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Los peligros de ser zapatero | Columna de Luis Moreno Flores

Historias para perros callejeros

«Si les hablo ahorita vienen», dijo Manuel para referirse a un grupo de amigos que tiene en Morelia, su ciudad de origen. En ese momento estábamos en un departamento ubicado en el centro de San Luis Potosí.

Manuel es zapatero. Su conocimiento de la piel y el calzado llegan a un nivel sacramental, pero tiene otro gusto casi a la par: las armas.

Mientras comíamos en una taquería, lancé la pregunta que marcó la charla: ¿Qué es lo más raro que te han pedido? Manuel paseó por varias anécdotas relacionadas con la compra ilegal de piel de elefante, otras sobre zapatos de pésimo gusto, hasta que finalmente llegó a la narración de una mañana en la que asistió al campo de tiro.

«Le hice una funda a mi pistola. Ese día la llevé al campo y se me acercó un wey, se veía normal, medio fresa. Me dijo “que chingona está esa funda. ¿Dónde la compraste?”». Manuel le explicó lo mismo que me dijo a mí unas horas antes: «yo la hice, soy zapatero».

Al desconocido le gustó tanto el trabajo que Manuel había hecho para su pistola que encargó un estuche igual.

«Empezó a pedirme más fundas. Me presentó a un amigo suyo, su socio, con el que siempre anda y que también le gustan las armas».

Tras algunos meses de relación, los clientes de Manuel le llamaron una tarde:

-Manu, ¿dónde andas?

-Aquí, en mi casa.

-Queremos unas fundas, ¿podemos llevarte las pistolas para que les tomes medidas?

-Sí, acá nos vemos.

Los clientes llegaron al hogar de los padres de Manuel. Descargaron. Los vecinos debieron pensar que se trataba de un ataque, pues llevaban varias armas largas. «Esa vez me saqué un chingo de onda. Mejor opté por comprar réplicas de madera para poder hacer los moldes y que no tuvieran que llevar esas chingaderas».

Cuando me lo contó, Manuel quería desvincularse de estos compradores, pero no encontraba la forma. «Hay ocasiones en las que estoy en mi casa, se estacionan afuera, llaman para invitarme de fiesta. Si les digo que no estoy, preguntan a dónde tienen que ir, debo caerles muy bien, a mí también me agradan, pero da miedo. Las veces que he salido con ellos siempre pasamos a conectar y a levantar algunas putas. Casi me obligan a escoger alguna y me compran un poco de mota, no me gustan otras cosas. Luego vamos a una casa de campo que tienen. Siempre termino esperando a esos weyes mientras cotorreo con las morras que rentaron para mí y les comparto un toque, son chidas. Nunca me he cogido a ninguna. No es lo mío».

En ese entonces, la disyuntiva para Manuel era compleja. Por una parte, su negocio crecía gracias a una clientela que podía encargarle 300 fundas al mes para un “concurso de tiro”, pagarlas a tiempo y en un precio justo, por la otra, tenía que calcular cada palabra y acción frente a ellos. El peligro era latente. Se notaba algo preocupado.

«¿Quieren que los invite? Chance llegan como a las dos de la mañana», no supe si Manuel lo decía en serio o como un alarde para condimentar su historia. El propietario del departamento y yo nos negamos. Manu se rió.

Meses después, lo contacté para pedirle un par de zapatos.

–Claro mano. Por cierto, ¿te acuerdas de la historia que te conté? Ahora me pasó algo más raro: Ayer vino una morra a mi taller a preguntar si puedo hacerle una bolsa con la piel de su gatita que murió.

–¿Se la vas a hacer?

–Todavía no sé. Dice que la quería mucho.

@LuisMorenoF_

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