#4 TiemposBalcón Vacío

Madre no sólo hay una (al menos en el cine) | Columna de Alex Valencia

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La tendencia edípica que nos distingue a los latinoamericanos ha sido reflejada en todos los ámbitos de nuestra cotidianeidad; de tal forma, el cine ha sido un escaparate perfecto para ensalzar la figura de la madre de todas las maneras imaginables y México tiene un primer lugar en ese tema.

Seguramente quien se lleva las palmas en la representación de la madre como parte predominante en nuestra vida, como la figura de la abnegación por excelencia, pero sobre todo, quien mejor ha explotado los límites de la sensiblería con mejores resultados en taquilla ha sido Juan Orol, el excepcional y atípico realizador que nos entregó unos dramones maternos de antología en Madre querida (1935, con remake del mismo director en 1951); El calvario de una esposa (1936); Eterna mártir (1937) y La maldición de mi raza (1964), películas que han aportado una importante cantidad de lágrimas a la historia de nuestra cinematografía. De hecho, quizá poco habría que decir del subgénero que conforma la madre en el cine mexicano luego de la obra de este auteur, sin embargo, y para fortuna, hay mejores cintas que las orolianas en el tratamiento del tema.

Un ejemplo, cercano a la forma de abordar la figura, que no en la calidad de realización, lo tenemos con Víctimas del pecado (1950), una joya de Emilio “El Indio” Fernández, en la que Ninón Sevilla interpreta magistralmente a Violeta, noble cabaretera que recoge de un bote de basura a Juanito (Ismael Pérez), el hijo recién nacido de otra prostituta que es obligada a tirar a la criatura por su proxeneta, el malévolo Rodolfo (Rodolfo Acosta, genial como siempre), y a partir de ahí vivirá entre la abnegación de mantener al pequeño a costa de contoneos y noches tórridas, hasta que para rescatar a su entenado mata al villano Rodolfo y va a parar a presidio. Juanito entonces emprenderá la dura lucha que debe sostener todo hijo que se precie de serlo, para compensar el sacrificio de su mamá postiza y para ello pasa por un verdadero infierno que se manifiesta in crescendo de una manera tremendista (incluso en algunos momentos de verdadero humor involuntario) hasta que llega el Día de las Madres donde tras una serie de contratiempos trágicos, el cariño de madre e hijo se ven compensados por un juez que conmovido concede la liberación de Violeta en “fast track” y altas horas de la noche.

Aquí lo que encontramos, como señalaba líneas arriba, es la devoción del hijo por la madre. Sin importar que Juanito no sea hijo de ella, Violeta hace uso de su instinto para efectuar grandes sacrificios por él, entre ellos el labrarse un sitio digno en el ambiente cabaretil, en tanto que Juanito es la viva imagen del sacrificio; antes que una madre, nada, por la madre, todo.
Caso contrario lo encontramos en un par de comedias cinematográficas de Los Polivoces: ¡Ahí madre! (1970) e Hijazo de mi vidaza (1972), ambas dirigidas por Rafael Baledón y escritas por Roberto Gómez Bolaños, donde vemos otra cara de la relación madre-hijo, en este caso entre doña Naborita y su galán vástago Gordolfo Gelatino.

Los Polivoces

La segunda es en realidad una cinta muy menor cuya anécdota básica es la curiosidad de Gordolfo en cuanto a la identidad de su padre, cuestión que Naborita evade contestar narrando el árbol genealógico de su familia desde la prehistoria y que da lugar a una película hecha con retazos de otras cintas, como que había mucho pietaje de stock almacenado en alguna bodega y no se les ocurrió de qué otra manera usarlo. En cambio, en ¡Ahí madre!, sobresale la lucha de Naborita por tener contento al holgazán de su hijo y para ello la vemos animosamente lavando, planchando y haciendo negocios diversos, todo por mantener el status de su querido Gordolfo, que ya bastante ocupado se encuentra en cuidar su belleza, aunque he de reconocer que no le falta nobleza: en una escena le dice a su ‘cabecita de algodón’: “Madre, ya no soporto verte planchando… vete para el otro cuarto”. Los Polivoces, haciendo gala de su ingenio, mostraron con un humor magnífico la otra cara de la imagen materna, la de la mujer abnegada al extremo que sacrifica todo por su hijo, llegando a denigrarse con tal de agradarlo, algo que vemos con hilaridad, pues en cierta medida, todas las madres tienen algo de Naborita y todos los hijos buena cantidad de Gordolfo.

En lo personal, de las madres del cine mexicano yo me quedo con Lola, la de la película homónima, ópera prima de María Novaro en 1990. Fuera de todos los excesos sentimentaloides del tema materno, Novaro construye un personaje emocionalmente complejo con el cual es fácil identificarse y enamorarse perdidamente, tal como lo hace Duende, el joven magistralmente interpretado por Roberto Sosa. Lola (interpretada por Leticia Huijara) es una mujer común, vende ropa en tianguis para sostenerse, vive en un barrio pobre con su pequeña hija Ana y su esposo, un rockero que casi siempre se encuentra ausente debido a las giras de su banda; en medio de esa soledad, Lola busca encontrarse, como madre, como mujer, como parte de esa inmensa jaula que es el Distrito Federal, hasta que decide emprender –como todo personaje femenino de Novaro- un largo viaje iniciático hacia la libertad individual.

Lola es eso, la reivindicación del papel de la mujer como madre y a un tiempo como persona y no como madre y por ello objeto de uso para la familia, como ha retratado a la figura el cine nacional por largo tiempo. Lola es una mujer contemporánea en toda la extensión de la palabra y su sentido de libertad algo que sería deseable ver comúnmente en nuestra sociedad.

El espacio hace comprimir un tema que ha sido central y aún persiste, desde la ejemplar El día de las madres (1969) donde Alfredo B. Crevenna habla de la cruz de la responsabilidad materna a través de tres mujeres ejemplares interpretadas por Marga López, Sara García y Amparo Rivelles, hasta la contemporánea y sobrevalorada Las hijas de Abril (2017) de Michel Franco. En los últimos años la maternidad ha dejado de ser tema habitual en nuestro cine, espero que la próxima cinta que se haga al respecto alcance la sensibilidad que ha impreso María Novaro a sus personajes, no en el sentido de realizar una copia, sino en el de analizar seriamente una figura central en nuestras vidas.

@OttoLumiere

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