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La voz escrita. Entrevista a Élmer Mendoza (Parte 1) | Columna de Dalia García

Divertimentos

 

Es miércoles a las cuatro de la tarde. Lleno mi vaso de agua y le pongo dos cubos de hielo. Me dispongo a escribir el divertimento de la semana. El tema ha rondado en mi cabeza desde hace algunos días, así que busco la grabación de la entrevista que generosamente me concedió el escritor sinaloense Élmer Mendoza en el lobby del hotel Panorama, el 20 de julio de 2017. Aproveché su visita a San Luis Potosí en el marco del tercer módulo del Diplomado de Profesionalización en Creación Literaria que gestionó la Secretaría de Cultura en la ciudad.

Hoy les comparto la primera parte de ese interesante encuentro.

***

Porque Dalia, la primera pregunta fue si le gustaba la música y qué género era su predilecto.

Élmer Mendoza: Actualmente todos los días escucho música clásica, al menos un cuarto de hora. Esa costumbre tiene que ver también con la sensibilidad; hay que estimularla siempre, porque es como un humor: si no la estimulas, desaparece; y la música la estimula.

Dalia García: Usted mencionó en el diplomado a dos referencias del jazz, Parker y Armstrong, ¿le gusta ese género?

EM: Pues sí, sí lo escucho. Me gusta esa atmósfera de dulzura que crea el jazz y el blues.

DG: ¿Durante un tiempo se desempeñó como ingeniero en el campo laboral, cierto?

EM: Claro.

DG: ¿Por qué quiso ser escritor?

EM: Yo crecí en el campo. Aprendí a leer a los nueve años y medio, casi a los diez. Vivíamos en un barrio; yo era pandillero, entonces fui un sobreviviente de esas circunstancias.

Como a dos kilómetros de mi casa había una biblioteca pública, y yo pedía libros. La primera novela que leí fue Veinte mil leguas de viaje submarino, y fue fascinante, como si me abrieran las puertas del cielo; fue una experiencia completamente diferente a las experiencias que yo había tenido: la vida en el campo; asustarte, los fantasmas y todas esas cosas que veía ahí. Pero sólo fue eso; era un lector.

Yo era un buen ingeniero —las grandes empresas siempre eligen gente para mandar a Estados Unidos a recibir entrenamiento especial, y yo estaba elegido para eso, y viajé—. Pero un día no dormí y me pasé la noche escribiendo —yo, que duermo temprano—; cuando amaneció, me pregunté por qué había sido capaz de hacer eso; no tuve respuesta de inmediato, pero dije “ahí está mi voz escrita”, y a partir de ahí empecé a dar los pasos. Un poco después, renuncié a la empresa.

DG: Cuando usted supo, o decidió, que quería ser escritor de tiempo completo, ¿ya tenía en mente el género al que se quería dedicar?

EM: No, la primera decisión que yo tomé fue cuando tenía 28 años; dije: “voy a ser escritor”; y me hice una pregunta: “¿qué necesito para ser bueno?”, me di dos respuestas: estudiar literatura y leer muchísimo. Ya después cuando empecé a conocer a los escritores mayores, ellos quitaban la primera.

DG: ¿Entonces por qué la novela policiaca?, ¿cómo decidió que ese era el género que quería seguir cultivando?

EM: No sé realmente cómo pasó. La primera idea que tuve de lo que quería hacer fue escribir ciencia ficción. Los primeros cuentos que publiqué eran cuentos de violencia y tradicionales —tenían que ver con fantasmas y cosas así que yo había visto cuando era chico— entonces eso, digamos, marcó una cercanía con lo de ahora, pero seguía queriendo ser escritor de ciencia ficción.

En la universidad, en la UNAM, llevé un curso de literatura inglesa, un seminario en el que leímos a James Joyce, entre otros; y mi maestro era joyceano, era fan; él dijo cosas increíbles: que Joyce había creado, por ejemplo, la forma de escritura del siglo XX y que nadie había podido superarlo; entonces yo le dije a mi maestro: “Yo lo voy a superar”, y él no lo tomó mal, me dijo: “me encantaría”.

Yo soy un autor de rituales; escriba lo que escriba, antes de encender la computadora, siempre pienso que debo hacerlo muy bien y me acuerdo de que tengo que superar a Joyce.

Después conocí a mi maestro Fernando del Paso; él es de muy pocas palabras, pero sus consejos dan en el clavo y prácticamente todo lo que me aconsejó, lo hice.

DG: ¿La novela policiaca le ayuda, de alguna forma, a lidiar, observar o asimilar la situación de violencia que se vive en México (o al revés)?

EM: No lo percibo así porque solo he estado catorce años fuera de Culiacán —en mi época de estudiante— y siempre he vivido ahí; entonces desde niño percibo que se dicen cosas de nosotros, los sinaloenses.

Vi algunas cosas que tienen que ver con la violencia, fui creciendo en ese ambiente; en los sesenta la esquina, el barrio, la pandilla y todo eso.

Entonces cuando percibí el narco en la ciudad, por una cosa muy curiosa lo percibí desde adentro: resulta que yo tenía en la secundaria dos compañeros que eran hijos de; su hermana cumplió quince años y los únicos amigos que ellos tenían eramos yo y otro chico de mi edad. Entonces nos invitaron a los quince años. Nosotros dijimos a nuestros padres que íbamos a otro lado. Una fiesta increíble en la que la gente se divirtió, los jóvenes y los adultos.

Cuando nos llevaron a despedirnos de sus mayores, su padre nos preguntó en qué habíamos llegado, le dijimos que caminando; entonces le hizo una seña a un tipo y le dijo que nos llevara. Nos subimos a una camioneta y yo vi que atrás se subieron dos hombres armados. Cuando íbamos llegando a nuestro barrio, el chofer nos preguntó: “¿dónde los dejo?”, y mi compañero contesta: “en la iglesia”. Y de ahí no pasó nada; sí nos enterábamos de que había balazos, de que existían, pero mis compañeros querían ser ingenieros y cosas asi, y pues los años terminaron por poner a cada quien en su sitio. Pero fue así, convivir con las historias…

Cuando mi hijo creció yo detecté rápidamente que mi origen tenía una marca que tenía que ver con la violencia, y de pronto también con el respeto: por ejemplo, un sinaloense podía sonreírle a una chica que estaba con su novio, y si el novio sabía que era sinaloense, no le reclamaba.

Poco a poco me fui enterando de más cosas de la proyección que teníamos, pero en ese entonces nunca pensé que fuera a dedicarme de tiempo completo a esto, tuvieron que pasar todas esas cosas.

Continuará.

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