#4 TiemposSan Luis en su historia

“¡Fuera los gachupines!” | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

Uno de los españoles residentes en san luis potosí permaneció en el territorio no obstante la expulsión ordenada por la ley

En un protocolo del año de 1640 ya mutilado, y que resguarda el Archivo Histórico de nuestro Estado en el fondo de Alcaldía Mayor, se encuentra el testamento de la señora María de León viuda de Aguado, lo otorgó el día 23 de febrero de ese año y está comprendido entre las fojas 89 a 92. En la segunda cláusula se lee: “Ytem. [esta expresión latina significa: “también” y se consigna a partir de la segunda cláusula ya que en la inicial dice con todas sus letras “primera”] [1] declaro que fui casada y velada según el orden de la Santa Madre Iglesia de Roma con Francisco Aguado, [hace] tiempo de veinte y siete años, poco más o menos, y al tiempo y cuando contraje el dicho matrimonio con el susodicho, no trujo (sic) ningunos bienes, respecto de que [debido a que] era gachupín y recién venido a estas partes…”

Esta es una de las pocas veces que en los protocolos aparece el adjetivo gachupín. Considero que aquí, por el contexto y en la forma que está usado, claramente se advierte que, en la época en que fue redactado este documento el adjetivo gachupín no era aplicado para referirse a todos los españoles en general, sino al que no tenía fortuna. Al parecer el adjetivo se aplicó a todos los españoles en general inmediatamente después de la conquista, así lo consigna el maestro don Carlos Priego Pardiñas en su Diccionario de Nauatlismos y toponímicos de las Huastecas en la página 101: “gachupín viene de la etimología Kaktli, y significa: calzado, zapato, mocasín, chapín, tacón alto, y así se les decía a los españoles, en tiempos de la conquista, porque usaban zapatos altos” [2] .

Por su parte el Dr. Pedro Felipe Monleau en su Diccionario Etimológico en la página 680, confirma esta teoría diciendo que “gachupín o cachupín llamaban los mexicanos a los españoles y el fundamento de esta denominación lo hallamos explicado por una frase que en lengua azteca significa talones puntiagudos, debido a los acicates o espuelas que llevaban siempre puestos los conquistadores”[3].

Por estas dos últimas referencias bibliográficas se deduce que el adjetivo gachupín se usó, en la época de la conquista, para referirse a todos los españoles en general, pero, pasado el tiempo se usó para referirse a los españoles que no tenían fortuna. Con esto queremos decir que el uso de ese adjetivo evolucionó a través de casi doscientos años. Posteriormente, o sea, a finales del siglo XVII, los criollos apodaron despectivamente “gachupines”, “cachupines”, “chapetones” o “godos[4]” [este último vocablo lo usaron principalmente en Centro y Sud América] a los españoles que desempeñaban los cargos del gobierno y a los que recientemente enviaban de la Península para esos mismos fines. El desprecio que los españoles provocaban en los criollos nacía de que aquellos, aprovechando sus puestos en el gobierno, monopolizaron los grandes embarques, las más jugosas transacciones económico-financieras y las operaciones comerciales más productivas. Los criollos fueron quienes inspiraron y condujeron los principales movimientos en pro de la independencia debido a que contaban con el suficiente capital, formación intelectual y militar para actuar eficazmente en contra del régimen peninsular. En una palabra, la oligarquía criolla era económicamente muy poderosa ya que eran dueños de grandes fortunas derivadas de sus extensas haciendas en las que se localizaban centenares de esclavos, por esta razón no podían resignarse a obedecer el mandato político de españoles a los que consideraban inferiores a ellos en ilustración, prestigio y riqueza. Por ello, la situación se hacía cada día más tirante.

La gota que derramó el vaso fue la aplicación estricta de las reformas borbónicas porque para hacerlas efectivas, hacia fines del siglo XVIII fueron llegando a América funcionarios peninsulares más rígidos y menos corruptibles que aplicaban las normas con absoluta puntualidad a favor de España, motivando cada vez más, enérgicas protestas de parte de los criollos. Éstos, conscientes de que para una empresa de emancipación de la Península, necesitaban, forzosamente, del concurso de indios, mestizos y negros, por lo que se apresuraron a propagar las ideas independentistas por todo el continente americano, dando como resultado, sucesivos alzamientos, aparentemente, sin conexión unos con otros, pero que alarmaron en gran medida a las regiones y  preocuparon seriamente a todos los devotos de la Corona.

