 200.000 muertes en dos sexenios. El México de Ayotzinapa y el de la Casa Blanca. El México que se obcecó con cerrar los ojos a la barbarie y el del miedo al cambio. El México de la desilusión y el del conformismo. El México de quienes defienden doce años de desastre como nuestra única normalidad posible.

Y sí, reconozco que mi consciencia política, en el poco tiempo de vida que tiene, ha estado marcada por el hartazgo, postura completamente legítima porque se han empeñado en demostrar que la corrupción es un hecho inherente al quehacer político; que la violencia es un mal sin remedio y un castigo para todos; y que el poder de decisión, respecto a una nación, está en manos de quienes tienen los bolsillos desbordados.

Discurso de AMLO en El Zócalo capitalino

¿Qué espero del nuevo Presidente? Espero coherencia y trabajo real.

Estoy consciente de que no serán resueltos de la noche a la mañana los conflictos que enfrenta la nación, pero sí estoy cierta de que comienza una nueva etapa, una realmente nueva, y son las bondades del cambio verdadero lo que alimenta mi esperanza. Por supuesto que también contribuyen las premisas planteadas por el futuro presidente, y el perfil de sus más cercanos colaboradores, comenzando por Tatiana Clouthier y Beatriz Gutiérrez.

Este periodo es un notable “borrón y cuenta nueva” que representa un respiro nacional. Ahora nos toca continuar con lo nuestro; si pedimos y elegimos un cambio, toca hacerlo valer también en el ejercicio de nuestro papel como ciudadanos.

Aquí un fragmento de la carta pública que Denise Dresser le escribió a López Obrador el 2 de julio; resalto cuatro de los puntos principales que en ella expresa: el goce del cambio, el reconocimiento del trabajo realizado, la expectativa ante el futuro y la exigencia a la que se ha hecho acreedor:

Triunfaste porque tu diagnóstico es el correcto. México ha sido expoliado por sus élites y exprimido por sus intereses enquistados y victimizado por su vetocracia sindical y empresarial. El péndulo de la historia se corrió de la acumulación a la redistribución; de la derecha a la izquierda como lo explicara Albert Hirschman. Todo eso lo entiendo, lo reconozco. Pero aun así, no soy de las jubilosas que quiere abrazarte, izarte en hombros. Porque no sé cómo gobernarás, a quiénes escucharás, a cuáles miembros de la “mafia en el poder” perdonarás, qué modelo económico instrumentarás, qué sistema de justicia edificarás, si serás el líder aplaudible de una izquierda progresista o el líder cuestionable de un lopezobradorismo conservador.

Hoy, el día después, estaré haciendo la tarea que me toca: vigilarte, exigirte, recordarte el imperativo de reconciliarnos. De gobernar en nombre de todos y no solo de quienes votaron por ti. De reconocer el pluralismo y promover la tolerancia. De combatir privilegios y corrupción pero también en tu propio partido. Y decirte: México no es el país de AMLO o Morena o sus gobernadores o sus diputados. Es el país de uno. El país nuestro. En 2018 y siempre.

¿Habrá desilusión o arrepentimiento respecto a esta elección en uno, dos, cuatro o seis años? No lo sé, pero no me escandaliza comprobarlo. Ahora, he de decirlo, existe una motivación por aventurarnos a algo diferente (aventura, por cierto, reclamada desde hace doce años), y me parece que es el amor por esta nación despedazada lo que ha impulsado al cambio de apuesta. Nos subimos al tren, y allá vamos.

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