#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

Mártires del paraíso | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

 

Me habrán oído -o leído, seguramente- decirlo, el sur del país es un paraíso. Lo es comparado con las ciudades donde crecí, surcadas por calles amplias y banquetas planas, por la gente que pobló mis días y de la comida que me quitaba el antojo.

Es un paraíso en el sentido terrenal de la idea. Calles estrechas y banquetas irregulares, que constantemente te recuerdan el caos natural de la vida. La comida no es mala, pero el hecho de que sea ajena me ha hecho revalorar aquello que ahora está lejano. Cuántas veces no me habré dormido con el antojo de unas gorditas, de unas enchiladas, de unos buenos tacos del Charco.

Y la gente es lo más especial. Aquí hay tres clases de personas: Los que nacieron aquí -llamados comúnmente coletos-, los que llegaron hace 20 o 30 años (muchos de ellos desde Europa o EUA) y vieron (de)formarse la ciudad, y los que han encontrado un hogar momentáneo pero están destinados a irse.

Sé que yo soy uno de estos últimos.

¿Por qué alguien querría irse de un paraíso donde el centro es hermoso, las caminatas nocturnas seguras, el jazz constante, los jardines grandes, el café es un tesoro y la gente es tan hermosa? La respuesta está debajo del suelo, corriendo en los grifos y naciendo en los manantiales. Es por el agua.

Apenas hoy noté que por primera vez desde que iniciamos el año, no estamos enfermos. ¡Pasaron ocho semanas! Es curioso, porque en realidad, Sancris es famosa por acabar con la salud y la paciencia de sus habitantes. “O te ama o te escupe”, escuché alguna vez decir a algún habitante que ya no está más por aquí. Lo hemos constatado.

En internet, en las panaderías y en los postes abundan anuncios de ventas de garage y bazares; refrigeradores, colchones, estufas y libreros se rematan mientras los resignados (buenos amigos entre ellos) se alistan para seguir su camino. A cambio, uno recibe un suéter de cashmere y un cinturón de cuero.

De pronto te das cuenta de que ya no ves más al extraño con el que cruzabas un saludo en las mañanas, o que la casa de enfrente otra vez está en renta.

Hay cosas con las que uno aprende a vivir: los perros callejeros, el inconfundible ruido del camión del gas, el frío de la montaña, la distancia con los amigos, a comer solamente en casa. Pero creo que no podríamos soportar tantas visitas al médico, estudios de laboratorio, desparasitantes de tres dosis, lavarte los dientes con agua de garrafón y un sinfín de precauciones que parecen nunca ser suficientes. Un precio tal vez demasiado alto para tener esto que tanto nos gusta.

Hoy no me siento mal. Pero no espero ser un mártir de esos que llegan a hacerse adictos a la chilchahua, al desparasitante y a visitar el hospital con relativa frecuencia.

Quizás seamos nosotros los siguientes que rematen la estufa y se despidan de sus amigos. Espero que no tan pronto, que me gustaría caminar un poco más por aquí.

@Adrian_Ibelles

También lea: Los desvelos | Columna de Adrián Ibelles

Nota Anterior

La vida de Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro | Columna de Ricardo García López

Siguiente Nota

A cambiar los hábitos | Columna de Emmanuel Gallegos D.