#4 TiemposColumna de Ricardo Sánchez García

Que los que matan, se mueran de miedo | Columna de Ricardo Sánchez García

Sin partitura

Infundir miedo es un método de eficientes resultados. En el capítulo XVII de la obra El Príncipe, el tema cobra relevancia pues el autor plantea si es mejor ser amado o ser temido. Maquiavelo propone que al no poder ser amado y temido al mismo tiempo, un gobernante debe elegir lo segundo y mostrar crueldad en los momentos precisos y puntuales. Indigna saber que esta obra ha sido manual de muchos mandatarios a quienes conocemos por violadores de derechos humanos. Se vuelven especialistas en construir psicosis colectivas con fines políticos para imponer situaciones favorables a sus ansias de poder. Por eso debemos valorar de forma individual y como sociedad, si queremos vivir con miedo.

Para Sócrates, el temor se basa en la posibilidad de recibir un daño en el futuro; mientras que el miedo para Hobbes era una característica intrínseca del hombre; visto desde la medicina, es un instinto de supervivencia, pues permite tener una respuesta irracional ante una situación de riesgo. De acuerdo a la RAE amenazar es dar a entender con actos o palabras la intención de hacer un mal o presentarse como peligro inminente. El miedo producido por una amenaza es un estado psicológico que paraliza, amedrenta o inhibe realizar una acción.  

El Código Penal del Estado en su artículo 168 señala como delito de amenazas intimidar a otro con causarle un mal futuro en su persona, en sus bienes, en su honor o en sus derechos. Con ese acto la libertad se ve disminuida o desaparece hasta volvernos sujetos coaccionados por el exterior.

No conozco al periodista Édgar Daniel, decían en redes sociales muchas personas, pero deben regresarlo con vida. Muy pronto esas exigencias fueron de Justicia, pues fue ejecutado de una forma cruel e inhumana. El dolor se convirtió en rabia y los reclamos llegaron al gobernador y al procurador de San Luis Potosí, quienes pronto evadieron la responsabilidad mostrando gran insensibilidad hacia la relevancia del sangriento hecho. Por fortuna, medios nacionales y organismos internacionales dieron cuenta del suceso.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 3 prevé el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de todas las personas. Y en el artículo 19 garantiza en todo individuo el derecho a la libertad de expresión, lo que incluye no ser molestado a causa de sus opiniones; investigar y recibir información y difundirla sin limitación de fronteras. Es innegable que cualquier amenaza contra periodistas inhibe el ejercicio de la libertad de expresión, máxime cuando estas proceden de autoridades y tiene el poder de materializarlas.

Édgar Daniel Esqueda Castro había recibido amenazas por parte de policías ministeriales adscritos a la Procuraduría del Estado de San Luis Potosí. Desde julio de este año presentó su queja ante la CEDH quien se limitó a solicitar supuestas medidas de protección. Amenazada su integridad, la institución autónoma que preside Jorge Andrés López, así como el resto de las instituciones de justicia debieron generar medidas eficientes y garantistas. El mecanismo de la SeGob hoy es fuertemente cuestionado, lo que no deslinda responsabilidad a las autoridades locales.

Colegas mandan un mensaje de solidaridad con Édgar Daniel Castrp, previo al encuentro entre México y Trinidad y Tobago, celebrado el mismo día del homicidio en SLP

En las mismas fechas pero de 2016 otro periodista había presentado queja ante el organismo protector y denuncia penal ante la Procuraduría, lo cual derivó en la anémica, raquítica y limitada Reco09/2017 de Jorge Andrés López Espinosa quien por conclusión dijo “le fue violado el derecho al acceso a la justicia”, cuando en la conducta de amenazas el bien jurídico tutelado consiste en la paz individual y la libertad. Esta es sólo una muestra de la debilidad institucional, pero hay varias quejas con hechos similares a los sufridos por Édgar Daniel, no resueltas aún por la CEDH y las autoridades señaladas como responsables siguen impunes en sus funciones.

Vivir sin miedo en una sociedad como la nuestra implicaría poder disfrutar un sinnúmero de derechos, compartir con la familia días soleados, transitar por carreteras y detenerse en parajes, ejercer dignamente cualquier profesión. El Tribunal Supremo de nuestro país señaló que el delito de amenazas constituye una infracción contra la paz individual y contra la libertad. Mediante ellas se impone al sujeto pasivo realizar un acto o cumplir con una condición en contra de su voluntad. De acuerdo con Hobbes, el Estado tiene como causa final el cuidado de sus miembros y el logro de una vida más armónica promoviendo el deseo de abandonar la condición de guerra constante.

Al grito de -nos ven reír, nos ven luchar, nos ven amar, nos ven jugar…nos tienen miedo porque no tenemos miedo- afirmaba la compositora mexicana Liliana Felipe a los uniformados obligados a guardar el status quo a través de macanazos, lo que se convirtió en un himno de lucha contra la opresión de las libertades civiles en las manifestaciones pacíficas. En realidad no es que el miedo esté ausente de nuestras vidas, pero, tener miedo y ser cobarde son dos cosas diferentes. Cobarde quien usa el poder para quitar la vida. Cobardes los transgresores de las leyes para cometer injusticias, cobardes sus cómplices. Cobardes los que ven fines y no les importan los medios para conseguirlos.

Hoy, quienes deberían tener miedo son aquellos perpetradores que se adueñan de la vida de una persona, causando dolor a su familia y amigos, quebrantando la tranquilidad de la sociedad. Con miedo deberían vivir también aquellas autoridades que por omisión, sumisión o falta de capacidad dejan impune estos graves delitos o permiten continúen en ejercicio los violadores de derechos humanos.

No nos permitamos vivir con miedo. El cantautor Joaquín Sabina, en su obra Noche de Bodas nos esboza este anhelo:

…que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena.

@DDHHSamuelRuiz 

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