#4 Tiempos

Meditación | Columna de Jessica Tristán

Las simples cosas

“[…] aunque parezca demasiado tarde, tal vez, en el intento descubramos que a pesar de todas nuestras equivocaciones, la vida; más generosa que nosotros, siempre nos dará una segunda oportunidad, aún cuando creamos no merecerla”.

Siempre he sido el tipo de persona reactiva que aunque no busca el conflicto, está programada para responder -o adelantarse- ante los problemas. Quizás es por eso que el boxeo representa una parte importante de mi vida. ¿Qué mejor que unos chingazos para solucionar los conflictos? Por lo menos al costal no le haces ningún daño, o si se trata de un combate, los moretones al día siguiente son producto de tu incapacidad para mantener la guardia arriba y no de intentar ser una “mejor persona”.

Nunca antes pensé en la meditación como una forma de terapia, como algo que sirviera para reconocerme, aposté mucho más a la psicología y al entendimiento del yo, que en la tradición budista es inexistente. Ahora creo que uno no está alejado del otro, al menos no del todo. El reconocimiento del ser, la iluminación, es un proceso tan doloroso y complicado, como lo es la aceptación de tus respuestas ante estímulos concretos.

Mi mayor preocupación al iniciar con la meditación, era -y sigue siendo- desprenderme de todo ese dolor que llevo dentro, de la desesperación, del impulso de muerte que me hace crear.

Hace unos días había una copa de vino en mi mano, no fue una casualidad, se trata de un ritual recurrente cuando intento escribir. Esa tarde mientras me duchaba, vislumbre con recelo que sin sufrimiento, el arte es inexistente… qué fácil resulta dar pinceladas en un lienzo, disparar la cámara frente a un bodegón, escribir una poema a la vida sin que duela la existencia, lo complicado es ser, sin esperar que el resto lo entienda. Quizás por eso Diego es prescindible ante Frida, y Diane Arbus más trascendental que su marido Allan.

Poe, Alfonsina Storni, Dalí, Van Gogh, el mismo Cobain… todos tienen algo en común, que “el objeto de castigo ya no es el cuerpo sino el alma” como diría Foucault. ¿Trillado? Por supuesto, pero eso no le resta realidad.

Me asusta tanto desprenderme de esa oscuridad, que su existencia en mi vida la ha hecho imprescindible, por supuesto que no intento compararme con tales artistas, pero escuchar a mi instructor -Dharmachari Padmabandhu- hablar de lo que conlleva el proceso de meditación, me hizo pensar en la posibilidad de concebir el arte a través la angustia sin cargar con el peso de ella.

Aquel día, mientras el agua caliente resbalaba por mi piel e impregnaba pequeños espacios de ella, me preguntaba por qué no era capaz de entregarme a ese tormento, o en todo caso de apostar integralmente al bienestar. Son tiempos distintos, hay a mi alcance nuevas formas de entendimiento, quizás en unos meses -o menos- deba alcoholizarme para dormir en una banca del parque Delta, o tal vez, sólo tal vez, encuentre la manera de seguir sobreviviendo, de canalizar la pena y legitimarla en una fotografía, en una texto que no me haga ser una mejor persona, pero sí, SER, en toda la extensión de la palabra.

“If you must fight, fight with yourself and your thoughts in the night…”

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