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Los tiempos de Dios | Columna de Adrián Ibelles

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¿Qué día fue 27 de marzo? El rival era Croacia, y el encuentro era amistoso. Desastroso. Un mes dijeron los doctores. Con el equipo calificado a la liguilla, el panorama era desalentador. Al menos tendrás mundial, dijeron los compañeros en el vestidor del futuro campeón de la liga. Al menos te queda Rusia, le dijeron algunos, con una mezcla de superioridad y envidia.

Un mes después todos esperaban. El reporte debía ser positivo. Lo peor había pasado, no la lesión, el desencanto de verse mermado, en el punto más alto, en el momento de la gloria. En el pensamiento había esperanzas. Un día a la vez, decían, ya falta poco, se está desarrollando bien, ya casi.

Luego las noticias cesaron. Eso debía ser señal de que las cosas saldrían bien. De que pronto los botines pisarían el césped y la camisa se sudaría, y el equipo le dejaría cargar el trofeo como todo un guerrero, un santo, un mártir.

Los 180 minutos afuera. Desde afuera. Desde lejos. Gritos de ánimo, de sufrimiento, de impotencia, de coraje y de felicidad. Saltos de amarga alegría, de felicidad dudosa. Falta de certeza. Quién define los merecimientos.

“Los tiempos de Dios son perfectos” escribió alguien en el post. Alguien que tampoco va a ir a Rusia. Pero que no estuvo a unas semanas de subir al avión, de enfundarse la camiseta y patear alemanes, coreanos y suecos. Los tiempos de Dios le arruinaron una oportunidad de mostrarse, de fichar con un grande, de intercambiar una camiseta con algunos ídolos extranjeros, y regresar con la sonrisa del hombre que se esmeró por alcanzar la grandeza.

No habrá lugar para la camiseta con el 2, no habrá un Araujo en las rotaciones.

Dios así lo quiso. Lo quiso en tierras de La Morenita. Tomando Corona y engullendo carne asada con los amigos. Con la familia de sangre, no de cancha. Con una playera, una blanca, sudada de calor, pero no de esfuerzo. Mientras, su camisa verde, la del escudo tricolor, se queda enmarcada en la sala encima de una medalla que ganó sin jugar.

Y antes del pitido inicial, junto con una mirada amarga y un trago de cerveza fría habrá que dudar de la perfección de los tiempos de Dios.

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