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Literatura hispanofilipina o la tumba del silencio | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Hubo un lugar donde el español no sólo fue un idioma, sino que se convirtió también en un arma de lucha. Escritores que hasta el último momento de su vida defendieron la lengua que los hermanaba con los países hispanohablantes. Enclavados en el corazón de Asia, los autores hispanofilipinos padecen un olvido doble. Por una parte, no se hallan dentro del universo de la literatura en castellano, y por la otra, actualmente en Filipinas, donde el inglés y el tagalo son las lenguas oficiales, se les desconoce.

Adelina Gurrea, Jesús Balmori, Claro M. Recto, Zaragoza Cano, Evangelina Guerrero, José Hernández Gavira, Jaime de Veyra y Antonio M. Abad son parte de la nómina de lo que hoy se establece como Época de Oro de las Letras Hispanofilipinas, un fenómeno que se da en la primera mitad del siglo XX, luego de que el Archipiélago se independizara de España (1898) y el pueblo filipino padeciera la invasión norteamericana que le impuso, entre otros flagelos políticos y culturales, el inglés como lenguaje oficial, sentenciando a muerte al español en Filipinas.

Para estos autores en castellano la literatura significó vivir la ficción de la trascendencia. El español se iba a extinguir en el país y, con ello, su propia obra quedaría en el olvido, alejada de la cultura dominante que, por esos años, se empezaba a tejer en inglés. No existe otro ejemplo en la historia del castellano donde el idioma esté condenado a morir.

Estos literatos fueron conscientes del significado de labrar sus textos en español en un momento donde la oscuridad del mutismo rondaba cada vez más de cerca. La literatura hispanofilipina trascendió así sus objetivos meramente estéticos a fin de situarse en un lugar privilegiado a camino entre el panfleto y el ideario político.

Los escritores filipinos en castellano carecían de tiempo para detenerse y pensar sobre las diversas aristas, corrientes, vanguardias, que podrían explorar por medio de sus letras con el propósito de alejarse del discurso europeo, como sucedió durante la misma época en Latinoamérica, dando como resultado toda esa gavilla de reconocidos autores cuya geografía y temporalidad se extienden por todo el continente americano a lo largo del siglo. Sin ningún horizonte a donde su palabra pudiera trascender y con la asfixia anglosajona acrecentándose un día tras otro en Filipinas, la literatura fue su arma, su espíritu, finalmente su vida. Para los años sesenta, eran mínimos los hispanohablantes en el Archipiélago. Los invasores les habían arrancado su alma y su pasado hispánicos.

Los límites de sus letras son las marcas del sufrimiento de todo un pueblo; los yerros de su obra, el velo del dolor por un pasado en castellano que poco a poco desaparecía. Revisitar sus obras implica dar fe de una literatura que siempre pugnó por tener una voz en el diálogo castellano del mundo. Los autores hispanofilipinos le apostaron a morir en el silencio antes que traicionar su idioma. Qué tumba tan amarga, el silencio.

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