#4 TiemposDesde mi clóset

La transversalidad de género | Columna de Paúl Ibarra Collazo

Desde mi clóset

Los vicios de origen de una herramienta para la “igualdad”

En la actualidad, la transversalidad de género está ganando terreno dentro del ámbito internacional. Gran parte de los países que dicen cumplir con los ideales de eso que llaman democracia, incorporan políticas, estrategias y acciones específicas para posicionar el tema en la agenda estatal. Y es que el llamado mainstreaming de género se ha vuelto popular en la medida en que gana terreno en un sistema patriarcal que busca enmendar algunas situaciones que se le han salido de las manos.

No resulta atractivo para el mercado explicitar la violencia concurrente dentro de un “estado civil de batalla” (Rivera Lugo, 2014) que expone las desapariciones forzadas, las torturas, las mutilaciones, y ejecuciones de mujeres dentro de la globalización neoliberal que lleva la bandera blanca estampada de olivos. Por ello resulta fundamental que el tema de “género” avance con rapidez. En la medida que este avanza, se legitima. Justifica su existencia y se fortalece, argumentando su capacidad de rectificación y resarcimiento de daños.

Monique Wittig asegura que “el desarrollo contemporáneo de la noción de «género» (1981)” encubre “las relaciones de opresión”. De manera frecuente, “«género», aunque sea un intento de describir las relaciones sociales entre hombres y mujeres, oculta o minimiza la noción de «clases de sexos», eliminando así la dimensión política que determina estas relaciones” (Wittig, 1992).

En este mismo sentido, la transversalidad de género diferencia entre los conceptos género y sexo de manera mañosa. Al género lo posiciona en el ámbito social, lo cual le da un carácter público que se puede modificar a conveniencia del poder hegemónico. Pero, al sexo le da un sentido biológico de carácter innato, lo que invisibiliza las diversidades humanas. Este sistema establece una dicotomía sexual ambivalente que no ofrece cabida a posiciones distintas.

Wittig recalca que “los sexos, a pesar de su diferencia «constitutiva», deben inevitablemente desarrollar relaciones de categoría a categoría. Dado que pertenecen a un orden natural, esas relaciones no pueden ser consideradas como relaciones sociales” (1981) por tal motivo no pertenecen a la discusión.

La transversalidad de género vista como una propuesta de acción en política pública actual, es una suerte de preservativo del sistema sexo-género binario que fortalece al patriarcado moderno.

La dominación a través del pensamiento heterosexual

La cuestión es, ¿por qué a pesar de los esfuerzos mundiales por erradicar la violencia contra las mujeres no se ha logrado un avance real en la cotidianidad? La respuesta es sencilla y compleja a la vez.

De acuerdo con Wittig, “la dominación suministra a las mujeres un conjunto de hechos, de datos, de aprioris que, por muy discutibles que sean, forman una enorme construcción política, una prieta red que lo cubre todo, nuestros pensamientos, nuestros gestos, nuestros actos, nuestro trabajo, nuestras sensaciones, nuestras relaciones”. La manipulación del pensamiento dominante actúa de manera sutil. No es violento como en los sistemas autoritarios. Sin embargo, su alcance es esencial “y la prueba es la falta de crítica y la capacidad de rebelión” (Rodríguez, 2013).

Al hacer un análisis contractual se confirma que a nivel ontológico, sociológico e incluso marxista, es fútil cuestionar al sexo. Al tiempo, resulta comprensible el entender al género como una construcción social, la cual conviene reestructurar a fin de lograr la igualdad de los sexos. Los discursos se ven fortalecidos en la “realidad social” y esconden “la realidad política de la subyugación de un sexo por el otro” (Wittig, 1992).

A nivel biológico no existe una dominación “natural”. Incluso en ninguna especie animal se pueden localizar mecanismos de opresión sistemática. Por tanto, “la categoría sexo no tiene existencia a priori, antes que exista una sociedad”. Es posible afirmar incluso que no existe otra dominación que la social.

