Columna de Luis Moreno Flores

Médico de profesión. Crónica de Luis Moreno Flores

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

He trasladado una parte importante de mi tiempo a los bares y cantinas. Busco cualquier pretexto para anidar en las barras: si es un asunto laboral, me gusta creer que una copa ayuda a relajarse y pensar con claridad; cuando es una reunión personal, apelo a que la calidez del alcohol deshaga los témpanos que pudieran haberse formado. El único problema es la dificultad para encontrar un buen sitio. Algunos caen en una sofisticación excesiva que anula todo rastro de clandestinidad, factor que debe estar presente en un lugar de tragos. Otros son tan patibularios que atrae a una clientela hostil que impide disfrutarlos. Odio los restaurantes bar porque permiten la entrada a niños, nada me desagrada más que sostener una copa frente a un menor, eso limita mi comportamiento y finalmente a estos espacios se viene a engullir un poco de libertad.

La primera ocasión en que fui a La Calavera de Cristal debo admitir que me molestó. Era su semana de apertura y llegué porque mis amigos estaban curiosos del mirador que tiene al Parque de los Lobos. La atención, como pasa con todo negocio nuevo, fue terrible, pero supongo que su decoración rústica, la vista al parque y los tragos preparados con alcohol al gusto, acabaron por convencerme de darle una segunda oportunidad.

La noche siguiente, volví en busca de un coñac para tratar de abatir mi insomnio. Me senté en el extremo derecho de la barra, prefiero la barra a las mesas porque en ellas todo está a la mano y quien acude solo, no lo parece tanto.

Saqué mi libreta de apuntes, comencé un cuento sobre un profesor de matemáticas en Polonia, obsesionado con la idea de que los marsupiales nacen dos veces.

Cuando llegó la segunda ronda, abandoné el ensimismamiento por unos segundos para disfrutar la vista del parque, había pocos parroquianos, tres mesas y una pareja al extremo opuesto de la barra, quién sabe si serían dos solitarios que se encontraron ahí mismo.

Para la tercera me había quedado solo, supongo que las dos treinta de la mañana de los domingos en una ciudad como esta, es una hora en que la mayoría prefiere dormir. Pedí la última, no porque estuviera listo para irme, pero percibí que los trabajadores sí, como quiera decidí beber mi Martell a sorbitos. Iba por la mitad, cuando una mujer se sentó a mi lado. Amalia.

Amalia es la dueña del bar, tiene 38 igual que yo; estuvo casada tres años y prefiere dormir en el día. Preguntó si quería tomar algo más, le expliqué que no me gusta ser un borracho incómodo; agradeció el detalle y dijo que la hora de cerrar era a las cuatro. -Por hoy es suficiente, pronto regreso.

El martes siguiente estuve de vuelta, no hubo pista de Amalia. Tomé cinco coñacs en las rocas.

Ese viernes convoqué a mis socios en el mismo sitio, todos quedaron encantados. Como licántropo, la noche trasformó la junta en una feroz y entretenida tertulia. Al final mis compañeros se retiraron. Pensé en hacer lo mismo, pero antes necesitaba visitar el baño. Estaba más tambaleante de lo que había calculado.

Los baños de La Calavera de Cristal están camuflados como un muro de madera, solo las manijas y letreros los delatan. Salí después de orinar dispuesto a pagar la cuenta e irme a casa, pero de una tercera puerta, que yo no había notado, apareció Amalia. Reconoció mi rostro, volvimos a mi esquina para que me invitara un café. Esa noche contó que le gustaría ir a Disney de vacaciones, una reminiscencia infantil; su película favorita es Karate kid y una vez se rompió el tobillo izquierdo. Yo me dediqué a hacer trucos de magia que aprendí el año pasado con tutoriales de Youtube.

La Calavera se ha mantenido en mi radar más tiempo que cualquier otro bar, vengo por lo menos tres veces por semana y he sido testigo de la renovación gradual de su personal, incluso mi afición por el coñac ha mutado hasta convertirse en un sobrenombre: “un Martell para Carlos… Martell para Carlos… Carlos, ¿Martell?… Carlos Martell”.

Amalia, sigilosamente pasó a ser una amiga entrañable. En mi cumpleaños me regaló una camiseta de los Pumas como la que usaba Hugo Sánchez, para el suyo le llevé uno de esos anillos que cambian de color dependiendo el humor.

Como todos los sábados, el pasado vine a las diez para charlar un rato con Amalia. Repasé el bar entero, pero no pude encontrarla, para evitar suspicacias siempre he evitado preguntar directamente por ella, así que me senté a esperar, se cruzaron frente a mí varios conocidos que ofrecían sacarme de la soledad. ¿Solo?, yo no estaba solo, ¿acaso se puede estar solo cuando uno espera?

A la una me convencí de que Amalia no iba a llegar, estuve a punto de irme, cuando me partió la cabeza un rayo de preocupación. Llamé al Muñeco, bar tender de La Calavera desde hace un mes:

-Muñeco.

-Dígame don Charly.

-¿Irá a venir Amalia hoy?

-Uyyyy no patrón. ¿Apoco no supo?

-No, qué onda, qué pasó.

-Pues la señora tuvo un accidente el jueves, venía del deefe y chocó, se la trajeron al hospital San Carlos. Está en coma.

El Muñeco me dio los detalles faltantes para encontrar a Amalia. Llegué a la recepción del hospital, pregunté por la habitación 316 del pabellón de ortopedia:

-Es en este pasillo señor, pero la hora de visita termina a las nueve de la noche.

-Lo sé señorita, soy el doctor Carlos Martell, director del hospital Christus Muguerza en Monterrey, la familia de la señora Amalia me contrató para que les diera una opinión de cómo proceder.

-Discúlpeme doctor, no hay nadie de la familia.

-A ver señorita, acabo de llegar, los papás de la señora Amalia me contrataron, solamente puedo estar aquí 24 horas y ¿usted me dice que no puedo pasar?

-Muy bien doctor, déjeme consultar con el médico de guardia.

Un tal doctor Guerra dio la autorización y prometió alcanzarme en el cuarto de la “paciente”. Me puse una bata, llegué con Amalia; los aparatos conectados a su ser, me impresionaron. Traté de leer sin mucho éxito un documento que encontré al pie de la cama, en donde supongo se anotaba el seguimiento que le habían dado.

Dejé de intentar entender la situación médica y me acerqué a mi amiga, aunque su nombre estaba en todos lados no alcanzaba a reconocerla, incluso creí haberme equivocado de habitación, hasta que vi el anillo que le regalé sobre la mesita de noche.

Acaricié su cabello y entendí que nunca habíamos tenido ninguna clase de contacto físico, besé su mejilla y me invadió la claridad de que esa sería la última vez que vería a Amalia.

Salí al pasillo, solo deseaba fumar, me interceptó el doctor Guerra, saludó, intentó conocer mis impresiones, pero argüí que tenía un asunto que atender:

-Deme cinco minutos ahora vuelto.

-Muy bien doctor Martell, aquí lo espero.
Devolví la bata y ya en la calle antes de subir al auto, encendí mi cigarro. Entonces me molestó que Amalia durmiera de noche, repudié La Calavera de Cristal y, como muchas veces antes, tuve ganas de ser como Chejov, pero ahora no era por su talento literario, sino porque su condición de médico me hubiera permitido quedarme con Amalia aunque fuera un momento más sin temor a ser descubierto, pero solo soy un escritor mediocre que le gusta vivir en los bares y tomar coñac.

luismorenoflores@gmail.com/@LuisMorenoF_

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