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Máscaras de Xantolo: el diablo, el viejo… el “loco”

En Chapulhuacanito, Tamazunchale, en los límites de San Luis Potosí y el estado de Hidalgo, las máscaras que los coles, los danzantes que conducen las comparsas, lucirán este Xantolo, traen consigo a los antiguos habitantes. Uno de los elementos más vistosos de la fiesta de los muertos, relleno de símbolos, personajes y arquetipos: el viejo, el perro, el cochino, el sonrisas, el diablo. Los niños y muchachos se acercan curiosos, se quieren disfrazar; y lo hacen, no sin una advertencia previa: hay que hacerlo con respeto, sin altanerías, ni ingenuidades, o se corre el riesgo de “volverse loco”, perdido en estado salvaje, gritando que puedes ver a los muertos, y con todos los síntomas de la rabia o la cólera.

Por: Blakely Morales C.

La noche es el momento preciso para el misterio. Entre el ramal de la Huasteca profunda, en una orilla lúgubre, de un arroyo sin agua, el lodo se acumula en la calle donde se encuentra la casa de Cecilio Vite Domingo (22 de noviembre, 1967), un hombre delgado, de color moreno reluciente, con las venas de los brazos marcadas, el maestro albañil de cincuenta años, que es el empresario, como se conoce a la persona encargada del resguardo de las máscaras de Xantolo.

Cecilio lleva cinco años siendo el empresario de los coles, o danzantes, del barrio de San José en Chapulhuacanito, en el municipio de Tamazunchale. Los coles son quienes dirigen las comparsas que hoy cada vez más gente quiere ver en el Día de Muertos, y que derivan de la combinación de la tradición judeo-cristiana con la indígena náhuatl de la Huasteca.

Hombres, mujeres y niños llegan de a poco a la casa de Cecilio. Ser el empresario le implica ser anfitrión de las ofrendas previas a la mera fiesta de Todos los Santos, organizar y preparar con ayuda de los vecinos, los tamales, el café, y tener listo el aguardiente, los curados de nanche y jobito con los que la gente podrá ponerse en sintonía con el otro mundo.

Él acepta que, como buen hijo de Santa Cecilia, trae la música en el cuerpo. Por eso, recuerda ya con varias medidas de aguardiente encima, que fue esa una de las razones por las que aceptó la responsabilidad de tener en su propiedad, metidas en bolsas y cubiertas con tela, las máscaras que aguardan todo el año hasta este, su único momento de luz. Su inicio en la tradición es un poco más larga y ocurrió hace más de veinte años cuando otro hombre, decidió migrar a la ciudad de Monterrey, y le dejó el lugar entre los coles.

LA BAJADA

Cecilio trepa a una escalera que apoya en el horcón que sostiene el cobertizo y ese pequeño almacén donde también guardará maíz o herramientas; sube y por un hueco entre la madera, se asoma al interior. Cuando baja ha llegado más gente de la comunidad y el trío ya empezó a tocar canarios y minuetes. Entonces las máscaras salen y su primer contacto es con la tierra, Cecilio las coloca en el suelo y es el primero en hacer el kamanali, la ofrenda con una medida de aguardiente, que se esparce alrededor de las máscaras, para darles la bienvenida al mundo de lo racional, de lo material.

Un chamán reza en náhuatl y el humo del sahumerio empieza a recorrer el pequeño espacio donde un altar con un Cristo y una virgen de Guadalupe, nos recuerdan el camino que ha recorrido esta tradición, tan indígena y tan de origen hispánico, pero ya licuada con modernidad y convertida en otra cosa.

Jesús Aureliano (Ciudad de México, 5 de agosto 1979), de un moreno intenso, cuerpo gordo y actitud trabajadora, de oficio comerciante, se escapa del tráfico de la ciudad con un disco de huapangos, y en sus sueños despierto, vuelve a su casa en Chapulhuacanito, cada vez que se siente agobiado. Ha regresado, ahora físicamente como cada año, a participar de lo que se conoce como la bajada de las máscaras. Aunque él no nació aquí, sino sus padres, se considera “Huasteco de corazón”. Desde los ocho años participa en las comparsas: “En esos tiempos era muy bonita la tradición porque en ese entonces eran más de ciento cincuenta máscaras”. Hoy, apenas bajarán unas sesenta.

