#4 TiemposDesde mi clóset

La sexualidad como lugar político | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset


El ejercicio sexual además de una necesidad fisiológica, es una práctica cultural que puede incluir un posicionamiento político. A lo largo de la historia, han existido distintos mecanismos para controlar el ejercicio erótico-afectivo de las personas. Esos mecanismos han funcionado como catalizadores de la intención fundamental del estado por mantener controlados los cuerpos y las relaciones humanas.

Foucault (1977) hace referencia a este control cuando describe el dispositivo de la sexualidad. Preocupado por analizar la forma en la que la reproducción humana, en su aspecto psicosocial ha influido en la forma en la que las personas se relacionan, desarrolla una hipótesis de la sexualidad como práctica discursiva.

Así pues, reconocer a la sexualidad no sólo como parte de la personalidad humana, es decir, de su naturaleza, sino además inscribirla dentro de la dinámica social, favorece la lectura de correlatos relacionados con su praxis histórica. Gracias a Foucault (1977) es posible localizar dos elementos que sitúan a la sexualidad como un aparato cultural que dota de sentido colectivo a cada individuo. El primer mecanismo, la “disciplina del cuerpo”, permite al Estado establecer parámetros para disminuir el placer desenfrenado y fomentar el autocontrol.

Una persona con expresiones comportamentales adversas, es señalado, castigado y en ocasiones aniquilado. La segunda artimaña estatal implica la “regulación de la población y de la especie”, de esta manera, cada nación dispone de los cuerpos humanos como máquinas reproductoras a destajo, en atención a las necesidades del momento histórico. Durante la posguerra, los aliados necesitaban recuperar la población perdida, por lo que fomentaron la reproductividad. Luego, fue necesario introducir la píldora anticonceptiva, e invertir en métodos de prevención para reducir la natalidad en los setenta.

En este sentido, la lucha por el reconocimiento de los derechos humanos en relación con el ejercicio de la sexualidad ha atravesado distintas luchas. Las primeras encaminadas al reconocimiento de los derechos civiles y políticos, como aquellas que buscaban la despenalización con el objetivo de erradicar el asesinato estatal de homosexuales. Otras batallas están encaminadas a la dignificación de las identidades sexuales, de la inclusión en los procesos políticos y la formación de ciudadanía participativa. Además de luchas por los derechos sociales, económicos, culturales y ambientales de las personas homosexuales.

Por tanto, resulta fundamental precisar que esta lucha ha sido compartida. En un  inicio, motivados por el movimiento feminista, grupos de lesbianas y homosexuales se organizaron en pos del reconocimiento de los derechos civiles. A esta lucha se fueron sumando colectivos con distintas identidades. Las personas travestis, transexuales y transgénero, fueron, desde el inicio un pilar al frente de la batalla. Incluso se ha buscado incorporar a intersexuales en este movimiento, con sus asegunes, ya que no existe hasta el momento un criterio unificado que justifique la adjudicación de la lucha. A la fecha, han surgido identidades sociales que buscan un lugar al interior del movimiento, como las personas queer, pansexuales, asexuales, entre otros, los cuales se incorporan a las filas de la llamada diversidad sexual.

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