Los acontecimientos a los que nos venimos refiriendo y que provocaban el descontento de criollos, mestizos y población en general, consistían en actos de gobierno que lesionaron los derechos y dignidad de los americanos, entre otros podemos señalar los siguientes: cobro excesivo de impuestos; nombramiento de funcionarios que actuaban con despotismo y tiranía, principalmente Intendentes y Corregidores, con sus honrosas excepciones; servicios públicos inadecuados; analfabetismo en un grado muy elevado y principalmente en comunidades apartadas de los centros urbanos.

La intranquilidad y molestia se manifestaba de muy diversas maneras en todas las poblaciones de América Española. En la Nueva España y concretamente en San Luis Potosí la población empezó a manifestar abiertamente su inconformidad y descontento desde el 10 de mayo de 1767. Los primeros fueron los habitantes del barrio de San Sebastián que se sublevaron por la extracción de un reo de la cárcel local, quizá para remitirlo a la de la capital del virreinato. La osadía de los insubordinados llegó a tal extremo que apedrearon las casas del Alcalde Mayor don Andrés Urbina Gaviria y Eguiluz. Siguiendo el ejemplo de los de San Sebastián, los mineros de Cerro de San Pedro se amotinaron en la ciudad el 27 de mayo pretextando diversos motivos, entre otros los siguientes: que se les quitaba un real por cada marco de plata que ganaban y que éste se invertiría en el adorno y decoro de su templo; sin embargo el templo estaba casi en ruinas y falto de los más elementales objetos sagrados para el culto, por lo que exigían se les informara en poder de quien o quienes se encontraba el dinero que hasta esa fecha se había recaudado. Además se quejaban de que no se les permitía usar libremente de la madera, palma, leña ni agua para el beneficio de los metales; se les cobraba renta por el aprovechamiento de las tierras que ellos juzgaban propiedad de la minería, por esta razón exigían que se les mostraran las cédulas reales y demás papeles en que se hacían constar sus facultades y privilegios como mineros activos que eran.

Los reclamantes eran mineros que explotaban minas ajenas debido a que los dueños legítimos las tenían ociosas; para hacerse de los elementos de trabajo más indispensables se veían en la necesidad de empeñar el sombrero, el paño de pescuezo y hasta las enaguas de sus mujeres a fin de comprar cuando menos velas. Si del trabajo resultaban ganancias, los dueños de las minas se presentaban inmediatamente a reclamar su parte, pero si resultaban pérdidas, fingían estar en la más completa ignorancia de que sus fundos estaban siendo trabajados subrepticiamente. Otra queja más era que el ensayador oficial no era persona de confianza para los mineros debido a que, según ellos, marcaba los metales con una ley inferior a la que en realidad tenían; solicitaban también que se abasteciese a la población de semillas, carnes y demás víveres pues con mucha frecuencia escaseaban.

A aquellos subordinados se sumaron los habitantes de San Nicolás del Armadillo [5], de la Soledad de los Ranchos [6] y de otras comunidades. Como pasaba el tiempo y no eran satisfechas sus justas demandas, el 6 de junio del mismo año volvieron a invadir la ciudad; en esta ocasión presentaron por escrito las mismas peticiones y verbalmente formularon, en tono imperativo, las siguientes: que desapareciese el estanco del tabaco y si esto no era posible, que se les vendiera el tabaco a un solo y único precio; que no se les cobrase tributo ni alcabala de leña, carbón, liga [7] y greta [8]; que no se les exigiese hacer manifestación del ganado que sacrificaban; que el Alcalde Mayor nombrase su teniente en Cerro de San Pedro y que ellos pudieran quitarlo cuando quisieran; que se les diera facultad de portar armas y libertad a los presos.

Amedrentado el Alcalde Mayor echó fuera a los presos. Este triunfo fue celebrado por los revoltosos con gran regocijo y estrépito; a tal grado llegó el desorden que apedrearon la cárcel, el Real estanco del Tabaco y la casa del Procurador de la ciudad. Posteriormente saquearon algunas casas particulares. Al ver el Alcalde que los desmanes iban en aumento decidió dirigirse a los inconformes ofreciéndoles satisfacer sus demandas en lo más que fuera posible. Este ofrecimiento tranquilizó a los exaltados mineros.

Al día siguiente, o sea el 7 de junio, el Alcalde llamó a dos de sus colaboradores más cercanos para que le acompañaran a visitar a los gobernadores de los barrios (indios la mayoría de ellos) y solicitar su apoyo en la defensa de la ciudad. Los gobernadores ofrecieron estar preparados con su gente para el momento que les fuera solicitado el auxilio.

