San Luis en su historia

Por qué La Real Caja y no La Caja Real | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

Hace algunos días, cuando platicaba con un licenciado en Derecho que fue mi alumno, reflexionábamos sobre los nombres propios de personas y cosas. Una de las que yo hice fue, que en la época virreinal, que es una parte del período de tiempo que he investigado en el Archivo Histórico del Estado, los padres de familia imponían a sus hijos los nombres de los santos que se celebraban en el día que nacía la criatura. Así tenemos por ejemplo: Francisco Xavier o si era mujer Francisca Xaviera, si había nacido el día 3 de diciembre. Si era del 8 de diciembre, José Concepción o María Concepción. Los que habían nacido el 4 de octubre lo más seguro es que se llamaran Francisco o Francisca de Asís, pero había excepciones cuando los progenitores eran muy devotos de algún Santo en particular, como por ejemplo de Santa Teresa de Jesús, el niño o la niña llevaría el nombre de José Tereso o María Teresa.

Posteriormente, ya en la época en que nacimos mis hermanos y yo, influía el nombre de las personas a quien los padres de familia tenían un gran afecto o respeto: a mi hermano mayor se le puso el nombre de mi abuelo paterno: Víctor Guillermo; al segundo, Manuel Elías, porque mi padre se llamó Manuel García y porque nació el 19 de julio, día de San Elías Profeta; el tercero de mis hermanos se llamó Everardo porque mi tío, hermano de mi madre, fue íntimo amigo de don Everardo Neumann, ferrocarrilero (maquinista), padre del doctor Everardo Neumann y abuelo de nuestra admirada Anna Neumann; yo, que fui el cuarto, afortunadamente, y sin merecimiento alguno, me impusieron el nombre de Ricardo, porque mi madre fue profesora en la Escuela del Papelero que dirigía el Señor presbítero don Ricardo B. Anaya de muy feliz memoria.

Actualmente me atrevo a pensar que lo que influye en los padres para que impongan a sus vástagos el nombre que han de llevar toda la vida son los nombres que aparecen en las novelas de la televisión, los que muchas veces son nombres extranjeros o inventados, aunque hay que reconocer que quienes no somos afectos a ver novelas, quedamos desconcertados con algunos nombres que de primera impresión parecen nombres de algún medicamento, marca de algún aparato eléctrico o algún término usado en la nueva tecnología. Esto lo digo porque cuando yo era harto menos viejo y no estaba familiarizado con la modernidad de los nombres propios, fuimos una tía y yo a llevar flores al Panteón del Saucito y como íbamos cada año, el día 13 de abril, saliendo del Saucito era casi obligado que la tía invitara las gordas de horno ya fuera enfrente o cerca del Templo de Nuestro Señor de Burgos, ya sentados esperando nuestra dotación, previa la consabida solicitud. Repentina e inesperadamente, la señora que torteaba la masa gritó repetidas veces: Ingriiiid, Ingriiiid, Ingriiid, yo no sabía de qué se trataba ni qué cosa era aquello que la mujer repetía con una gran naturalidad y casi me atrevería a decir que con cierto orgullo; lo comprendí cabalmente cuando apareció una niña pequeñita como de unos cinco años, de un pronunciado color oscuro en su piel, descalza y con unas trenzas tiesas, elaboradas unos tres días antes, porque cada una de las dos trenzas estaban rodeadas de otros cabellos que parecían telarañas o pelo de ángel viejito, porque era muy gris por la tierra que se les había adherido, sus manos y pies estaban casi cubiertos de lodo.

Volvamos a mi reunión de hace días: dije a mi interlocutor que nuestros padres, en mi época, no estaban tan influenciados por el cine y la radio (no digo televisión porque mi niñez se desenvolvió en un medio donde todavía no había ese tipo de aparatos) puesto que yo no conocía coetáneos que se llamaran Elvis, por nombrar a uno de tantos artistas del momento, no obstante que Elvis Presley era uno de los cantantes y actores de moda y gran fama internacional.

Otra teoría sobre el origen de los nombres puede ser el capricho. Así lo estimo porque yo tuve una alumna en la Facultad de Derecho cuyo nombre es: Antucosmi Betimpleya; y, como dicho nombre me sonaba algo así como grecolatino pregunté a la orgullosa dueña del mismo, su significado; a esto ella respondió que su padre lo había inventado y que efectivamente hacía referencia al cosmos y a la B (beta- segunda letra del alfabeto griego).

Me dio pena seguir preguntando e hipócrita y falsamente dije que ya había quedado entendido perfectamente.

Todo este preámbulo viene a cuento porque ahora resulta que el bellísimo edificio de la REAL CAJA ya no se llama Real Caja sino Caja Real.

Quienes lo construyeron y las autoridades del Siglo XVIII determinaron que se llamaría Real Caja por una razón práctica, para ese entonces, y cuya razón fue, para que no se confundiera con el edificio de las CASAS REALES  que era el nombre que por entonces se conocía al Palacio Municipal porque el objeto de la Casa Real o Casas Reales era albergar en ella a las autoridades administrativas de la ciudad: alcaldes, regidores, alguaciles y todos los demás y el objeto de la Real Caja era, entre otros, quintar los metales. Y por esa razón fue costumbre a nivel de la población diferenciar la Real Caja de la Casa Real o Casas Reales y eso sucedía en todos los Reales de Minas en que existía una Real Caja.

En los papeles oficiales antiguos que se refieren al edificio y a la Institución que lo albergaba, siempre se conoció como LA REAL CAJA Aún cuando haya sido únicamente la costumbre la que consagró ese nombre, pienso que fue suficiente para que adquiriera carta de legitimidad. Por lo tanto el nombre legal del edificio es LA REAL CAJA y ninguna autoridad civil, militar, religiosa o de cualquier otro tipo, por elevada que sea, tiene el derecho de cambiar el nombre legal de las personas o las cosas.

Imagínese usted que porque yo soy el Presidente de la República o el Gobernador, o el Secretario de la ONU o el Papa y usted se llama Juan Antonio, porque a mí se me ocurre aduciendo cualquier cosa digo: Usted ya no se va a llamar Juan Antonio, se va a llamar Antonio Juan, porque así se oye más bonito o simplemente, como dijo un mandamás ante sus subordinados que le hicieron ver que lo que proponía era una estupidez: Yo seré el más tarugo de los seres humanos pero a mí me tocó mandar y se amuelan y aquí se hace lo que yo digo y punto.

Así que amigo lector, nuestro hermoso y virreinal edificio no se llama Caja Real sino LA REAL CAJA. Le toque mandar a quien le toque.

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