Licha, la loca (Parte 1 de 3). Historia de Larry Zavala

16:44 06-Octubre-2016
Licha, la loca (Parte 1 de 3). Historia de Larry Zavala

EL ÓRGANO DEL TERROR.

loca

Habrá algunos que les guste mi estilo, otros que simplemente se entretengan y otros que sin ningún motivo sean enemigos naturales de lo que yo hago, pero hoy para todo el tipo de público narraré una de las historias más sonadas en las últimas fechas en el pintoresco Barrio de San Sebastián, espero poder volver a deleitarlos y sin más preámbulo comencemos con la historia de “Licha, la loca”.

Corría el año de 1991, cuando tres niños de edades entre los diez y los siete años, comenzaron a jugar en un callejón ubicado en la calle de Sevilla y Olmedo. Ellos jugaban a todo, siempre trataron de divertirse sin el uso de artefactos raros y que comenzaban a ser prioridad en aquella época. Jugaban por horas en ese viejo callejón que albergaba nueve casas en sus costados.

En una vivía doña Benita, en otra el solterón empedernido de Alejandro, en otra doña Lola, que todos conocían como la bruja de la colonia, ¡pero esa es otra historia!, y otros vecinos de gran importancia.

Sin embargo, ellos no serán el centro de esta historia, había un personaje muy peculiar, una persona a la que todos llamaban Licha, la loca, conocida así porque vivía sola en una de esas viejas casuchas, no se sabía de su familia ni nada, en algunas ocasiones se le llegó a ver con un hombre de avanzada edad entrar y salir de esa casa, todos decían que era su padre. Licha, la loca, ya tenía casi 50 años, pero parecía una niña viendo como esos niños jugaban hasta altas horas de la noche, ella observaba por una ventana de su casucha, sin que se dieran cuenta los niños, así pasó mucho tiempo. Imaginen que mientras ustedes se encuentran realizando algo, alguien los observe de forma siniestra por una ventana, ¿impactante, no?

Pasó casi un año para que los niños notaran la presencia de ella, que seguía con asombro las andanzas de los niños y hasta se sabía todas y cada una de sus aventuras ya que cada noche escuchaba atentamente las pláticas de ellos y se imaginaba que ella era compañera de juego en esas historias, lo que le causaba alegría era la idea de creerse amiga de esos niños.

Un día por situación de lo acelerado del juego, el balón salió impulsado con gran fuerza hacia la casa de Licha, escuchándose el momento en que el balón cayó en su patio. Los niños tenían miedo de tocar a la puerta y pedir el balón, ya que era bien sabido por todos que estaba loca.

Después de un par de minutos de pensarlo, el más grande de ellos, el más valiente y ahora amo del terror, tocó a la puerta nervioso, esperó a que abrieran. Salió Licha con una sonrisa, rara, no de maldad, simplemente rara, no era más que la sonrisa de una loca. Abrió, llamó a ese valiente niño su nombre y después le pregunto qué era lo que se le ofrecía.

El niño dijo: “solo quería que nos devolviera nuestro balón que cayo aquí”. Ella respondió: “claro, pasa por él”. En aquel tiempo, el niño sintió un poco de miedo, volteó y dijo a sus amigos que por favor lo acompañaran a entrar por el balón. Licha, con una sonrisa, también los nombró a ellos y les pidió que por favor pasaran.

Los tres entraron, llegaron al patio después de observar cómo era la casa de Licha, tomaron el balón y regresaron a la puerta donde Licha los esperaba. Les ofreció un vaso de agua, ellos ya al sentirse un poco cansados y por haber superado ya el miedo de las historias que se contaban de la loca, aceptaron el detalle.

Ella los pasó a la sala y ahí el momento se volvió más tétrico. Al entrar a esa rara y tenebrosa sala observaron, sobre una vieja consola tocadiscos, una carpetita tejida a gancho, como las que ahora son cada vez más raras. Sobre ella, al centro, una caja musical antiquísima, con una bailarina de esas que se ven en la peores películas de terror.

Al costado de esta caja musical unas tortugas disecadas horribles, de un caparazón de casi 30 centímetros de diámetro en una pose como si quisieran morder. Al final, unas figuras de porcelana de payasos. Para rematar el excelente ambiente de terror, una foto en blanco y negro muy borrosa. Ni se podía ver la imagen de la foto. Los niños esperaron ahí por un tiempo, en lo que les llevó el agua, mientras volteaban y se lanzaban miradas y murmullos, se hacían conjeturas de por qué esas terroríficas cosas.

Ella salió les dio el agua y les reiteró las finas atenciones de su casa, sin que en ningún momento de su rostro desapareciera la rara sonrisa, invitándolos a que fueran siempre que tuvieran sed o que quisieran platicar. Ellos tomaron el agua, se llevaron su balón salieron del lugar despidiéndose, mientras pensaban “esta señora está media loca, pero no es mala”…

Continuará…

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