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Maestros sin título | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de Plumas

 

Quienes asumen que los maestros son algo así como “fracasados” deberían concluir entonces que la sociedad democrática en que vivimos es también un fracaso. Porque todos los demás que intentamos formar a los ciudadanos e ilustrarlos, cuantos apelamos al desarrollo de la investigación científica, la creación artística o el debate racional de las cuestiones públicas dependemos necesariamente del trabajo previo de los maestros.

Fernando Savater, El valor de educar

 

Hace dos años que soy docente. Empecé a impartir clases en una prepa abierta donde la paga era todo menos buena. No tenía muchas opciones para laborar sin un título y una cédula. Así que no me quedó más que aceptar. Mis alumnos eran en su mayoría un par de años más grandes que yo. Yo podría presumir de conocimientos en el área de la literatura. Mucho libro adornaba mi habitación, pero mis experiencias de vida se limitaban a ir a la escuela. Una vida donde mis padres me brindaron todo a la menor petición. En cambio, ellos me enseñaron sobre lo complicado que puede ser el camino si el azar no está de tu lado. Jornadas largas de trabajo, salarios bajos y un ambiente laboral poco saludable eran su previo a clases. Aún así, llegaban con ganas de aprender. De conocer más allá de manuales industriales. Quizá ellos, nunca lo supieron, pero sus conocimientos existenciales me han servido más que la teoría sobre los tipos de narradores que un día les expliqué.

Me despedí de ellos y del sistema abierto para encaminar a jóvenes adolescentes que les importa todo menos el bachillerato. Aunque al principio fue una tarea abismal poner en orden a más de 20 pubertos, después de un par de meses entendí que no son solo un costal de hormonas. Me enseñaron que las próximas generaciones no están tan perdidas como las redes sociales satanizan. Es probable que sean mejores perreando hasta abajo y memorizando una canción de trap que comprendiendo la métrica española. Eso no lo dudo, pero tampoco dudo su preocupación por el futuro que les espera. Tienen miedo de los años venideros y los retos que enfrentarán por los cambios climáticos. Aunque entonen a todo pulmón las letras misóginas del reggaetón, más de uno ha defendido a sus amigas de un par de patanes que caminan entre los pasillos de la escuela. Las señoritas que juzgué como poco interesadas en una vida más allá de la aprobación de sus seguidores en Instagram, me han enseñado sobre la lucha por la igualdad de género. Me regalan una sonrisa cada vez que las veo sin maquillaje y con un outfit que no responde a los estereotipos de género. Lo mejor es que son conscientes de que no va con lo que se espera de las mujeres de su edad, pero responden empoderadas que les vale. Ellas pueden andar como se les de la gana porque es su cuerpo. Me enseñan que hay luchas que se pelean a diario en los salones de clase.

Pero de todos esos maestros sin título, existen todavía unos raros, más especiales y únicos; los mejores. Esos me pagan como si fuera diputada, aunque la paga no sea intercambiable por bienes. Hablo de una paga incuantificable: felicidad. Felicidad de tener el honor de ser su maestra. De creer que no me equivoqué al elegir ser docente y no una ingeniera por más que mi bolsillo diga lo contrario. De sentir que estás haciendo las cosas bien porque hay alguien que no solo te escucha, entiende y cumple. También investigan, aportan y te superan. No se quedan en las competencias a desarrollar que proponen la SEP. Van más allá. Encuentran sus lecturas y cambian la manera de ver el mundo. Y si, aunque puede sonar egocéntrico, ser un buen profesor, podrá hacer, aunque sea un poquito, un mundo mejor.

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