Muy confortado se marchó el Alcalde con aquellas muestras de adhesión. Este mismo día por la noche citó a los regidores y alcaldes y a un importante número de hombres prominentes en la ciudad. Esta reunión se celebró en la casa de un comerciante llamado Ricardo de León. Los puntos que se pusieron a consideración de los asistentes fueron tres: primero, cómo debía defenderse la ciudad; segundo, cómo se debían llevar a cabo las resoluciones que allí se acordaran y de que manera sostener a la gente de a pie y de a caballo que se enrolase en la defensa de la ciudad; y tercero, qué concesiones debían hacerse a los del Cerro de San Pedro para que se estuvieran en paz cuando menos mientras se daba aviso al Virrey de tan embarazosa situación.

Los asistentes opinaron que deberían dejarse pendientes los dos primeros puntos por requerir de mayor reflexión y resolver el tercero. Para este objeto se leyeron las peticiones y una vez leídas se resolvió lo siguiente: que se ensayaran las platas los domingos hasta  medio día; que podían matar reses y carneros sin pagar por su manifestación o licencia; en lo sucesivo no pagarían alcabala por la leña, carbón, greta y liga pero debían pedir permiso al recaudador, quien debía otorgarlo gratuitamente; se les vendería el tabaco revuelto el bueno con el malo a un solo precio; se les nombraría un teniente de Alcalde y de la conducta y proceder de éste informarían los principales del Cerro de San Pedro al Alcalde Mayor de San Luis Potosí, y si no los trataba con amor y quietud o faltaba a la justicia, lo quitaría. En cuanto al real que se les quitaba por cada marco de plata se ordenaría que los mineros celebrasen una asamblea para que se determinaran las cuentas; la saca de leña, palma, madera y agua y el uso de las tierras de la minería, quedaban concedidos según había sido costumbre; a los mineros y operarios de las minas ya no se les cobraría tributo en razón de su oficio.                              

Estos acuerdos se hicieron saber a los interesados por oficio que firmó el Alcalde Urbina.

Desde luego estas concesiones fueron otorgadas provisionalmente “…mientras los acontecimientos tomaban otro color y podían arreglarse a derecho”; pero esta circunstancia, por supuesto, no se hizo saber a los sediciosos.

Los dos primeros puntos, relativos a la defensa de la ciudad y la forma en que se procedería fueron muy discutidos y no se llegó a una conclusión por lo que fue necesario reanudar la sesión al día siguiente en que se debía tomar una resolución definitiva.

Cuando se hubo reanudado la sesión se tomo la opinión de los asistentes; unos aconsejaban poner gente de guerra en la ciudad y otros decían que debía considerarse, muy seriamente la situación real, porque sólo se contaba con cuatrocientos indios de apoyo además del batallón y que las armas que había en toda la ciudad apenas llegaban a cien pistoletas y otras tantas escopetillas inútiles por falta de uso, y que por su parte los insurrectos podían  juntar un grupo de cinco a seis mil indios, todos diestros en disparar flechas y tirar piedras de las que fácilmente se proveerían en la ciudad por los muchos graseros que en ella había. Por otra parte había indicios muy elocuentes de que los indios de los barrios que habían ofrecido el apoyo al Alcalde sólo lo habían hecho de palabra, porque tenían una estrecha amistad con los de Cerro de San Pedro.

En definitiva nada se resolvió al respecto y se concluyó diciendo que puesto que el Alcalde Mayor tenía facultades para resolver, que lo hiciera.              

 

[1] Todo lo que se encuentra entre corchetes son aclaraciones o traducción de las palabras u oraciones escritas en el texto en lengua latina o en español antiguo.
[2] Priego Pardiñaz Carlos, Nahuatlismos y Toponímicos de las Huastecas, Edición Privada, San Martín Chalchicuatla, S.L.P. 2007.
[3] Monlau, Pedro Felipe, Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, Imprenta y Estereotipia de Aribau y Ca. Madrid, 1881, p.680.
[4] Tal vez este vocablo lo hicieron derivar del cínrico o íbero – céltico god , que significa lujuria, para indicar que los españoles venidos de la Península eran lujuriosos, voraces y abusivos en términos generales.    
[5] Actualmente Municipio de Armadillo de los Infante, S.L.P.
[6] Actualmene Municipio de Soledad de Graciano Sánchez y poco antes Sánchez y poco antes Soledad Diedad Diez Gutiérrez, S.L.P.
[7] Liga es la cantidad de cobre que se mezcla con el oro o la plata de las monedas o alhajas.
[8] Greta es una especie de grasa que se usaba en la minería para acelerar la fundición de los metales.

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