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Sobre la porra de un equipo de fútbol femenil | Columna de Alma Barajas

#Capitana13

Cuando aparecen momentos invaluables dentro del fútbol se guardan en la memoria. No hay poder humano que logre derribar el valor de esos instantes en la mente de quien lo está atesorando.

He visto tantos encuentros futboleros que no los podría recordar en su totalidad. Como cualquier fanático del deporte, nunca nos cansamos de disfrutar un buen partido. Siempre gritando, enojados, llorando o felices, esa cantidad irremediablemente infinita de sentimientos que aparecen en el preciso momento del gol, del penal, de la expulsión, del fracaso o el triunfo nunca dejan de sorprenderme.

Las butacas llenas en las pequeñas canchas, en los grandes en los estadios, lucen imponentes  y siempre alegres. Todo tipo de personalidades aparecen compartiendo una pasión. Entre la muchedumbre extasiada gracias a sus 11 favoritos aparecen de repente algunos grupos de entre tres y cinco personas, familias.

A veces van los amigos, aquellos que ya tienen sus 50 años y nunca se han quitado la camiseta, o los universitarios porristas con el pulmón lleno de mentadas de madre para el árbitro. Ciertamente hay de todo, pero lo que me hace sentir que el fútbol es más que un deporte, son las familias.

Una familia no significa felicidad, o estabilidad como no lo han hecho creer en diversos espacios sociales, políticos o religiosos. Una familia sí es sinónimo de unión en un universo tolerante y respetuoso. Una familia no siempre es la que surge a través de generaciones compartiendo el apellido o la sangre, una familia va más allá de normas y reglas sociales. El fútbol tiene muchas familias, crea muchas familias.

Coconuts es mi equipo, y poco a poco se ha convertido en esto de lo que tanto he escrito en párrafos pasados, en una familia, y da gusto ver cómo esas butacas que en otras canchas se abarrotan por los señores, los amigos fiesteros, entre otros, en mi cancha, esa donde nos partimos el alma cada domingo, se llenan gracias a las familias de las chicas futbolistas de Coconuts.

Cada domingo, ver gritar al papá de Lucero y Angie “¡corre!” es sorpresivo como emocionante. Atender las indicaciones del papá de Nana (la mejor portera de todo San Luis Potosí) como nuestro DT oficial es imprescindible y todas le agradecemos mucho su paciencia, respeto y entrega. Ver a los papás de Lore apoyándonos cada domingo, conmueve. Siendo sincera nunca había vivido esta experiencia, esa donde las familias nos van a apoyar, se ve poco de esto en el fútbol femenil. Y no exagero, posiblemente en muchos casos suceda lo contrario a lo que escribo aquí, pero por lo menos dentro de mis vivencias, en todas las canchas donde he jugado no me había tocado experimentar tal situación.

Ver las mismas caras semana tras semana se vuelve rutinario, pero amable. Se torna motivador y de cierta forma maravilloso, es un equipo donde las sonrisas existen sin importar el número de goles que entrar a las redes de Nana. Donde las familias de todas las jugadoras nos visitan para brindarnos un grito de apoyo, porque ellos saben que sus coconuts, sin importar que tan trágicamente pueden perder siempre serán las ganadoras de todo partido.

Porque en realidad lo somos, cada vez jugamos mejor, cada vez valoramos mejor nuestro propio esfuerzo, y por eso, por lo menos para mí, esas niñas, siempre serán las mejores futbolistas y una hermosa familia futbolera, de esas que alegran las gradas y la cancha, y que crean momentos invaluables dentro del futbol en memorias como la mía.

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