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La Selección y yo | Columna de El Mojado

Rudeza necesaria

Como hoy, ese era un día de octubre también, pero del año 2005. La Selección Mexicana de Futbol jugaría por primera vez un partido en San Luis Potosí. Pese a que yo era un gran aficionado al futbol desde al menos nueve años antes (entonces tenía 16), nunca había visto jugar al Tri. Pero desde hacía un par de semanas yo ya tenía mi boleto listo y parecía que nada podía interferir con eso. Pero sí hubo algo que cambió, no solo los planes, sino mi vida.

Esa era una gran semana para ver a la Selección: apenas el domingo anterior, un grupo de valientes muchachos de mi edad había conquistado el primer campeonato del mundo de la FIFA para México, en el Mundial Sub-17 de Perú.

Con mis amigos no hablaba de otra cosa que no fuera el partido de la Selección contra Guatemala.El viernes, ese día de octubre, Raúl, Aranda, Jimmy, Marcial, David y yo nos lanzamos al Club La Loma para ver si lográbamos cazar algún autógrafo. Desde afuera del club, a la lejanía, logramos ver un entrenamiento con Jesús Corona, Ricardo Osorio, Jaime Lozano, Gerardo Torrado, el Kikín Fonseca y Guille Franco. Atrás habían quedado ya las polémicas de la convocatoria de Franco al Tri, Ricardo Lavolpe había decidido que estaba entre los 23 mejores futbolistas mexicanos y era momento de que lo demostrara en la cancha.

Nuestra cacería falló. Solo pudimos estar cerca del único que en 12 años no se ha movido de la foto: Decio de María.

Después de un rato decidimos ir a nuestras casas en el auto de Raúl, bautizado como “cumbiamóvil”. Hacíamos bromas infantiles en el camino.

Algún tiempo después de llegar a casa, recibí la llamada de uno de mis tíos que pedía que contactara a mi mamá. “Tu abuelo se puso muy malo”. En realidad mi abuelo no estaba enfermo, había muerto de un infarto fulminante cuando se preparaba para dormir después de cenar.Eso no lo supe hasta horas después, ya empezado el viernes. Me fundí con mi hermana en un abrazo que nunca olvidaré y después me recosté en la cama de mis papás, llorando, con el único consuelo de estar abrazado, esta vez de mi hermano, que entonces tenía solo 5 años y aún no sabía lo que había pasado.

Ya el sábado decidimos que Daniel, mi hermano, no sabría de la muerte de Don Luis hasta el domingo, por lo que mi papá lo llevaría al futbol. ¿Cómo íbamos a explicarle al niño de cinco años que no haría lo que le habíamos prometido durante toda la semana? Más importante que eso, ¿cómo íbamos a explicarle que era por la muerte de mi abuelo? ¿Cómo?

Yo decidí que no quería ir y me quedé en Tangassi todo el día. Ni siquiera quise ver el partido y la verdad no tengo memoria de ninguno de los siete goles de esa noche. Cuando terminó, un grupo de gente fue a festejar a Carranza el triunfo de México. Físicamente me separaba de ellos el jardín de Tequis, pero la distancia emocional del momento era mucho más grande.

Pasaron poco menos de dos años para que la Selección volviera al Alfonso Lastras. Yo ya tenía 18 y estaba justo en el inter entre la gloria de haber terminado la preparatoria con éxito (un siete para mi era exitoso) y no saber si pasaría el examen de admisión de la UASLP.

México jugaría ahora contra Irán, con Hugo Sánchez de entrenador. El gran atractivo del partido era el debut de otro polémico con el Tri. Si dos años antes había sido Guillermo Franco, ahora Nery Castillo, el que no atinaba a cantar Mexicanos al grito de guerra, se presentaría con la Selección en su natal San Luis Potosí.

México goleó 4-0 a Irán, Nery no brilló lo que se esperaba de él en ese juego, aunque unas semanas después hizo un golazo de antología contra Brasil en Venezuela. Esa fue la primera y única vez que he visto a la Selección en un estadio. Hasta hoy.

He dicho muchas veces que para mi es más importante el Cruz Azul que la Selección. Hoy digo que prefiero un campeonato de liga de La Máquina a que el Tri gane la Copa del Mundo. Debe ser porque en los últimos 20 años he visto a los cementeros más cerca de lograrlo.

Esa misma declaración de amor a mi equipo por encima del Tri me ha causado algunas polémicas con amigos… y aquí viene otra: no siento un cariño particular por el Himno Nacional. Como podrán ver, no soy un patriota orgulloso, mucho menos cuando se reduce el patriotismo a ese equipo de futbol que viste de verde y tiene por obligación el representar a la Federación Mexicana de Futbol y sus patrocinadores, no a todo un país. Y ya lo dije.

Pese a todo eso, no puedo negar que me emociona el partido de hoy porque será la oportunidad de ver juntos en la cancha a los mejores futbolistas de este país, por poder compartirlo con Olga y algunos amigos, pero hay una razón de más peso: la tragedia.

Vestiré de verde para el partido, guardaré un minuto de silencio con el puño levantado, alzaré una bufanda que diga #FuerzaMéxico durante el Himno, el mismo al que no le guardo cariño, pero que hoy cantaré con la fuerza que salga de mi garganta. No reduzco el patriotismo al apoyo a la Selección, pero espero que sirva para unirnos como lo que es, un símbolo, como también lo son el Himno y la bandera. Porque sí amo a mi país y hoy quiero demostrarlo desde mi platea, aunque sea de una forma lúdica: el futbol.

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