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Me dejó una chiva… | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

Cada fin de año ofrece una nueva oportunidad para demostrarnos la pudrición de la vida. Abandonamos la juventud en plazos anuales y, pese a lo que se piensa comúnmente, cada día entendemos menos del juego. Entre más viejos, más pendejos. Acaso lo que vale al recordar los 12 meses extintos es revivir algunos instantes que van a contracorriente de los días nublados, como las manías superadas o los labios encontrados a mitad del camino o las deudas contraídas cuyo único fin es recordarnos que ya somos adultos porque el banco puede arrancarnos hasta el alma. Si, como se dice, todo tiempo pasado fue mejor, qué chinga nos espera el próximo año.

En este 2017 me di cuenta de lo absurdo que resultaba despertarme a las cinco de la madrugada para aprovechar la mañana, si luego de comer tenía que tomar una siesta de dos horas con lo que perdía el tiempo ganado al inicio del día. Por ello, cuando las obligaciones laborales me lo permitieron, salí de la cama a las 7 u 8 sin prisas ni alaridos ni reclamos. Eso sí, mantuve la siesta por la tarde, pero ya sin remordimiento alguno. Acepté que era la única manera de recuperarme de las desveladas en las que me pasé haciéndome bien güey frente a la computadora o descargando libros. A mi favor puedo resumir que ya tengo una biblioteca digital digna de presumir. No he leído ninguno de los títulos porque me lastima la luz de la computadora y carezco de tablet.  

José Lezama Lima

De los enormes gustos de este año fue haber redescubierto el futbol. Dejarlo en la televisión para vivirlo nuevamente en la cancha. Pisar el césped, calzar medias y espinilleras, salir del campo sudado y con la conciencia tranquila, reclamarle al árbitro y humillar al contrario, cuando uno es el ganador, e intentar madrearlo cuando se prueba el trago amargo de la derrota. Un verdadero deporte de caballeros. Volví a vivir la dualidad de la vida representada en un rectángulo donde es imposible percibir más allá de buenos o malos, blancos o negros, vida o muerte, triunfo o fracaso. ¿Quién dijo que el maniqueísmo lleva a prácticas fascistas? Si alimenta una práctica como el futbol, con eso basta para considerarlo bueno, bello y verdadero.

Por la misma razón que apunto la fecha en la que termino algún libro, el primero de enero trato de leer un poema que es el mismo que releo el 31 de diciembre del mismo año. Pretendo así observar los cambios en la lectura del texto luego de 365 días. La selección es al azar, por internet o de cualquier obra que tenga cerca. En 2013 empecé con Lezama Lima: “Dichoso voy en la niebla,/ avanza caballo blanco./ Voy huyendo y traigo la noche/ con la cabeza inclinada”. Durante ese mes de enero, ahora marchito, nunca pensé en las premoniciones de estos versos.

El año que empezaba se convirtió en el año de la noche en mi espalda y tras de los párpados. La noche que habló de caricias que nunca más sentiré, de palabras perdidas en los recuerdos y de labios que ya no acariciarán mi rostro. Si algo aprendí —si algo estoy aprendiendo— fue a cabalgar la noche con el dolor en el pecho, dolor daga, como marca de la propia vida y sus tinieblas, y que es el mismo dolor que me hermana con todos y cada uno de quienes han palpado la pérdida de los que aman. Nunca preguntes por quién doblan las campanas; están doblando por ti.   

Aún con todo esto, al final de 2017 se presentó un rasguño de dicha. Una esperanza en silencio. El rasgo necesario para levantarse cada mañana. Aquello que nos hace más placentero el café caliente, la lectura por la tarde, la poesía y los milagros a diario que ya pocos reconocen pero que seguimos compartiendo con los amigos. Mirarse al espejo para comprender que la dicha siempre llega preñada de buenas intenciones. La tranquilidad cuando todo parece perdido porque los ojos de la Luna esperan ser vistos. A la mierda el mundo y sus calendarios, yo nací para besarte. Eso también, y a la distancia, lo estoy aprendiendo.

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