#4 TiemposColumna de Ricardo Sánchez García

Mi madre, como un Dios | Columna de Ricardo Sánchez García

Sin partitura

Lo que sigue no es una poesía de amor para las madres y hacerles llorar a ellas y sus hijos. Para eso escucharemos la hermosa canción Amor Eterno del desaparecido y muy querido Divo de Juárez. Pretendo hacer una reflexión desde diferentes constructos culturales, sobre lo que tan inmaculada imagen representa en nuestra cotidianeidad. Lucha incansable por hacer más llevadero el papel impuesto por generaciones, otorgado veladamente y aceptado sin mayores reflexiones.

Octavio Paz, en su Laberinto de la Soledad, al hablar de La Chingada, invoca la maternidad como figura mítica, representación de quien ha sufrido, metafórica o realmente. La llorona en nuestro imaginario es la madre mexicana, como preludio al espectro cultural que permea nuestra educación, sea desde la escuela formal o en la familia.

Cuando fui estudiante participaba en los concursos de poesías y el más declamado por propios y extraños fue Nocturno a Rosario. Hasta Manuel Acuña habría preferido no se le recitara más. Una vez profesionista me invitaron de jurado calificador y volví a escuchar la cabalgata de las y los declamadores, lo que para algunos era cadencia a mí me parecía ausencia de belleza o cacorritmia. Pero más me llamaba la atención aquel párrafo donde se asoma una especie de Complejo de Edipo.

Gutiérrez Sáenz llama relaciones simbióticas a los apegos no sanos, desafortunados o producto de la falta de madurez en algunas personas. Como ejemplo propone la relación madre-hijo cuando este no logra ser capaz de tomar decisiones adecuadas a su edad y así puede cumplir hasta 30 años y en vísperas de su matrimonio estar decidido a no adquirir la casa que será hogar de su futura familia sin la anuencia de la madre. No es que las suegras sean metiches, es más bien la inmadurez de una persona subordinada económica o emocionalmente a ella, en un espacio de confort construido a su alrededor para disminuir cualquier molestia.

/Qué hermoso hubiera sido, vivir bajo aquel techo. Los dos unidos siempre y amándonos los dos; tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho, los dos un alma sola, los dos un solo pecho y en medio de nosotros mi madre como un Dios/. Sin duda el amor de madre es un sentimiento pleno de buenos deseos y mejores acciones a favor de hijas e hijos, aún así prefiero no imaginarme esa escena ni bajo el mismo techo, mucho menos bajo las mismas sábanas.

Cuando se acerca el 10 de mayo también comienzan a circular cantidad de videos con poesías, canciones y mensajes reproductores de roles asignados bajo el supuesto natural determinismo o concediendo tantas virtudes como regalo de una deidad. Un ángel llamado mamá, atribuido al locutor Mariano Osorio, es solo un ejemplo.

En esa reflexión, escuchada más por madres que por hijos, existe una retahíla de obligaciones derivadas de una maternidad pensada perfecta, como una mujer omnipoderosa, incansable e incapaz de manifestar hastío o buscar la autosatisfacción. Obligada a cantar y sonreír todos los días; paciente y cariñosa al enseñarle a hablar y orar al pequeño. Pero su nombre no importa, basta que le digan mamá. Esas palabras mágicas que algunos creen logra se recobren las fuerzas.

Pero esta loable función tampoco se comprende si no se visualiza en relación con la paternidad, ha reflexionado Ana Felicia Torres Redondo en la “Guía de capacitación en derechos humanos de las mujeres”, para quien la maternidad omnipotente no se entendería sin una paternidad irresponsable. La paternidad ausente, poco comprometida, reducida a proveer y en ocasiones ni eso, ha orillado a miles de madres a serlo de tiempo completo reservando muy poco para sí mismas.

La autorrealización o el éxito profesional no deberían ser postergados, relegados, abandonados o sacrificados en pos del desarrollo y buena educación de las y los hijos o deberían existir condiciones libres de violencia para ser opción. Sin embargo, la cultura resiste y prefiere vérseles como mujeres deshumanizadas a quienes se castiga con comentarios tendientes a culpabilizar. Si para una madre no es válido dedicar tiempo a su cuidado o recreación, menos lo será para una mujer que es madre y soltera.

Esta valoración será inequitativa respecto del padre de quien muchas veces ni siquiera se cuestiona su existencia. Es “hijo de la milpita” dicen en algunos contextos rurales para no profundizar el nombre de una paternidad no reconocida y tampoco cuestionarla, más difícil exigir obligaciones.

El maternazgo, entendido como la práctica de cuidado de las otras y otros que las mujeres realizan independientemente de su maternidad biológica, es uno de los injustos mandatos originados en el proceso de socialización, ha dicho Felicia Torres. Tarea ordenada incluso a las niñas desde su primera infancia, con la consigna implícita de aceptar su ineludible destino.

Con todo, debemos abrir un espacio para felicitar, abrazar, apapachar y hacer un homenaje a nuestras madres.

No obste el origen de tan festejado día para negarles uno especial o reflexionar sobre lo vertido. Venga Denisse de Kalafe, suéltala.

@RicSanchezGa

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