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Los niños de Palenque | Crónica de Luis Moreno Flores

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

En la entrada advierten de no contratar niños guías, “el riesgo es mucho”. Tal vez el peligro sea que los guías oficiales pierdan sus ganancias. Uno de los chicos me preguntó en un complicado español si quería sus servicios, negué con la cabeza y a continuación dio un argumento que casi me convenció: “las piedras no hablan”, le di la razón, pero siguió mi negativa, “cien pesos”, caminé mientras pensaba en lo que me había dicho: “las piedras no hablan”. El axioma perdió potencia cuando descubrí que el resto de los minihistoriadores lo repetían.

Avancé solo, pero por momentos me integraba a los grupos de mexicanos, alemanes, franceses, argentinos y gringos que habían contratado un guía acreditado por el INAH para escuchar (gratis) datos fugaces sobre las ruinas. Si yo tuviera su trabajo, todos los días cambiaría la historia, total ¿quién conoció a Pakal?

En el Observatorio escarbé un poco de tierra y encontré una piedra morada con tallados que parecían humanos, imaginé que era un artilugio invaluable. Bajé y compré algunos recuerdos, solo para tener un testimonio de mi visita.

Cerca de los baños, el pasto estaba repleto de mangos a medio comer. Otros enteros, pero magullados y algunos en perfectas condiciones. Una pareja de extranjeros recogió tres y, luego de lavarlos, sirvieron como almuerzo. Un vigilante hacía lo mismo, sin la precaución de limpiarlos. Les asestaba mordidas contundentes y los tiraba al suelo igual que un furioso babuino.

Seguí rumbo al Juego de Pelota, me senté a descansar en una de las piedras enormes. Las zonas arqueológicas tienen algo de falsas: el orden para los paseos, el comercio, las veredas y la insistencia de los gobiernos para mantenerlas a tono, hacen que parezcan más un parque temático del pasado, que el recordatorio de la innegable expiración de las cosas.

Desde mi silla de más de dos mil años, que igual pudo ser un trono de Mickey Mouse, vi la siguiente escena: entre el Juego de Pelota y el Grupo Norte, cuatro niños guías, ninguno mayor de 10 años, retozaban en una pastura perfectamente podada. Después de corretear, consiguieron varas que arrojaban contra la copa de un árbol de mangos. Estaban contentos. Se gritaban frases en un idioma irreconocible. La pareja, que antes lavó las frutas, también los observaba desde mucho más cerca, sin lograr inmutarse; finalmente los extranjeros se retiraron del cuadro. Los dos niños más pequeños se separaron y buscaron refugio a la sombra de otro árbol.

Luis Moreno Flores ( @luismorenoflores_ )

Me acerqué a los que se habían olvidado de los mangos. Mi presencia les resultaba tan intrascendente como la de los edificios milenarios. Les pregunté si eran guías y de inmediato rompieron su indiferencia. Mis palabras activaron algo en ellos, de nuevo repetían el estribillo de la entrada “¿quiere tour?… cien pesos… las piedras no hablan”. Expliqué que solo buscaba charlar un momento y cambiaron la oferta por unos separadores de cuero, con el dibujo de un ave de colores. Cinco pesos. Acepté.

Mientras hablábamos de fútbol, otros dos se incorporaron. El mayor se presentó con un “se los vendo a diez pesos” y mostró cinco mangos. –No gracias, come tú-. De un mordisco desprendió la parte superior de uno y la escupió, luego terminó de pelarlo. Pregunté sus nombres y, aunque todos me respondieron, solo recuerdo el de quien debió ser el líder de la pandilla: Eliseo.

-Este es diablo. –Dijo Eliseo, mientras su dedo señalaba al más pequeño. –Es diablo porque es de Guatemala. -El acusado se encogió de hombros y no discutió la sentencia.

Por momentos los chicos hablaban en la lengua que usaban antes de mi llegada. –Es Chol. –Me explicó uno y después indagué en la procedencia de sus conocimientos sobre la arquitectura de Palenque. Sus respuestas fueron una competencia:

-A mí me enseñó mi abuelo y leí un libro.

-Pues mi abuelo es Pakal y él me contó.

El niño guatemalteco se acercó por un mango y Eliseo acotó en tono sardónico –a este lo que le gusta es el plátano, sobre todo de noche, come mucha chocobanana. –El resto lo apoyaban con sus risas.

Miré mi reloj y era casi la hora de volver a la van que me llevaría a unas cascadas donde nadaría antes de comer. Me despedí de los niños, quienes hicieron un último intento por vender mangos, separadores, collares o un tour.

Ya estaba a unos metros de ellos, cuando Eliseo lanzó una última oferta que provocó que algo eléctrico y omiso me recorriera la espalda: “o, si quiere, puede acostarse con este”.

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