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Librerías y casualidades | Columna de Luis Moreno Flores

Historias para perros callejeros

Mundo perdido

A los tres años, de la mano de mi mamá, fui a ver la primera entrega de Jurassic Park. Era sábado. Previo a la matiné desayunamos club sandwich y hotcakes en un Woolworth. Esa tienda hoy ya no existe. No recuerdo exactamente la película, pero sí la felicidad que sentía al salir de paseo con mamá. Durante el intermedio jugué con otros niños en el pasillo central y debajo de la pantalla.

Al salir de la función volvimos a Woolworth. Sin que se lo pidiera, mamá me compró dos dinosaurios de juguete. Triceratops y velociraptor. Ambos fabulosos: al primero se le podía desprender un trozo de carne del costado derecho, que dejaba al descubierto músculos y huesos. El segundo se equilibraba de forma insólita sobre sus patas traseras y tenía un botón para inclinar la cabeza y golpear.

Quince años después, mi madre me pidió acompañarla a comprar algunos libros. La librería estaba a pocas calles del Woolworth, que se convirtió en toda una plaza con negocios de objetos chinos.

Mientras ella se perdió en la estantería de autores rusos, fui sobre los libros de hágaloustedmismo. En la parte más alta vi uno de color verde esmeralda. Llamó mi atención porque ofrecía los pasos para preparar pasteles en forma de animales. Estiré el brazo para alcanzarlo. Encima del forro sentí un filo sutil, lo tomé con confianza y ahí estaba: era mi dinosaurio. Había estado acechándome en ese libro junto con otros animales. Ahora se materializaba. Quince años no fueron suficientes para borrar la sangre que, la tarde de un domingo, pinté sobre esas fauces terribles.

Argentina

Milovan dejó Argentina a los veinte años y desde entonces ha trabajado de todo. Siempre en México. Casi se ha olvidado su patria. <<Ahora esta es la mía>>, dice a veces frente a sus amigos mexicanos.

Para las vacaciones más recientes, decidió hacer un viaje en auto por toda la frontera norte. Mientras caminaba por un pueblo que igual pudo estar en Chihuahua, Sonora o Nuevo León, encontró en una calle sin pavimentar el letrero de una librería. El contraste brutal entre el gris del piso de tierra y los colores de la publicidad bien iluminada, lo obligó a entrar, aunque jamás ha disfrutado leer.

Jaime, encargado y propietario de la tienda, reconoció el acento de Milovan. No solo supo que es argentino, sino que nació en Mendoza. Le contó que lo sabía porque vivió veinte años en Buenos Aires, el mismo tiempo que Milovan llevaba en México. Ahí había estudiado la universidad y consiguió trabajo como cronista de torneos de poker para un periódico importante.

Milovan redescubría Argentina con los ojos de un mexicano. Con la mirada de un argentino, Jaime confirmaba las sospechas que había desarrollado en el mes que tenía de regreso en México.

Era hora de tomar su autobús. Milovan se despidió. Jaime le ofreció llevarse cualquier libro de la tienda. <<Aquí no hay un libro que no me guste>>, presumió. Milovan cogió uno porque le gustó la portada: tenía una jaula tapada por una manta y encima un ave. Pensó que la imagen parecía un truco de magia. Agradeció a su nuevo amigo y salió de prisa a la central camionera.

<<El cuaderno rojo>>, Milovan pensó que era un nombre raro para un libro color verde pistache. Dedicó las 4 horas de autobús a leerlo. Al llegar a su destino terminó con su obsequio. Cuando dio el primer paso en la estación, muy parecida a la anterior, supo que era momento de volver a casa.

 

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