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Farewell to a Legend | Columna de Adrián Ibelles

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No hace mucho, pasaba horas frente a la X-Box consolidando mi carrera como entrenador profesional. Si bien nunca he sido un estratega empedernido, sí tenía mucho tiempo libre para canjearlo por horas de juego, en las que cambiaba de liga con un fetiche constante, y ese era llevarme al equipo en turno al mismo jugador, uno que por 13 años y hasta hace unos días vestía la camiseta del Manchester United.

La hora de la despedida se aplazó mucho tiempo. En cada cierre de transferencias, de un tiempo acá, seguía sonando el nombre de Wayne Rooney para salir del equipo. Nunca fue secreto que estaba harto de ser un devil, sobre todo tras la salida de Sir Alex Ferguson.

Razones hay muchas; el peso de uno de los 3 equipos más grandes de Europa sobre sus hombros, la exigencia de una liga como la Premier, la decreciente cantidad de minutos en la cancha y la presión por no convertirse en aquello que Alejandro González Iñárritu le auspició en su comercial de Nike, un paria condenado al olvido.

Por ahora, y por cómo fue el adiós, parece que ha salvado este último punto. En redes el conceso fue el agradecimiento: Thanks Wazza, Good Luck mate, Never forget, Legend.  

La historia que escribió en sus trece años portando los colores del ManU le hizo merecedor de ese título personal, la leyenda, el ídolo, el inolvidable. Ferguson, Van Gaal, Moyes y Mourinho tendrán siempre palabras enaltecidas para referirse a él, un referente de gran nivel, junto a Bobby Charlton y Eric Cantona.

Rooney pudo terminar como Xavi o Raúl, emigrando lejos del equipo de sus amores, ganando un muy buen dinero y jugando para matar el tiempo. Para acelerar el retiro.

Pero la llegada del bad boy al Everton sugiere una revancha: con el Rooney de antes, con los directivos que lo despreciaron, con la historia que se negó a ser perfecta y le cubrió de esfuerzos y castigos. Con esos 253 goles que el delantero le dejó como legado a una institución que ya no le veía más futuro que la banca. Y es que a veces el fútbol no conoce jerarquías.

Seguro que hay tantos niños nombrados Wayne como Lioneles y Ronaldos en el mundo. Seguro que hay en los cajones, bien dobladas, millones de camisetas rojas, azules y blancas con estampados de Aon, Chevrolet, AIG y Vodafone, cuyos dueños compraron con el número 8 o 10, en homenaje al guerrero que asistió a Ronaldo, Van Persie, Saha, Ibra y a CH14.

Apuesto a que aquellos delanteros del barrio, en Manchester o México, gritarán con nostalgia tras cada gol “Rooney”; aquellos maniacos del control y las gambetas virtuales, seguirán comprando al jugador para llevárselo a su Dream team merengue o blaugrana.

Pero en el fondo, la leyenda se queda allí, de rojo, en el Old Trafford, esperando que sea tan viejo como para ponerle una estatua, una fuente y un pasillo a su nombre. Si tan solo le hubieran dado tiempo, también le habrían hecho un estadio, algo que valiera lo que se dejó en la cancha aquel prodigio llamado Wayne que hoy, con pesar disimulado, llama casa al primer lugar donde se le vio patear la bola.

Allá no es leyenda. Allá no tiene nada. Una hoja en blanco para volverse eso que en Manchester sí fue: leyenda.

 

@Adrian_Ibelles 

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