#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

Las brujas de San Cristóbal | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

 

De pequeño -me cuenta mi abuela- viajábamos desde el deefe a Chiapas. Yo tendría tres o cuatro años, veníamos a visitar a la familia, a veces permaneciendo en el peregrinaje por varias semanas. En uno de esos paseos por tierras sureñas, un sujeto le pidió disculpas a mi abuela por adelantado. Dicho lo anterior, procedió a lamer mi cara. Humedeció mis infantiles cachetes con su saliva -seguro que muy poco agradable-. Al terminar explicó que él hacía ojo (del malo) por lo que mi abuela casi que le dio las gracias. Asegura -en las veces que le he reclamado por su parsimonia ante tal suceso- que al llegar a nuestro destino buscó un lavadero para quitarme la cubierta protectora de la carita. Supongo que de algo sirvió si hoy cuento esto.

Cuando Sandra/Siddhartha, Edu y yo llegamos a San Cristóbal, uno de los detalles recurrentes fue la superstición del ojo. Hacer ojo es una práctica común, puede hacerse por observar detenidamente a alguien o por andar bolo (equivalente chiapaneco para borracho) y fijar la mirada en un niño o en un pichito (bebé, pues). Creo que no es exclusivo del sur, (hace poco un borracho bonachón me pidió permiso para besar la cabeza de Siddhartha en Real de Catorce) pero vaya que aquí, más allá de ser una sugestión colectiva, es una creencia arraigada. Los amuletos de ámbar son una de las recomendaciones usuales de los lugareños.

Ya con el bebé en brazos, las señoras de la comunidad donde vivíamos, Los Alcanfores, no paraban de besuquear al chamaco. Así, como si de sus abuelas se tratase. Beso, que lindo, sacudida de pelo, y adiós. Esto, entendimos, venía a ser una medida precautoria para no hacer ojo. Para no provocarle al bebé fiebres incontrolables o una muerte inexplicable. Eso, según mi abuela, es lo que llega a pasar con el ojo.

No he tomado a la ligera las advertencias, y en mis paseos solitarios con el retoño, hasta me he vuelto partidario de acercar a mi bendición para recibir su dosis de cariño antiojo. También pasar un huevo sirve. Limpiar las energías. De pronto me siento como en una novela de Neil Gaiman, donde el simple hecho de creer en algo es suficiente para que esto se vuelva real.

Hace unos días, nuestra amiga Serena nos habló de una señora que según dijo, la había embrujado. La conoció porque es querida de un colega de su pareja, Jesús. Al principio Serena se llevaba bien con la señora y el querido, pero después ella tomó a mal un comentario meramente laboral y dejó de tenerle estima. Conozco a la señora, cada tanto le compro tamales (porque como buena chilanga, es la única en Chiapas que vende guajolotas), usa un paliacate oscuro en la cabeza y su humor roza en lo cordial sin ser muy efusiva. Serena nos confesó que doña Tamales le inventaba cosas a Jesús y trataba de ponerlos en contra, y al parecer, habría tenido qué ver con una enfermedad que nuestra amiga ha resentido desde hace varias semanas. “Me embrujó” nos ha dicho mientras tomábamos el sol en el jardín, entre una tos constante y una palidez lunar.

Y yo le creo. Creo en las brujas, a veces. Es difícil mantenerse fuera de la inmersión espiritual de un lugar como este, tan místico y cargado de sensaciones. Que sea un pueblo mágico abre más las posibilidades para que lo insensato se vuelva realidad. ¿Pasar energía maligna a una criatura inocente solo porque uno trae sus tragos encima? ¿Una bruja que hechiza con tamales? ¿Es esto Salem o Godric’s Hollow?

Espero nunca caerle mal a la señora. Las guajolotas son parte de mi dieta regular y no planeo dejarlas. Por si acaso tendré listo un huevo para hacerme una limpia. Menos mal que ya no se necesita que a uno le laman la cara los desconocidos.

@Adrian_Ibelles

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