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Literatura policiaca. Entrevista a Élmer Mendoza (parte 2) | Columna de Dalia García

Divertimentos

Para la primera parte siga el enlace: La voz escrita. Entrevista a Élmer Mendoza (Parte 1) | Columna de Dalia García

Hoy tecleo la segunda parte de la entrevista a Élmer Mendoza desde territorios de Madona, mi adorada peluda, y casa de mis padres. Suena de fondo ya no el ventilador del miércoles pasado —pues hoy, afortunadamente, está nublado y el clima es más fresco—, sino Jorge Drexler y el curso apresurado del color que mi hermana desliza sobre la hoja en que colorea.

Retomo la entrevista con la respuesta que el escritor dio respecto a cómo llegó al género literario que hoy caracteriza a su obra, el policiaco.

DG: ¿Y cómo llego a lo policiaco?

EM: Pues no sé. A mi primera novela —que es sobre el asesinato de Colosio— llegué porque todos hablaban de eso: en los restaurantes, en las comidas, el fin de semana, en la familia, entre amigos; en el periódico todos los días salía algo. Yo no veía las cosas, solo escuchaba, y se me ocurrió contar esa historia. Una fuente de historias que yo tenía y tengo —aunque ahora la puedo usar menos— son las cantinas, en donde escuchaba historias fantásticas como esa de Colosio.

 

DG: ¿Cuál cree que es el estado actual del género literario que usted trabaja?

EM: Yo creo que estéticamente los autores se están aplicando y se están aprendiendo todas las técnicas contemporáneas de contar. Creo que ya estamos ubicados en el mundo. Esto ocurrió con Paco Ignacio Taibo II en países donde hay muchos lectores de novela policiaca, como en Francia e Italia. Creo que ahora la literatura policiaca es parte de la identidad de la literatura mexicana. La mayoría, creo, estamos traducidos a seis, ocho, diez, doce idiomas; con éxito normal y con editoriales muy fuertes, se podría decir que las más fuertes de los países. Y el estar en esa circunstancia tan halagadora, quiere decir también que nuestra estética es competitiva, absolutamente competitiva.

 

DG: ¿Qué es lo que distingue a la literatura policiaca de México de la del resto del mundo?

EM: Los delitos. Los delitos de la mayoría de nosotros son sociales: muy intensos, muy dolorosos, muy crudos, y muy graves para el país. En eso somos absolutamente distintos los mexicanos, y yo creo que también los de América Latina. Los argentinos un poco se quedan en la guerra sucia, pero los nuevos están contando unas historias espeluznantes que tienen que ver con eso. Y creo que esa es la gran diferencia. Por ejemplo, en San Luis estuvo un autor francés —que no recuerdo ahora su nombre— que su crimen ocurre en una estación espacial, ¡fíjate qué maravilla! Pero yo no puedo escribir una novela donde “El Zurdo” Mendieta tenga que ir al espacio porque no me lo permitirían.

Entonces creo que nosotros estamos contando lo que pasa en nuestro país; lo grave que está nuestro país; lo injusto que es; lo débil que son las leyes; lo corrupto que es el Gobierno, que son los jueces; y lo fácil que lo llevan los delincuentes. Por ejemplo, a mí me gusta Stieg Larsson, y me gusta el dos de la trilogía Millennium; soy fan de Salander, pero ellos cuentan otras cosas que tienen que ver ya con el mundo de los bancos, el acoso sexual, el abuso sexual… Pero nosotros tenemos esos delitos que afectan a tantos, por eso nuestras novelas son muy sociales.

 

DG: Supongo que le han de llegar invitaciones para vivir en el extranjero, ¿no le gustaría?

EM: No, realmente no. En su tiempo tuve invitaciones para hacer residencias en tres países de Europa; y mis editores también me han hecho el ofrecimiento para irme a vivir una temporada, pero tampoco.

 

DG: ¿Y por qué?