Así pues, “sexo” es una categoría política que funda la sociedad en cuanto heterosexual” (Wittig, 1992). No se puede hablar de un asunto del ser sino más bien de relaciones. Vale la pena diferenciar entre el ser y las relaciones ya que constantemente se confunden. Hombres y mujeres son producto de sus relaciones sociales. Por lo tanto, es posible afirmar que no se nace mujer, no se nace hombre, se aprende a serlo. Lo afirmo ya que constantemente la categoría sexo se posiciona como “natural”, se afirma como “la relación que está en la base de la sociedad (heterosexual), y a través de ella la mitad de la población —las mujeres— es «heterosexualizada” (Wittig, 1992) como sucede de igual manera con la otra mitad, pero desde una posición distinta. El simple hecho de haber sido diagnosticado como “hombre”, ofrece al depositario de esta etiqueta una serie de privilegios. Le da un status diferenciado. Discurso que se afianza a través de los enfoques arriba mencionados (ontológicos, sociológicos y de clase). El sistema actual, fabrica hombres y mujeres de manera constante. Para el caso de las mujeres, Monique Wittig señala que  su fabricación “es similar a la fabricación de los eunucos, y a la crianza de esclavos y de animales” y es subyugada al mercado de la “economía heterosexual”.

La dicotómica presencia de los sexos se funda en la misma creencia que la de los esclavos y los amos. De la misma forma que no existe esclavos sin amos, no existen mujeres sin hombres. La ideología de la diferencia sexual opera en nuestra cultura como una censura, en la medida en que oculta la oposición que existe en el plano social entre los hombres y las mujeres poniendo a la naturaleza como su causa. Masculino/femenino, macho/hembra son categorías que sirven para disimular el hecho de que las diferencias sociales implican siempre un orden económico, político e ideológico (Wittig, 1992). Mientras tanto, las categorías hombre/mujer se asumen como parte de estrato “natural” de la humanidad que no puede ser cuestionado. La diferencia sexual binaria se concentra en la base de la opresión, no es objeto de cuestionamientos.

El fin liberal de la autonomía propia se confunde con la “externalización de fines externos” que se imponen de manera individual. “El capitalismo es el sistema más difícil de desmontar, nos creemos libres porque los mecanismos de opresión son más sutiles y tenemos el espejo del totalitarismo para asustarnos de la alternativa” (Rodríguez, 2013).

Dicho lo anterior, resulta fundamental hacer un análisis crítico de la transversalidad de género. Afirmo que una parte del movimiento feminista sucumbió al nuevo orden estatal, y ahora el feminismo institucional es la única vía legítima para expresar intereses, peticiones, y reclamos de las mujeres. El orden dualista acomodó a las feministas moderadas en el reparto de poderes. De esta manera surge una suerte de cortina que confunde a la espectadora. Cortina que le ha funcionado a las instancias de poder como tabla de salvación. El sistema entonces adopta eufemismos para cambiar términos incómodos. No pretende cambiar los sexos así que se inventa la categoría género (descrita en el apartado anterior), transita de la igualdad a la equidad, y regresa a la igualdad que luego la vuelve paridad (este es un ejemplo claro de la falta de análisis conceptual), cambia derecho de participación por cuota, le da al traste a los feminismos adoptando el término “cuestión o perspectiva de género”. Al mismo tiempo, la institucionalización de ciertos feminismos, desterró posiciones y conceptos claves; se desechó la opción de cuestionar la heterosexualidad como régimen político y se le propuso ser una orientación sexual que tiene la capacidad de reconocer otras existentes.

Es así que las convenciones y conferencias convirtieron la reivindicación y lucha en lealtad “borreguil” y conformismo. Este “inocente” cambio semántico de los conceptos clave, modificó no sólo las nomenclaturas y definiciones de los proyectos, sino que reconstruyó por completo los significados mismos de la lucha. Eliminó la posibilidad siquiera de cuestionar al patriarcado, asumiendo como innato el biologismo de los sexos.

La corresponsabilidad entre hombres y las propias mujeres adheridas al nuevo discurso del mainstreaming de género, ayuda a mantener en la puerta trasera la discusión del binarismo sexual opresor. Y es que en esta sociedad que hemos forjado, “el nombrarse mujer no es ningún privilegio, es arriesgar la vida misma. Es también para la gran mayoría un daño psico-emocional que repercute en la salud física, sexual y social” (Frieda, 2014). Asumirse como mujer, en este sistema, es ocupar un espacio cimentado en lo inferior. Es necesario seguir tomando esta postura para combatir al sistema. “Aunque en esa posición y adopción se redefina constantemente y se incluyan todas esas otras construcciones del ser mujer, o del no serlo” (Frieda, 2014). La forma más efectiva para destruir el patriarcado es atacando sus bases.

@paulibarra06 

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