Recuerda que antes los niños se peleaban por tener una máscara y poder salir con la bola a bailar por las calles, y tenían que hacer mucho esfuerzo para poder tener una. Aureliano y los coles del barrio de San José, se encuentran en un momento de ánimo para la cultura que ostentan y la difunden: “Nosotros queremos acercarnos con la gente, que conozcan nuestra tradición, que se empapen y que nos acompañen a disfrutarla”.

Aureliano alimenta una página de Facebook llamada Coles Barrio San José desde donde difunde la tradición con imágenes y videos de sus propios teléfonos. Pero, la resignificación del elemento de las máscaras como tradición, se ha encontrado con nuevos factores: “La gente que se ponía una máscara, tardaba horas con la máscara; ahora, apenas avanzamos y los muchachos ya se la están quitando; se quitan la máscara y van al celular”.

Es consciente de la transición que vive cualquier tradición en cualquier parte del mundo, y aunque los orígenes de ésta, se encuentran en Mesoamérica, Aureliano comenta: “yo puedo ir a Xochimilco, puedo ir a las pirámides, pero ya no lo relaciono con esto”.

SIETE CANARIOS AL REVÉS

Pero ninguna máscara debe vestirse con ligereza y tanto Cecilio como Óscar, un joven adulto de treinta y cinco años, cuyo oficio es el de chofer de una combi que echa viajes entre Chapulhuacanito y la cabecera municipal, hacen énfasis en la necesidad de ser cautos cuando se está alrededor de estas máscaras, que no se les puede tratar como cualquier cosa, pues en el barrio de San José algunos todavía recuerdan y cuentan las historias de las lamentables consecuencias de tomarse por broma el uso de alguna de las piezas.

“Si tú te pones una máscara, y no sahúmas y te vas, a veces no puedes ni dormir, a veces, como a nosotros nos ha tocado ver: se vuelven locos”, cuenta Óscar, desde el borde de una escalera de piedras. Hace unos veintitrés años que él se sumó al grupo de coles de San José, por invitación de un compañero de la escuela. Según sus cálculos, basados en los testimonios de otros coles más viejos, la máscara más antigua del barrio de San José, tendrá unos setenta años y el rastro de la primera persona que la usó se ha perdido entre las generaciones, pero no su alma.

“A nosotros nos tocó ver a un muchacho -narra Óscar-, andaba jugando cerquita del altar, que ya se pone una máscara, que esto y que lo otro, y andaba haciendo como decimos aquí, sus faramallas, y nomás de repente, empezó a decir cosas, que veía muertos, que sentía que lo andaban correteando”.

Otros síntomas de esa “locura” mediada por el inframundo, son identificados por Cecilio Vite: “les pega como ataques, como si tuvieran rabia, se les ponen rojos los ojos”. Cuando eso pasa, la persona responsable debe pedir perdón a las almas que fueron dueñas de las máscaras, rasparlas por dentro de la madera siete veces, acompañado de un trío que toque siete veces un canario al revés, más siete coles a la izquierda bailando y soplando la cara del responsable con aguardiente.

Cecilio explica que las máscaras “tienen dueños, los abuelos pasados, que antes las ocupaban, nosotros somos nuevos, pero los meros abuelos ya no viven, esos son los dueños de esas máscaras, y ellos están viendo; como ahorita ofrendamos están alegres, hasta están aplaudiendo, nosotros no los vemos, pero ellos sí ven lo que hacemos aquí”.

El límite entre la tradición y la diversión son tan ambiguos, como ambiguos son los símbolos que representan; el diablo, por ejemplo, tiene un pie en la sombra y otro en la luz, es un espejo en el que se miran indígenas y mestizos en toda su condición humana, más allá del bien y del mal: “tú te pones una máscara, y ya no eres el mismo; aquí lo que uno hace es que te vean que haces un buen personaje, que diviertas a la gente y te diviertas tú también”, cuenta Óscar, animado.

Un grupo de hombres irrumpen en el silencio de la noche entre la maleza de la Huasteca profunda, con una expresión aguda, un grito que sale del estómago: “¡Aja!” “¡Iiiiija!” son los coles de la colonia San José, que envueltos en la densidad del humo de copal y después de varios litros de aguardiente, anuncian así el fin del ciclo agrícola, la abundancia y el inicio de la gran fiesta del año en la Huasteca: el Xantolo.

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