#4 TiemposMosaico de plumas

Las muertas de Ecatepec | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

“Dos días después de aparecer el cuerpo de la primera víctima de agosto fue encontrado el cuerpo de Emilia Escalante Sanjuán, de treintaitrés años, con profusión de hematomas en el tórax y el cuello. El cadáver se halló en el cruce entre Michoacán y General Saavedra, en la colonia Trabajadoras (…). Emilia Escalante Sanjuán vivía en la colonia Morelos, al oeste de la ciudad, y trabajaba en la maquiladora NewMarkets. Tenía dos hijos de corta edad y vivía con su madre, a quien había mandado traer desde Oaxaca, de donde era originaria. No tenía marido, aunque una vez cada dos meses salía a las discotecas del centro, en compañía de amigas del trabajo, en donde solía beber e irse con algún hombre. Medio puta, dijeron los policías”

—Roberto Bolaño, 2666.

 

Los asesinos en serie son un tema clásico en las fechas cercanas a Halloween y el día de muertos. Un tema que fascina a los jóvenes. De la misma manera que la sección policiaca en el periódico sigue atrayendo la mirada de todos. YouTube está lleno de especiales sobre cada uno de los asesinos seriales más famosos. En mi adolescencia pasé horas y horas leyendo sobre estos sujetos en escalofrío.com. Morbo, intriga y más morbo me orilló a dar clic en sus nombres. Nunca me detuve a pensar en las víctimas. Creo que ni siquiera pensé en ellas. Me importaba conocer el porqué de los asesinatos, pero importaba conocer los detalles que siguió el asesino en cuestión. Nunca comprendí cómo era posible matar a tantas personas sin que la policía hiciera algo. Creía en ese entonces que los policías eran una especie de superhéroes que buscaban siempre el bienestar público. Después crecí y me olvidé de los asesinos en serie. Dejé que ese tema fascinara a los más jóvenes y sólo los recordé cada octubre que buscaba un buen disfraz. Hasta que en días pasados “El monstruo de Ecatepec” surgió en las titulares de los diarios.

Un hombre asesinó a madres solteras en el Estado de México. Junto a su esposa desollaba a sus víctimas en pedazos pequeños (tamaño similar al que se vende la carne para consumo humano), paseaba por su vecindario con los restos humanos en una carriola, en su camino tiraba los fragmentos de personas, a la orilla de carretera, en baldíos donde fuera. Guardaba las piernas en el congelador para conservar más tiempo la carne y posteriormente vender los huesos. En su casa se encontraron cubetas con más restos humanos mezclados con cemento. La macabra historia no termina ahí, el asesino aceptó la responsabilidad de alrededor de 20 feminicidios. Juan Carlos, el monstruo de Ecatepec, contactaba a sus víctimas por Facebook, las invitaba a su casa para darles un poco ropa para sus hijos…el resto es historia. El motivo, una enfermedad mental derivado del odio hacia su madre, una fémina abandonada, quien lo obligaba a vestir como mujer.

El surgimiento de este asesino nos muestra la vulnerabilidad a la que nos enfrentamos millones de mujeres en este país, sí, solo por ser mujer corremos el riesgo de terminar en una nevera. Además de dejar en clara la ineficiencia del sistema judicial, las mujeres asesinadas vivían en casas aledañas del atacante, todas fueron reportadas como desaparecidas, pero la respuesta policial fue nula. Quizá porque los policías del Estado de México quieren defender su primer lugar en desapariciones del país, en promedio 475 mujeres desaparecen en dicha entidad al año. Además de ser el número 1 de feminicidios, con 270 casos por año. Estos números no son nuevos, desde el 2011 las cifras de muerte a mujeres han aumentado exponencialmente. Entre 2005-2010, el número de homicidios fue de 922, cifra mayor que la presentada en Ciudad Juárez.

Con tantas víctimas, ahora me pregunto ¿Se cometen más crímenes en la realidad o en la ficción?

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