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Los libros tienen la culpa | Columna de Diana Martell

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Me gusta leer desde los siete años. Todo comenzó por un proyecto en mi antigua escuela primaria, en el que teníamos que leer un libro al mes y platicarle sobre este a la profesora. A partir de ahí, no pude dejar de hacerlo.

Claro que en aquel entonces leía cosas como “El Diario de Anna Frank”, o historias sobre chiquillos que encontraban huevos de dragón y los incubaban a escondidas de sus padres. A pesar de haber crecido rodeada de niños y niñas que no estaban interesados en el hábito de la lectura, esto nunca me desanimó a continuarlo por mi cuenta.

Al crecer, los géneros literarios que leía fueron cambiando junto conmigo. Uno en especial fue el que llegó para quedarse; el romántico. Autoras como Jane Austen y las hermanas Brönte, me hicieron creer en las relaciones que todo lo pueden. Cómo a pesar de la adversidad, el amor entre un héroe y una heroína siempre triunfa.

Idealicé decenas de parejas perfectas y el amor incondicional y perfecto que se podían profesar dos personas. Que, aunque al principio un chico pudiese ser complicado, una chica podría cambiarlo para bien con todo su cariño.

Ahí empezaron los problemas.

Cuando iniciaba una relación, mis expectativas eran demasiado altas, y, por consiguiente, muchas veces me di de topes contra la pared. Al ver que alguien no alcanzaba mis estándares, solía frustrarme demasiado y quería dejarlo todo para empezar algo nuevo.

En un momento llegué a pensar que, tal vez estaba destinada a vivir sola por el resto de mi vida (sentencia demasiado drástica para alguien en sus veintes), o que simplemente tenía muy mala suerte en el amor. Hasta que, un día, alguien se animó a decirme la dolorosa verdad: “Los libros tienen la culpa de que esperes tanto de los demás, los romances que lees, no existen”.

Mi primer impulso fue ignorar por completo aquellas palabras. Pero, muy dentro de mi dolían y cuando algo que te dijeron duele, es porque en el fondo sabes que es cierto. Entonces pensé que, así como yo, debía haber muchas otras mujeres que creyeran que las grandes historias de amor también fueran posibles en la vida real, que se identificaran con las heroínas literarias, y buscaran un Señor Darcy todos los días de su vida. Por esa razón, decidí buscar respuestas por mi propia cuenta.

Ralph Fiennes y Juliette Binoche en la adaptación de Cumbres borrascosas (1992)

Tras semanas y semanas de conversar y cuestionar a muchachas más o menos de mi edad, comencé a notar que sus respuestas a mis teorías, eran todo, menos lo que yo esperaba. Entré en pánico. Intenté refugiarme en foros, y clubs de lectura online; “tal vez ahí piensen igual que yo”, fue lo primero que me dije a mi misma. Sin embargo, después de un tiempo, tampoco obtuve éxito alguno.

Muchas de las chicas decían sentirse un poco identificadas con las historias de amor que plasmaban los libros, pero estos no influían en lo absoluto en su vida amorosa. Tampoco pensaban que el hombre ideal existiera, ni mucho menos creían en el amor que pintaban los libros y fue así como llegue a pensar que tal vez nada de aquello tenía propósito.

Sin siquiera darme cuenta, inicié una recapitulación de algunas de las parejas literarias que más marcaron mi manera de pensar de algún modo. Los primeros fueron Catherine y Heathcliff Earnshaw. El padre de Catherine llegó a casa tras un largo viaje con un niño de aspecto gitano bajo su protección. Este creció junto a sus hijos como si fuese parte de la familia, conviviendo desde muy temprana edad con la pequeña “Cati”. Esta pareja se congregó el uno al otro con mucha más pasión y fuerza que muchas parejas adultas, pero por razones muy tontas no terminaron juntos. Fue ahí cuando me di cuenta de lo absurdos que habían sido al complicar tanto lo que en un principio no era para nada complicado. Si hubieran querido, hubieran podido estar juntos y ya. Pero, aun así, muchas personas consideran su historia como algo puro y genuino, yo incluida. Tras algunos años después de haber leído el libro, ya no pienso igual.

Romeo y Julieta fueron los segundos en mi lista. Su historia no es una de mis favoritas, pero consideré importante analizarlos porque son una pauta importante en la literatura romántica de la historia. Dos chicos, provenientes de dos familias que se odian a muerte la una a la otra, se conocen en una fiesta y quedan flechados. He ahí el primer detalle; no puedes enamorarte locamente de alguien a tan solo un día de conocerle, pero ellos lo hicieron, ¿por qué? Solo tenían trece años. Su amor solo fue un capricho, tal vez solo querían hacer enojar a sus padres. Todos pensamos haber encontrado al amor de nuestras vidas a esa edad, y años después, lo único que quieres es olvidar el tremendo mal gusto que tenías.

Greer Garson y Laurence Olivier en la primera adaptación de Orgullo y prejuicio, de 1940. Imagen: MGM / Warner Bros.

Finalmente, llegué a Elizabeth Bennet y el Señor Darcy. Orgullo y prejuicio es por mucho una de mis historias favoritas. Elizabeth es fuerte, independiente y mantiene sus ideas firmes ante los demás. Se avergüenza un poco de que la única meta de su madre es casar “bien” a todas y cada una de sus hijas, pues ella busca algo distinto. Cuando conoce al Señor Darcy no le cae bien, y a este tampoco le cae bien ella. Eso está bien, como ya había dicho, nadie se enamora de un día para otro. Pero conforme avanza la historia, te das cuenta que ambos personajes son tan perfectos el uno para el otro, que deseas con todo tu corazón que algún día tú encuentres algo parecido. No podía encontrar algo malo en Elizabeth y el Señor Darcy, eran demasiado perfectos. Entonces caí en cuenta de que, Jane Austen nunca se casó, y tampoco había tenido una historia amorosa fantástica como las que escribía. Tal vez lo hacía porque sabía que, plasmándolas en papel, era la única manera en que podrían existir en un mundo lleno de gente lejos de ser perfecta.

Fue así como tuve que dar mi brazo a torcer y reconocer muchas cosas. Cada quien cree lo que quiere de los libros, no todas las mujeres se dejan llevar tanto como yo. Me di cuenta de que, en realidad, nunca había pensado a fondo sobre las novelas que leía, todo era demasiado superficial. Me dejaba llevar solo por lo bonito, y me fui volviendo demasiado injusta con las demás personas cuando no cumplían con mis ideales. Me aferré tanto que solo podía pensar en tener la razón, y cuando vi que nunca la tuve, me sentí bastante perdida.

Los libros nos ofrecen la oportunidad de viajar a otros lugares, otros tiempos, conocer costumbres e infinidad de cosas. Somos nosotros quienes elegimos como tomar y aplicar sus enseñanzas. No porque una sola persona crea en algo, quiere decir que los demás piensan igual, cada quien es distinto.

Por ello tomé la decisión de no volver a tomar nada por sentado hasta ver los hechos y a no volver a establecer mis teorías como la verdad absoluta. El amor perfecto no existe, ni siquiera en los libros, todo depende de la percepción que tengas hacía las cosas. Solo existen personas imperfectas, tratando de encajar con otras personas imperfectas, luchando porque funcione todos los días.

@DianamartellV

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