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Los libros no me hicieron buena persona | Columna de Andrea Lárraga

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El libro es jardín que se puede llevar en el bolsillo, nave espacial que viaja en la mochila, arma para enfrentar las mejores batallas y afrentar a los peores enemigos, semilla de libertad, pañuelo para las lágrimas. El libro es cama mullida y cama de clavos, el libro te obliga a pensar, a sonreír, a llorar, a enojarte ante lo injusto y aplaudir la venganza de los justos. El libro es comida, techo, asiento, ropa que me arropa, boca que besa mi boca. Lugar que contiene el universo.

Benito Taibo, Persona normal

Existe varias ideas románticas sobre los libros. La primera de ellas es el epígrafe de esta opinión. romántica pero verdadera. Los libros son pequeños mundo donde vivir cuando la imperfección del mundo nos agobia. Entre tan ideas románticas, existe una tan romántica como equivocada sobre la lectura. Una idea que se repite a diario por fines comerciales en las librerías amarillas o las campañas de fomento a la lectura del gobierno. “Leer te hará buena persona” recibo como respuesta al iniciar el curso Literatura cuando le cuestiono a mis alumnos la importancia de llevar dos semestres de una materia que ni siquiera aparece en el CENEVAL y mucho menos se monetariza.

Me gusta hablar de nuestro único y petulante premio nobel de la literatura Octavio Paz como ejemplo de que leer no los hará buenas personas. Excelente ensayista y poeta, pero un machito que según las memorias de Elena Garro más de una vez ejerció su fuerza sobre ella. Nadie puede decir que Paz no estaba letrado. Nadie puede defender que sus actitudes era consecuencia de su ignorancia.

Soy lectora desde que la psicóloga le recomendó a mis padres leerme cuentos por las noches para mejorar mi capacidad para socializar con niños de mi edad. No funcionó. No sé si las lecturas elevaron mi ego, pero lo único que lograron es sentir que mis compañeritos eran tontos. No se volvieron mis amigos, pero sí los libros. Ese sentimiento de arrogancia intelectual nunca desapareció por más libros que leyera. Por ejemplo, la semana pasada obligada a convivir con compañeros de trabajo de mi esposo, comprobé que era una mentira que leer te hará tener siempre tema de conversación y podrás crear más amistades como lo anuncian las estrellas de televisión en ese anuncio de Voz de las Empresas. Las esposas se limitaron a hablar sobre sus compras en el centro comercial exclusivo de la ciudad. No pasaron ni cinco minutos cuando en mi mente se formaron todos los prejuicios sobre las mujeres huecas, las comparé con las Kardashian, pero, sobre todo, me repetí que no podría volver a compartir mesa con ellas. Ser buena persona es no juzgar a las personas y aceptarlas como son. Durante las horas que estuve ahí sólo pude maldecir sus pocos conocimientos de cultura general y bebí alcohol como si fuera poeta maldito. Leer no me hizo buena persona ni tampoco logró que aprendiera a socializar.

¿Pero entonces que me han hecho los libros? Libre. Al darme la capacidad de reflexión, soy quién soy gracias al resultado de meditaciones porque en palabras de Emilio Lledó “es cierto que el aspecto utilitario en las Humanidades no parece inmediato como el de la tecnología, pero sin ellas no es posible nada. Nos aportan conocimiento y capacidad de reflexión crítica. La importancia y necesidad de los grandes conceptos (justicia, bien, verdad) es algo que aprendemos de leer filosofía, de leer literatura”.

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