EM: Porque yo estoy a gusto ahí. Nadie me molesta y tengo todo el tiempo para escribir. ¿Y qué es lo que soy yo?, soy un escritor, y un escritor o un narrador puede escribir donde sea. A veces se me antoja quedarme un par de meses en algún sitio; dos o tres semanas en ciudades emblemáticas de la cultura occidental que nos gusta, pero irme irme, no. Probablemente pierdo cosas, pero creo que al final no importará. 

DG: ¿Cómo sobrelleva el hecho de ser una figura pública y reconocida no solo en México?

EM: Cuando fui a hacer las entrevistas, la campaña de prensa de la primera novela que se llamó Un asesino solitario, recibí entrenamiento de qué era lo que tenía que hacer. Me dijeron: “Te van a preguntar esto, así que ponte listo”; y en efecto, todo fue así. Entonces puedo decir que cuando llegué a la Ciudad de México para la promoción, era un escritor; y cuando regresé a casa, era una figura nacional.

Sí percibo lo que tú dices, pero lo vivo solamente cuando entro en circunstancias; cuando voy a una feria, por ejemplo.

Hay un parque donde camino todos los días; la gente me saluda porque soy un vecino, algunos saben quién soy y algunos me preguntan que cuándo viene la próxima novela. Pero creo que lo vivo bien. Me trago todo lo que tiene que ver con la fama; lo demás es normal.

 

DG: ¿De qué forma ha empatado su vocación de escritor con su familia?

EM: Yo me caso dos veces. Tuve tres hijos en el primer matrimonio: una hija y dos hijos que ya son profesionistas y tienen su familia. Cuando vivía con ellos, yo trabajaba en la madrugada; ahora no porque con Leonor no tenemos hijos; hoy cumplimos 21 años de casados. Ella trabaja, entonces digamos que no tengo obstrucciones.

Yo sí entiendo eso de la familia, pero yo establecí mi territorio y no tenía por qué reclamarme nadie, sino que yo tenía que organizarme, y en la madrugada hice muchas cosas.

 

DG: Por último, ¿recomendaría algún orden de lectura de su obra?

EM: Pues depende del lector. Por ejemplo, a mis lectores que son muy cultos, que son artistas de todas las disciplinas, les gusta mucho mi novela Cóbraselo caro, con la que yo he hecho un homenaje a Rulfo; entonces si alguien así me pregunta, yo le recomiendo esa. Y si es alguien que está muy interesado en las posibilidades de las técnicas narrativas, en el desarrollo, les puedo recomendar cualquiera de mis novelas, pero la que más funciona es Efecto tequila. Y si me preguntan cuál es mi novela que se considera una obra maestra —dicen, eh—, es El amante de Janis Joplin; esa es la que tiene más lectores en el mundo; es la única que está traducida al ruso, por ejemplo. A mi saga también le va bien: Balas de plata, La prueba del ácido, Nombre de perro y Besar al detective. Pero en función de lo que te he dicho, puede alguien elegir cual tendría que leer para tener una idea de lo que estoy hablando.

 

Después de esta respuesta, le agradecí al autor por la entrevista y le pedí que por favor me firmara dos de sus libros, Un asesino solitario y Efecto tequila. Quería regalarle uno de los dos a mi entonces novio, pero dudé  porque no quería que el libro quedara en su biblioteca; después recordé que pronto íbamos a compartirla —en escasos meses nos casaríamos—. Le externé ese pensamiento a Élmer y agradecí el toque personal en las dedicatorias. Cuando terminó de escribir, me dijo:  Si quieren estar muchos años juntos, para toda la vida, cada quien debe hacer aquello para lo que nació, y el otro debe impulsarlo. Significa comprender ausencias, comprender abstracciones. Son tres entes: ella, él y la pareja. Y yo creo que ese fue el acierto que hemos tenido Leonor y yo. Ella, desde que nos casamos, me dijo: “yo no estoy segura de durar muchos años”; y yo le dije: “pues yo sí”. Alguien tiene que regular a veces ciertas situaciones; eso, viviéndolo todos los días, a veces tiene sus cosas, pero es la clave.

Él tiene que ser tu mejor compa, y tú de él, pero eso tienen que reactivarlo siempre y romper el mundo para irse de vacaciones, tirarse en la playa, bailar y todo eso.

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