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La verdad nos hará libres: el internet como herramienta contra el totalitarismo | Columna de Eden Martínez

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El pasado jueves 11 de abril a las 10 de la mañana, arrestaron a Julian Assange, fundador de WikiLeaks, después de haber estado refugiado por 7 años en la embajada de Ecuador en Londres. Para muchos, incluyéndome a mí, no fue una sorpresa: ese momento se veía venir desde que el nuevo gobierno de Ecuador liderado por el presidente Lenin Moreno, con un perfil diplomático mucho más alineado a los intereses y peticiones de Estados Unidos, diera señales de desagrado, incomodidad y hostilidad ante la permanencia de Julian en su embajada. Cualquiera que haya escuchado las declaraciones que dio Moreno sobre la situación de Assange, ya se había hecho a la idea de que los días de protección del australiano estaban contados. Incluso así, algunos teníamos todavía la esperanza de que se abriera alguna vereda en las negociaciones, que evitara el camino de la extradición.

En diciembre del año pasado, en entrevista con Carmen Aristegui, el nuevo presidente de ecuador dijo que solo se le retiraría el refugio diplomático a Julian con la condición de que las autoridades británicas prometieran no extraditarlo a un territorio en el que su vida corriera peligro. Sin embargo, aquello precisamente fue lo que sucedió: en cuanto se retiró el asilo político al fundador de WikiLeaks, la Policía Metropolitana británica lo arrestó —un arresto que despierta muchas preguntas, en las imágenes se ve que la policía entró a la embajada para sacarlo— por no haber comparecido anteriormente en los tribunales de la isla, pero también por la presencia de una petición de extradición de los Estados Unidos.

Dos años antes—en mayo del 2017— la fiscalía sueca cerró la investigación de abuso sexual contra Assange, además de la orden de arresto por la que inicialmente Gran Bretaña quería extraditarlo. Acusaciones que desencadenaron todos los acontecimientos que conocemos: la situación sin salida que lo mantuvo en la embajada ecuatoriana 7 años. Los cargos penales que el australiano mantuvo después de esa fecha eran precisamente por no haberse presentado a los juzgados cuando se levantó la orden en el 2012. Situación jurídica que mantenía abierta la posibilidad de que el gobierno de Trump reclamara su cabeza, porque, admitámoslo, solo los ingenuos creerían que el asunto Assange no tiene fines políticos. Tomando en cuenta que el 90% de los acusados por delitos federales de Estados Unidos son declarados culpables, y que el cargo de “conspiración” se le puede imputar, que Julian Assange sea condenado a muerte es una posibilidad.

¿Pero cuál es el mensaje que se quiere mandar con su detención? ¿Qué es lo que está en juego? Los principios mismos de la libertad de expresión, y la posición jurídica y simbólica del internet como herramienta de libre tráfico de información. WikiLeaks es una plataforma whistleblower —que significa más o menos denunciante—, su objetivo es publicar y difundir información clasificada de una manera ciega, en la que sus whistleblowers o soplones permanecen en el anonimato incluso para los editores del sitio. Esto quiere decir que Julian Assange y el equipo que administra WikiLeaks no saben quiénes o quién les envía la información que reciben. Una vez que los datos filtrados son recibidos, WikiLeaks se encarga de confirmarlos, garantizar que sean genuinos y verdaderos. Después, los publican.

Esto es importante por un motivo crucial: Julian Assange no se infiltró en el sistema de la NSA (National Security Agency), ni en ninguna otra agencia de gobierno o similar: Julian no es un hacker —aunque lo fue en su juventud—, es un periodista: publica en su sitio la información que le envían —hackers, quizá— solo después de corroborar su legitimidad. Aun así, es casi seguro que lo van a tratar de imputar por robo de información para fines políticos y de intervenir en las elecciones estadounidenses por publicar los emails de Hillary Clinton cuando era Secretaria de Estado (https://wikileaks.org/clinton-emails/); y por intento de violación de la seguridad nacional por publicar evidencias de crímenes de guerra (https://collateralmurder.wikileaks.org/).

