#4 TiemposColumna de Jorge Ramírez Pardo

Las horas más oscuras | Columna de Jorge Ramírez Pardo

Enred@rte

“Quien se humilla para evitar la guerra, se queda con la humillación y con la guerra”.

Winston Churchill.

El título de este escrito –Las horas más oscuras- parece una obvia sugerencia al tiempo presente mexicano/potosino de hartazgo ante la corrupción institucionalizada. En el caso local, la ausencia de autoridad estatal, remarcada en el ejercicio denominado cultural.

México vive algunas de las horas más oscuras y siniestras de su historia contemporánea. Una película inglesa, es la metáfora de lo que puede suceder en México si un ejercicio político se depura de siniestrismo alcanzado y contribuye a la reconversión como nación. Para ello, pueden inspirar pasajes de nuestra propia historia o lo acontecido en otro momento y latitud, según lo refiere la película citada a continuación.

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Ha empezado la Segunda guerra mundial. Son días oscuros e inciertos para Europa. Desde Inglaterra se mira el avance incontenible alemán, recién acrecentado a nazi-fascismo a causa de la alianza Adolfo Hitler-Benito Mussolini. Ha caído Bélgica y el territorio francés está ocupado. Último escalón, antes del desplome o la rendición británica. El dilema es negociar una paz con Alemania equivalente a una derrota o resistir a costa de vidas y espacios. El dolor en ambos casos es inevitable.

Los ingleses resisten en Calé, con enorme desventaja. Sus fuerzas navales están dispersas, las aéreas incompletas mientras el presidente de Estados Unidos niega la posibilidad de hacer efectivo el envío de aviones ya comprados por Gran Bretaña. Las tropas terrestres, escasas, están condenados al exterminio. El parlamento, de habitual conservadurismo y flema, empero, decide deponer a su primer ministro y, con un aval de riesgo, y dubitativo del rey Jorge VI, se nombra primer ministro a Winston Churchill.

La figura de este personaje, con frecuencia se ha mostrado desde estereotipos fincados en caricatura. Un hombre con cara de bebé feliz, contrapunteado por un habano sempiterno en los labios; elegante, pese a su gordura y próximo a clown o payaso, divertido e inofensivo, decorativo pues, para consumo turístico.

En cambio, el Winston de Las horas más oscuras, el representado por Gary Oldman, es un ser humano con dudas, taras y miedo. Producto de un guión de esquema inductivo, aporta singularidades ya empleadas por el cine: sensualidad y posibilidades empáticas (humanas, no heroicas) en la construcción de sus protagonistas: Churchill, su secretaria/mecanógrafa y su esposa, interpretadas por Lilly James y Stephen Dillane; además una colectividad de base social representada por unos viajeros del transporte suburbano metro.

El desdoblamiento del personaje central, cuya grandeza se construye por abordar un desafío inédito, ubicarse en espacios sociales donde nunca estuvo y, como el Tlacaélel mexica, inventar para su nación una capacidad más allá de la realidad y ser habituales, dan la pauta para sacudir la flema de los parlamentarios, comprometer al rey y unificar a la nación en un momento crucial, el más crítico hasta entonces para un país precursor de la era industrial y de la modernidad.

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Hay metáfora para México. Hijos de una Revolución durante el amanecer del siglo XX, fuimos el país líder y ejemplo para el subcontinente Latinoamérica. Hoy nos ubicamos  en penúltimo sitio de todos los índices en educación y bienestar, el máximo en corrupción y también penúltimo en pobreza y marginación. Ya llegamos al hartazgo de desgobiernos y del menosprecio y subvaloración de este por nuestras fortalezas y calidades mostradas por la ciudadanía en momentos de dolor y tragedia: la revolución citada y sus resonancias, los terremotos, inundaciones y más desastres.

Sólo un recambio y no pactos televisados de inicio de sexenio; con soporte en un, también renacido ejercicio de las artes, puede conseguir un cambio más allá de utopías, sin ser milagro, porque partiría de la propia realidad y no de ensoñación.

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Respecto a la película en referencia, además del guión y actuaciones principales, destaca la dirección que imprime un ritmo de thriller, combinado con película de suspenso. Ello la excluye del hieratismo de sarcófago heroico. Todo aderezado por una espléndida fotografía del francés Bruno Delbonnel (“Harry Potter y el misterio del príncipe”, 2009). Trabaja con claroscuros, metáfora de estados de ánimo y voluntades oscilantes.

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“Las horas más oscuras”, aunque lo parezca, no es en alusión al pálido gobierno estatal, exasperante por su relativa ausencia de autoridad y competencia. En la administración de recursos para las artes y formación de públicos proactivos (las focas están en Chapultepec), no avanzar, pese a la abundancia de recursos disponibles –destinados el 90% a nómina atolondrada, y a nuevos museos cuando los existentes están vacíos-, es retroceder. Agravio al gremio creativo exiliado/exiliable y/o de inclusión selectiva a condición de ser coro de complicidad (aunque las focas continúen en Chapultepec).

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