#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

Las extrañas noches | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

“Así es, no volveremos a vagar
Tan tarde en la noche,
Aunque el corazón siga amando
Y la luna conserve el mismo brillo.”

-Lord Byron

Las noches son muy extrañas, dijimos hace poco Sandra y yo, luego de que dos perros intentaran destazar a nuestro gato en el patio. Los ruidos que me despertaron y me hicieron salir corriendo, justo para ver cómo dos canes agitaban en el aire al gato que nos acompañó desde San Luis, siguen persiguiéndome en sueños. El veterinario confirmó no solo la valentía de Timo, sino su fiereza. Apenas una colmillada en el vientre se llevó del enfrentamiento. Desde esa noche no dormíamos tranquilos.

Aún así, nada nos habría preparado para lo que vino después. Había sido un día pesado, entre el cambio de rutina tras dejar mi trabajo en el hotel, el ritmo de las clases que impartimos en casa, y que compartimos más tiempo con Siddhartha, a quien aprendo (poco a poquito) a entender mejor. Por eso dormimos temprano. Por eso el sismo despertó a Sandra, que siempre está alerta. Lo primero que escuché fue su angustia. El grito con el que me ordenaba que saliera fue con una voz de urgencia y desesperación, pero yo no entendía muy bien la situación.

Mi primer instinto fue prepararme para otra escena felina, pero al dar los primeros pasos fuera comencé a escuchar el crujir de la madera, mis pies descalzos sintieron el suelo mientras este perdía su firmeza. Nos postramos frente al cuarto de Edu, cuya única puerta está disponible solo saliendo de la casa. Sandra golpeaba con su brazo libre mientras sujetaba con el otro al bebé. Su voz denunciaba la urgencia de una respuesta que no llegaba del otro lado. La puerta solo abre por dentro. Corrí a buscar la llave, apenas consciente de lo que hacía. Nuestro vecino, Otto, un catalán de metro noventa se acercó a ayudarme. Sacamos a Edu aún dormido.

Hasta aquí, el temblor no paraba. A lo lejos, por encima de los árboles y las montañas, luces de colores centelleaban. El gigante catalán se reunió en el centro del inmenso jardín con su pareja Geraldine, ahí mismo esperaban Sandra, Siddhartha, Cecy y el casero Oliverio, que salió vestido únicamente con una toalla. Edu y yo permanecimos cerca de la casa hasta que todo terminó.

Nos preguntamos cómo estaban los demás y luego regresamos adentro, con los gatos, que parecían los únicos ajenos a la situación. Le pedimos a Edu que trajera su almohada y se quedará con nosotros. Yo me postré frente a la computadora, nervioso, y busqué alguna noticia, pero la réplica nos hizo huir de nuevo. Ahora, el ir y venir de los coches en la calle y la alarma sísmica intensificaron la tensión.

Había un poco de histeria fluyendo entre nosotros. La señal de los celulares fallaba y la luz se iba. El frío de la media noche nos llenaba de incertidumbre, a la vez que no podíamos contactar a nuestros amigos y familiares. Otto y Geraldine se veían frustrados por lo que le hubiera podido pasar a sus conocidos en Playa del Carmen. Cecy telefoneaba a gente en Tuxtla. Yo escribí a mis primas defeñas y advertimos que estábamos bien. Hasta poco después descubrimos que el sismo no solo era el más fuerte que había impactado Chiapas; también nos enteramos de los estragos que se habían sucedido unos kilómetros de ahí, donde varias personas perdieron la vida. Luego leímos lo de Juchitán y fue aún más triste.

Regresamos a nuestra cabaña acompañados de Geraldine y Otto, con los que conversamos un rato. Cerca de las 3 decidimos descansar, o por lo menos intentarlo.

Desde esa noche, Sandra alistó una mochila con todo lo necesario en caso de otra emergencia.

Además de esto, hemos platicado con nuestros amigos algo tan curioso cómo macabro. Cerca de donde ella y bebé duermen, hay un mueble de madera hechizo, con una tabla de unos 10 kilos y una base de hierro, que días antes me había causado una mala espina por su posición, justo encima de donde descansa su cabeza ella.

Luego de la primera sacudida, regresamos al cuarto para encontrar la madera encima del colchón, en el espacio donde antes dormían los dos. La mesa ahora adorna otro rincón de la casa, y nosotros nos dormimos con la certeza de que aquí, las noches son muy extrañas.

@Adrian_Ibelles 

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