Pero, si toda la información que WikiLeaks publica es cierta y aún si él mismo la hubiera hackeado, ¿Quién es el verdadero criminal? ¿Aquel que dio a conocer el crimen o aquel que lo cometió? Muchos teóricos políticos (y políticos) creen que los Estados Nación no deberían estar sujetos a las mismas responsabilidades que los individuos, incluyendo la rendición de cuentas. Con el pretexto de proteger la “estabilidad nacional” los gobiernos se desembarazan de hacerse cargo de las consecuencias de sus errores y de sus abusos. Ahora bien, los secretos de estado son necesarios hasta cierto punto, o por lo menos hay algunas razones para créelo así, sobre todo en conflictos armados o cuando haya vidas en peligro, ¿qué pasaría si todos tuviéramos acceso a las estrategias y a los nombres y domicilios de los oficiales encargados de la lucha contra el narcotráfico? El asunto es entonces hasta dónde llega la inmunidad del Estado, ¿Qué tan transparente puede y debe ser un gobierno? Todas estas cuestiones deberían estar sobre la mesa actualmente, y es justamente por esto, por exponer un problema, por lo que Julian Assange está ahora en una celda.

Ahora en el 2019, creo que la mayoría somos conscientes de que las agencias de inteligencia internacionales y nacionales son capaces de espiar y recopilar nuestros datos. Incluso las empresas más populares de internet pueden hacerlo, y lo han estado haciendo desde hace tiempo con fines comerciales. Pero una cosa es utilizar la información básica de los usuarios para enviarles publicidad, y otra es utilizarla para modificar nuestra conducta. El 10 de abril del 2018, Mark Zuckerberg, fundador y CEO de Facebook, tuvo que presentarse ante el Congreso de los Estados Unidos por haberle entregado información de 87 millones de usuarios a la compañía privada Cambridge Analytica. Esta compañía utilizó dicha información para crear una base de datos de perfiles de votantes, con el objetivo de modificar directamente su opinión política con respecto a las elecciones norteamericanas del 2016, mostrándoles determinados contenidos temáticos en sus cuentas de Facebook.

Según estadísticas del Banco Mundial, en el 2016 el 45.7% de la población mundial utilizaba el internet, con un aumento promedio de 5% cada año. Facebook reporta tener 1.52 billones de usuarios diarios –que utilizan la red social al menos una vez al día— y WhatsApp 1.5 billones de usuarios “activos”, de los cuales la mayoría utiliza la aplicación por lo menos 23 veces diarias. En un mundo como este, en el que internet se ha convertido en el territorio político y estratégico más importante de la historia, y en la que los gobiernos y los millonarios pueden saber absolutamente todo sobre nosotros, una distopía totalitaria parece más posible que nunca. Irónicamente, el internet también ha sido lugar de resistencia y resiliencia, y ese es precisamente el mensaje de Julian Assange y WikiLeaks: hay que tratar de equilibrar el tablero. Hoy por hoy, si no queremos regresar a enviar palomas mensajeras, la única manera de evitar ser manipulado por las corporaciones estatales y privadas que tienen acceso a todos los aspectos de nuestras vidas es precisamente obligarlos a rendir cuentas, y el único camino para lograrlo es hacer pública la información que demuestre sus errores.

Además de WikiLeaks, las páginas web más simbólicas del llamado “internet libre”, como https://thepiratebay.org/, o http://gen.lib.rus.ec/ , no son terribles enemigos de la legalidad y las buenas maneras, sino más bien intentos de democratizar la web y sus monopolios. Por otro lado, no podemos negar que el internet completamente libre y sin reglas ha llegado a excesos desquiciados y sociopáticos. El ideal del libre comercio más radical tiene su insignia más abyecta en los portales de tráfico infantil y de armas en la Deep Web. Pero, vamos, este no es el caso de WikiLeaks, y a cualquiera que trate de demeritarlo tomando esa línea argumentativa le hace falta darle un vistazo al sitio (https://wikileaks.org/, otra vez, por si acaso).

La única ideología del australiano es el pragmatismo de la de la libre información, y su objetivo es igual de claro: que exista una “agencia de inteligencia abierta al público”. Semejante leitmotiv, como ya dijo Slavoj Žižek, no es solo “mierda poética”, sino una posibilidad tangible, en la que todos podemos colaborar. Ahora Julian está en la prisión de Belmarsh, en Londres, y ni siquiera sus abogados han podido verlo, ¿es acaso ese el precio que se tiene que pagar por la verdad?

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